20 El intruso
E ran casi las dos de la mañana y George aún no conseguía conciliar el sueño, a pesar de que los días avanzaban a un ritmo vertiginoso. Era imposible quitarse de la cabeza la sensación de impotencia que lo abrazaba cada vez que intentaba conectar los datos que tenían acerca de las muertes.
Por otra parte, aún no conseguía desprenderse de la nariz el olor a estiércol y humedad que había sentido cuando fueron a ver a la víctima en la antigua destilería.
La bencinera abandonada que se encontraba al lado reavivó un recuerdo que creía perdido: el lugar donde lo mantuvieron secuestrado por cuatro semanas.
George se sentía inquieto. Pensó que si no hubiera estado trabajando cuando le sobrevino aquella imagen repentina, se habría tomado el tiempo para recorrer los alrededores y visitar aquel lugar.
Era allí, estaba seguro. Por ese entonces, era demasiado pequeño para comprender que lo habían secuestrado de su propia casa durante la noche, que lo habían dormido con algún sedante y lo habían sacado por la ventana de su habitación para llevarlo lejos de su familia.
Recordaba el rostro aterrador de su secuestrador con absoluta claridad, el cuarto sucio, viejo y maloliente del segundo piso donde pasó llorando lo que le pareció una eternidad, y la vista de la extensión de tierra medio abandonada que observaba desde la ventana los días de cautiverio.
Era una granja. Lo sabía por el olor que flotaba en el aire y por el sonido de los animales.
A pesar de sus pocos años, George había memorizado casi con exactitud cada grieta de la madera de la habitación donde lo mantenían encerrado, los detalles de la ventana y el olor a humedad que se respiraba en el interior del cuarto.
Incluso recordaba la mancha negra del techo que más tarde comprendió era moho.
Todo lo que lo rodeaba le parecía una amenaza: el colchón viejo y desagradable donde dormía por las noches, la manta que no se asemejaba en nada a las que tenía en su habitación y el abandono inhóspito que impregnaba cada rincón del lugar.
Frustrado e inquieto por no poder dormir, se levantó, impulsado por la necesidad de regresar allí.
Cogió las llaves de su moto y se marchó.
Quince minutos después estaba frente a la destilería, observando la zona acordonada por los policías locales.
Giró la cabeza y distinguió en la oscuridad el cartel de la bencinera abandonada, iluminado apenas por un foco a orillas del camino que parpadeaba con insistencia.
Una imagen de sí mismo, desde otra perspectiva, apareció en su mente; solo que el letrero parecía más pequeño y distante. Además, lo veía desde lo alto.
Se adentró en el camino de tierra, solitario y oscuro, hasta dar con el lugar que buscaba.
Cuando reconoció la casa abandonada y deteriorada por el paso de los años, bajó de la moto y entró iluminando el camino con una linterna.
Se estremeció cuando recordó los sonidos de los pasos de su secuestrador, el olor a humedad y a falta de ventilación, la sensación de encontrarse absolutamente solo la mayor parte del tiempo.
Suspiró. Ni siquiera entendía por qué se hallaba allí, pero la necesidad de enfrentarse a su pasado para sanar viejas heridas era más fuerte que su deseo por olvidarse de todo y continuar con su vida.
Subió los peldaños de la escalera mientras escuchaba el crujir de la madera.
Un par de ratas escaparon asustadas al recibir la luz de la linterna.
George no les temía, así que continuó hasta llegar a lo que había sido su habitación.
El aire seguía oliendo a encierro, a humedad y a algo más que no conseguía identificar del todo.
El cuarto le pareció más pequeño e inhóspito, pero también más inofensivo.
Aún seguía allí la mancha oscura en el techo y las grietas en la madera de la ventana.
No había colchón ni ningún tipo de mueble dentro.
La habitación estaba por completo vacía, pero George podía recomponer en su mente los objetos como si todavía se encontraran allí.
En ocasiones, él mismo se sorprendía de su memoria. «Es un don», solía decirle su madre.
El sonido lejano de un motor avanzando por el camino de tierra lo alertó.
George se quedó inmóvil, agudizó el oído y contuvo la respiración.
Después apagó la linterna, quedando en penumbras.
El ruido se hizo más cercano. Era un automóvil.
Lo supo por el rugido del motor. El pulso se le aceleró, pensando que podía tratarse del asesino.
No sería la primera vez que un criminal regresara a la escena del crimen, y aquel lugar se encontraba demasiado cerca de la destilería como para considerarlo una coincidencia.
Con un movimiento suave y decidido, sacó su arma.
El frío del metal contra su palma lo devolvió al presente.
Bajó el resto de los escalones con extrema cautela, atento a cualquier sonido fuera de lugar.
Cada crujido de la madera le parecía capaz de delatar su presencia allí.
El motor se apagó y luego lo envolvió el silencio.
George se apoyó en la pared, al lado de la puerta, y esperó. El corazón le latía con fuerza, golpeándole las costillas. Afuera, alguien cerró la puerta del vehículo. Escuchó los pasos y luego vio el halo de luz de una linterna.
George elevó el arma, apuntando hacia la entrada.
La oscuridad era casi total y apenas lograba distinguir las sombras que se dibujaban a través de la abertura de la puerta.
Pensó en la posibilidad de un enfrentamiento, en la cercanía del lugar con la escena del crimen y en la inquietante idea de que tal vez había cometido un error al venir solo.
La manilla giró y la puerta se abrió con un leve chirrido. En el mismo instante en que la silueta cruzó el umbral, George se movió con rapidez y apoyó el arma contra la cabeza de la persona que acababa de entrar.
―¡No te muevas! ―ordenó en voz baja, cargada de tensión―. Ni un paso más.
Escuchó un grito contenido y después una voz femenina que rompió el silencio.
―¿Siempre recibes así a tus compañeros ?
George parpadeó, sorprendido. Reconoció la voz antes de que sus ojos lograran adaptarse a la oscuridad y bajó el arma, dejando escapar un exabrupto.
―Demonios, Montes… ―murmuró, aún con el pulso acelerado―. Me diste un susto de muerte.