72 horas. El juicio de los doce 21 Una tregua
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21 Una tregua

G eorge Callahan miró a su compañera en la penumbra y encendió la linterna mientras intentaba acompasar los latidos de su corazón.

―¿Se puede saber qué demonios haces aquí? ―preguntó George, dirigiendo la luz hacia abajo para que no le molestara en los ojos.

―No podía dormir y fui a tu casa. Entonces te vi salir y te seguí ―se explicó brevemente―. ¿Por qué estás aquí? ¿Acaso descubriste algo?

George dudó, pero no tenía caso esconder la verdad. Recorrió la habitación oscura con la mirada, alumbrando brevemente las esquinas antes de hablar.

―En este sitio me mantuvieron cautivo cuando tenía cuatro años.

El silencio que los envolvió se sentía igual que la confesión de un crimen brutal. Y aunque no le gustaba hablar de aquello, percibió cierto alivio al compartirlo con ella.

―Mira, Callahan ―dijo de pronto, rompiendo el silencio―. He tenido un día de mierda y me vendría bien un café. ¿Podemos ir a tu casa ?

―¿Quieres ir a mi casa a esta hora? ―preguntó George, mirando la hora en su reloj. Eran casi las dos y media de la mañana.

―Relájate, Hollywood. No te hagas ilusiones. Solo quiero beberme un café y olvidarme por un rato de lo patética que es mi vida.

Suspiró.

―Vamos ―dijo finalmente él―. De todas maneras, no creo que pueda dormir esta noche.

Salieron en silencio. George se subió a su moto y Montes lo siguió.

La temperatura había descendido notoriamente, pero agradeció el aire frío.

Le permitió despejar la mente y alejar la sensación asfixiante que le provocó ese lugar.

El trayecto hasta su casa se le hizo corto, o tal vez su mente estaba demasiado ocupada procesando sensaciones como para notar el paso de los minutos.

Pensó en Whitaker y en el análisis de Hayes, y se recriminó internamente por no haber enviado a analizar la letra.

Había cometido un error de novato y ahora ya no estaba tan seguro de que el profesor fuera el verdadero responsable de las muertes. «Estúpido», se reprendió.

Cuando se detuvo frente a su casa, permaneció unos segundos sin bajarse de la moto hasta que Montes aparcó a su lado.

Ninguno de los dos habló. Sabía que no tenía sentido estar con ella a esas horas de la noche, cuando no eran precisamente amigos ni tampoco pareja.

Sin embargo, no le pareció tan mala idea pasar la noche acompañado, y Montes parecía necesitar con urgencia un par de oídos para descargar sus frustraciones.

El cansancio se había acumulado en la nuca y se la masajeó con la mano izquierda mientras abría la puerta con la llave.

Encendió la luz y, sin decir nada, se hizo a un lado para que ella entrara.

Cerró la puerta tras de sí, aceptando el hecho de que aquella noche ninguno de los dos estaba en condiciones de quedarse solo.

―¿Quieres beber algo? ―preguntó, caminando hacia la cocina―. Tengo vino tinto y cerveza.

―No bebo alcohol desde hace dos años ―respondió, dejándose caer pesadamente en el sofá de tres cuerpos―. Pero te acepto un café.

George asintió en silencio y encendió la cafetera.

También le vendría mejor un café. Sacó dos tazas del armario y las dejó sobre la encimera con movimientos lentos mientras procesaba la respuesta de Montes.

Dos años sin beber. No necesitaba ser particularmente perspicaz para entender lo que aquello significaba.

Eso no era solo una decisión, sino una consecuencia. Lo supo por el modo en que lo dijo.

―Aquí tienes ―ofreció, tendiéndole una taza.

Se sentó a su lado y por primera vez no veía a la inspectora rígida, desafiante y autosuficiente.

Veía a una mujer atractiva que cargaba con demasiado encima.

La observó envolver la taza con ambas manos, dejando que el calor le entibiara los dedos, como si necesitara aferrarse a algo tangible para mantenerse en pie .

―Perdí a mi hijo por el alcohol ―añadió con voz áspera―. Llevo dos años sobria. Hayes utilizó cada uno de mis errores en mi contra y no tuve cómo defenderme. Los informes médicos hablaban por sí solos.

George permaneció inmóvil, escuchando, consciente de que cualquier palabra en ese momento podía romper el delicado equilibrio que se estaba formando entre ambos.

Montes soltó una exhalación de cansancio. Le habló de su pasado: su infancia, la pobreza de su familia y su fracaso matrimonial. También le habló de su hijo, de lo mucho que le dolía no poder verlo crecer, de saber que el niño le diría mamá a otra mujer.

―Hayes es un desgraciado ―espetó con rabia―. Es injusto que no me permita estar cerca de mi hijo cuando llevo dos años con una conducta intachable.

Mientras la escuchaba descargar su furia, George comenzó a entender por qué Montes siempre parecía a la defensiva, por qué reaccionaba con dureza ante cualquier comentario que pudiera interpretarse como una amenaza.

No era solo arrogancia ni orgullo, sino una forma de protegerse, de mantener a los demás a distancia antes de que pudieran hacerle daño.

Su vida no había sido precisamente un jardín de rosas, a diferencia de la suya, que, pese a la experiencia del secuestro, había crecido bajo el amparo de una familia que lo amaba y cubría todas sus necesidades.

Valeria dejó la taza en la mesa y apoyó la cabeza en el respaldo al tiempo que suspiraba.

Después, lo miró con una intensidad tal que el ambiente cambió de repente y se llenó de tensión.

Hasta ese momento George no la había mirado como una mujer ni ella a él como un hombre.

Sin embargo, ya fuera por la necesidad de sentirse deseados o porque ambos cargaban con heridas demasiado profundas, algo entre ellos terminó por romperse.

No supo quién se acercó primero, si fue él o fue ella. Solo supo que, en algún momento, la distancia desapareció, que sus labios se encontraron y que el resto ocurrió sin más.