72 horas. El juicio de los doce 19 El teniente Hayes
33%

19 El teniente Hayes

―¿Q ué hace él aquí? ―preguntó Valeria con voz tensa.

Dempsey suspiró con impaciencia.

―Está aquí para hacer lo que ninguno de ustedes ha podido ―espetó, irritado con su actitud―. Esto ha superado nuestras capacidades locales y necesitamos un enfoque distinto.

―Este caso es mi responsabilidad ―espetó, furiosa.

Dempsey la miró con dureza, sin alzar la voz.

―Y seguirá siéndolo, inspectora, pero bajo la coordinación del teniente Hayes. Es una orden.

El silencio que siguió bastó para dejar claro que la discusión había terminado.

Su exmarido carraspeó y Valeria se irritó aún más, porque conocía demasiado bien ese gesto: cada vez que lo hacía, era señal de que estaba a punto de soltar alguna ironía con esa arrogancia que tanto detestaba.

―Me alegra volver a verte, Callahan ―lo saludó el teniente Hayes, ignorándola a ella y estrechándole la mano con familiaridad―. Me enteré de que te trasladaron aquí hace poco… y que ya te asignaron compañera. Debe ser todo un desafío adaptarse tan rápido .

―Me estoy adecuando ―respondió Callahan con tono sereno―. El trabajo es lo que importa.

Valeria lo miró de reojo, sorprendida por la calma de su respuesta. Le gustó que no se pusiera del lado de ninguno de ellos y que se centrara en el problema.

―Ya llegó el informe final de la autopsia de Andrés Dalton y un primer informe de las otras dos víctimas ―anunció el teniente Dempsey, tendiéndole ambos sobres a Montes―. Será mejor que se apresuren y consigan algo.

Cuando Valeria comprendió que su jefe los estaba echando de la oficina, se dio la vuelta y abandonó el lugar echando humo por las orejas.

El rumor de las conversaciones de sus compañeros se apagó apenas la vieron cruzar la puerta.

Bastaba con que leyeran su lenguaje corporal para comprender que hervía en ira.

Callahan y Hayes la siguieron en silencio.

Luego de encerrarse en la sala de reuniones, Valeria abrió el sobre y sacó el informe sin perder tiempo. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez, pero era incapaz de concentrarse con Hayes allí.

Sacudió las hojas con rabia, se las entregó a Callahan y después puso las manos en sus caderas.

―¿Se puede saber qué haces aquí, Robert? ―espetó con rabia.

―Lo mismo que tú: trabajando. Y te recuerdo que soy tu superior, así que limítate a hacer tu trabajo si no quieres que te aparte del caso. Callahan ―dijo, dirigiendo su atención a él ahora―. Lee el informe .

Callahan obedeció, siempre manteniendo una expresión imperturbable. A simple vista parecía un hombre muy frío, pero ella ya había notado que en realidad ocultaba con maestría sus emociones. Valeria pensó que le pegaba ser actor.

―El cuerpo de Andrés Dalton presentaba restos de sedantes en el torrente sanguíneo ―leyó―. Fue inmovilizado y clavado a la cruz cuando aún estaba con vida.

―Mantenerlo con vida durante el proceso no parece casual ―comentó Hayes―. Podría sugerir una motivación emocional, tal vez resentimiento hacia la víctima. Prosigue.

―La túnica con la que vistió a la víctima está hecha de arpillera ―confirmó George―. Por el tipo de tejido, es probable que provenga de sacos utilizados en cosechas o almacenamiento de grano.

Callahan apoyó una mano sobre el escritorio. Valeria estaba demasiado afectada para decir o aportar nada. En lo único en que podía pensar era en ese desgraciado que le impedía ver a su hijo desde hacía dos años. Se limitó a cruzarse de brazos y a escuchar.

―Aquí hay algo nuevo ―dijo Callahan, captando su atención―.

Se encontraron partículas de óxido adheridas a la ropa.

Proviene de metal corroído, como el que se encuentra en estructuras antiguas o túneles abandonados.

También se halló polvo de concreto en la ropa.

Eso reafirma que estuvo en una estructura construida, no en campo abierto.

―Revisa si en los otros dos casos también se encontró lo mismo ―ordenó Hayes .

Callahan verificó y luego asintió.

―Sí, lo que indicaría que los oculta en un recinto donde hay metal, un galpón o algo así. Probablemente los asesina allí y luego los traslada.

Hayes asintió y Valeria, internamente, pensó que tenía razón.

―Hazme un resumen de los tres casos. Dame todos los antecedentes que tengas, Callahan.

―Las tres víctimas son jóvenes dentro del mismo rango de edad, entre los veinte y los veinticinco años.

Dos eran estudiantes universitarios y el tercero no, pero sus familias tenían vínculos entre sí y asistían a la misma iglesia católica en el pasado.

En cada caso, el asesino escribió en el abdomen el nombre de un apóstol distinto, lo que sugiere una motivación simbólica o religiosa.

Los crímenes han ocurrido con intervalos cercanos a setenta y dos horas, y los cuerpos han sido abandonados en lugares visibles, lo que indica planificación y la intención de que sean encontrados.

―Es astuto ―agregó Hayes―. Continúa.

―El forense confirmó que al menos una de las víctimas fue sedada antes de morir.

Además, se utilizó arpillera en los tres casos para vestir a las víctimas.

―Valeria notó que su expresión se volvió más seria de lo normal―.

El principal sospechoso es el profesor Whitaker.

Sin embargo, sus coartadas han sido verificadas y actualmente se encuentra enfermo con fiebre, lo que complica sostener que sea el responsable de la última muerte .

―¿Cómo concluyeron eso, de que podía ser culpable? ―preguntó Hayes.

―Citó a la segunda víctima mediante una nota la misma noche del asesinato, pero él niega haberla escrito ―informó Valeria.

―No es suficiente para inculparlo ―dijo Hayes―. ¿Analizaron la letra? ¿El tipo de lápiz con el que se escribió la nota?

―La letra coincide con la de Whitaker ―respondió nuevamente ella, conteniendo su mal humor.

―¿La analizó un experto? ―insistió Hayes.

La mirada con la que la atravesó sacudió su estabilidad emocional.

―No. La comparamos nosotros ―respondió Valeria, carraspeando y rompiendo el contacto visual.

―¿Sabes lo fácil que es imitar caligrafía? ―preguntó Hayes en tono de reproche―. Como siempre, estás mirando la superficie, Montes, no el fondo.

―Tiene razón, teniente ―intervino Callahan al notar su turbación―. Pero fue mi culpa. Fui yo quien lo supuso.

A Valeria le molestó que intentara ayudarla. Después de todo, tampoco se le había ocurrido analizar la letra ni la tinta, y era ella la que estaba a cargo del caso.

Exhaló profundo y se cruzó de brazos antes de hablar:

―¿Por qué no terminas de una vez por todas de darle lo que tenemos, Hollywood ? Hay mucho que hacer todavía.

Callahan respiró hondo antes de concluir .

―Creemos que el asesino es alguien joven, físicamente fuerte, organizado y con conocimientos religiosos suficientes como para seguir un patrón simbólico. Y lo más preocupante de todo es que no parece haber terminado.

―Para llegar al asesino hay que conectar a los padres ―dijo Hayes con calma.

Hizo una breve pausa, observando las fotografías sobre el tablero―.

Los hijos no son el verdadero objetivo. Son el mensaje.

Si el punto en común son los padres, es donde hay que escarbar.

Busquen registros parroquiales, coros, catequesis, cualquier actividad en la que hayan coincidido las familias.

Si hubo un problema en ese entorno, ahí está el origen de todo.

―Sí, señor ―respondió Callahan.

Después tomó su chaqueta y se marchó, intuyendo que debía dejarlos a solas.

Cuando la puerta se cerró, Valeria se acercó a Hayes y le habló en un tono bajo, cargado de desprecio.

―Sigues siendo el mismo miserable de siempre ―dijo sin rodeos―. Dos años… dos malditos años sin dejarme ver a mi hijo.

Hayes no respondió de inmediato. La observó con una calma que solo consiguió encenderla más.

―¿De verdad quieres hablar de eso ahora? ―replicó finalmente, con voz fría―. ¿O ya olvidaste cómo estabas cuando todo se vino abajo?

Valeria apretó los dientes, intentando ocultar su dolor.

―No lo he olvidado ―respondió con seguridad .

―Entonces tampoco deberías olvidar por qué tomé esa decisión.

Hubo un silencio ominoso. Valeria podía recordar la vergüenza cada vez que pensaba en su pasado, pero ella ya no era esa mujer. Se había rehabilitado.

―Llevo dos años sin probar una sola gota de alcohol ―dijo finalmente, clavando los ojos en él―. Dos años.

―No te creo.

―Ese es tu problema. Estoy limpia y, pese a eso, sigues castigándome como si fuera la misma persona de antes. Eres un desgraciado, Robert, y me repugna tener que trabajar contigo de nuevo.

Valeria abandonó la sala de reuniones y dio un portazo deliberado, pero en su fuero interno sonrió. Era placentero demostrarle su odio luego de dos años de agonía.