18 Inconsistencias
H abía movimiento en la universidad y, apenas entraron, Valeria notó que los estudiantes con los que se cruzaban de camino a la biblioteca fijaban su atención en ellos. Incluso le pareció escuchar: «¿No es ese George Callahan el actor?» seguido de un suspiro. «Es tan guapo».
Entornó los ojos y miró de reojo a su compañero, quien parecía no advertir ninguno de los comentarios. No había dicho mucho durante el trayecto hasta la universidad, aunque había notado en el poco tiempo en que lo conocía que solía ensimismarse y hablar solo cuando había algo importante que decir.
Un hombre alto y delgado, de complexión fuerte, y cabello rubio cuidadosamente peinado levantó la vista desde el mostrador principal cuando los vio acercarse. Sus lentes descansaban en la punta de la nariz y sus movimientos eran medidos, casi ceremoniales.
―¿Puedo ayudarlos? ―preguntó, levemente sorprendido al mirar sus placas.
«Kenneth Ripley, Bibliotecario, Universidad de Eldren Vale», leyó Valeria en la credencial antes de presentarse.
―¿Señor Ripley? Soy la inspectora Montes y este es mi compañero, el inspector Callahan. Necesitamos que nos ayude a identificar un libro. También queremos saber quién fue la última persona en solicitarlo.
El hombre asintió con rapidez, como si aquella petición no fuera del todo inesperada.
―Claro… por supuesto. ¿Tiene el código?
Callahan se lo dijo de memoria al bibliotecario y Valeria nuevamente se sorprendió de su agudeza.
―Setecientos veintiséis punto cinco… SMI ―repitió el hombre mientras reconocía el título―. Arquitectura religiosa, iglesias. Esperen aquí un momento.
Valeria intercambió una breve mirada con Callahan.
El hombre se dio vuelta y desapareció entre los pasillos formados por estanterías altas que parecían multiplicarse en una sola dirección.
Ella observó el entorno con atención mientras esperaban.
Había estudiantes sentados en mesas largas, inclinados sobre cuadernos y libros abiertos, ajenos a la tensión que ella y su compañero respiraban.
Nadie parecía consciente de que tres jóvenes habían sido asesinados en menos de una semana, y que dos de ellos estudiaban en esa universidad.
El bibliotecario regresó minutos después con un volumen grueso entre las manos. La cubierta mostraba una iglesia antigua dibujada con precisión arquitectónica. Valeria notó que la etiqueta de clasificación era nueva e idéntica a la que ellos tenían.
―Aquí está. Arquitectura: gótica y renacentista , de Thomas Roger Smith ―dijo, colocándolo con cuidado sobre el mostrador y abriéndolo para buscar la tarjeta de registro―.
Lo pidió Abigail Monroe, estudiante de arquitectura, el lunes dos de septiembre.
Y antes de ella, otros tres estudiantes de la misma carrera.
No es un libro muy solicitado, la verdad.
Valeria notó que el bibliotecario pronunciaba en un tono afectado el nombre de la chica asesinada.
―¿Me permite ver la tarjeta? ―preguntó Callahan, acercándose a la hoja para mirarla con más detenimiento―. ¿Los profesores también se registran si piden material de la biblioteca?
―Sí, todos.
―¿La señorita Abigail Monroe venía con frecuencia a la biblioteca? ―preguntó Callahan, devolviéndole la tarjeta.
―Sí, al menos dos veces por semana ―afirmó el bibliotecario―. Cuando me devolvió el libro el día jueves, jamás imaginé que… Lo siento. Todavía no puedo creer lo que le pasó a esa chica ―dijo con la voz quebrada.
―Es lamentable, sí. ¿Notó algo extraño ese día? ¿Escuchó algo que le llamara la atención? ―insistió Callahan.
―No, nada. Lo lamento.
Callahan asintió en silencio y dejó vagar la mirada por las estanterías, como si examinara el lugar sin mayor interés.
―Este trabajo debe ser interesante ―agregó―. ¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?
―No demasiado. Llegué a Eldren Vale hace un par de años. Soy de Portland ―comentó―. He leído que su padre fue alcalde aquí. ¿Sigue ligado a la política ?
Callahan no respondió de inmediato. Su mirada se quedó fija en algún punto entre las estanterías, como si de pronto se hubiera quedado atrapado en un recuerdo lejano.
―No ―respondió finalmente―. Mi padre se retiró hace años. ¿Quién clasifica los libros?
―Yo, pero algunas veces me ayudan algunos estudiantes ―explicó, señalando la mesa lateral con una pila de libros por clasificar.
―¿Recuerda quiénes lo han ayudado últimamente?
El bibliotecario no pudo ocultar que la pregunta le había causado extrañeza y se encogió de hombros.
―Bueno… hay varios chicos que me ayudan de vez en cuando.
Thomas Reed, de la carrera de Arte, ha venido seguido estas últimas semanas.
También Carolyn Carter, que trabaja aquí como asistente estudiantil.
Y, si mal no recuerdo, la señora Miller, de la oficina principal, me echó una mano hace unos días.
Callahan se acercó y echó un vistazo al material, manoseó las etiquetas y después regresó a su lado. Valeria miró la hora de su reloj.
―¿Dónde puedo encontrar a ese chico, a Thomas Reed?
―Es el muchacho que está allí, en silla de ruedas ―le indicó.
Callahan asintió.
―Bueno, señor Ripley, muchas gracias por su tiempo ―dijo, dando por terminada la conversación antes de abandonar el recinto.
Mientras caminaban, Valeria preguntó :
―¿No ibas a entrevistar a ese chico?
―¿Para qué? Es imposible que una persona en su condición pueda ser el asesino.
Y las otras dos personas que han ayudado en las últimas semanas a etiquetar los libros son mujeres.
A menos que sean unas campeonas olímpicas en levantamiento de pesas, dudo que puedan trasladar por sí solas el cuerpo de las víctimas.
No, el asesino es hombre. Eso es un hecho.
Salieron del edificio sin decir palabra.
Valeria advirtió a un hombre que los observaba oculto detrás de un pilar.
No era la primera vez que lo veía y, según recordaba, Whitaker le había dicho que se llamaba Scott Larson y que estaba a cargo de supervisar y coordinar al personal del aseo en la universidad.
Tomó nota mental de investigarlo. Con tanto ajetreo, se había olvidado de él.
Hacía frío y los dedos se le entumecieron casi al instante. Se estremeció. Todavía no tenían nada contundente para atrapar al maldito asesino y el tiempo se les estaba acabando.
El radio de Valeria crepitó en su bolsillo y ella respondió de inmediato:
―Habla Montes. Cambio.
―Estoy en la casa de Whitaker ―respondió la voz de Mallory―. Pasó toda la noche en cama con fiebre… y no está mintiendo respecto a su enfermedad. Lo he comprobado. Cambio.
Valeria frunció el ceño.
―¿Estás completamente seguro? Cambio .
―Sí. Su esposa dice que llegó ayer por la tarde ardiendo en fiebre y que apenas podía respirar. Un médico vino a verlo durante la noche. Tiene bronquitis. Cambio.
Valeria guardó silencio unos segundos, mirando de reojo a Callahan.
―Bien. Mantente allí y no pierdas de vista a Whitaker. Si intenta salir, me informas de inmediato. Cambio.
―Recibido. Me mantengo en posición. Cambio y fuera.
Valeria bajó el aparato con lentitud. Nada encajaba. Si Whitaker estaba realmente enfermo… entonces alguien más había cometido ese último asesinato. ¿Tendría un cómplice?
―No me gusta ―murmuró ella finalmente.
Callahan la miró.
―¿Qué cosa?
―Todo esto. Whitaker encaja demasiado bien, pero al mismo tiempo no encaja en absoluto. No cuadra. Un hombre afiebrado no tiene las fuerzas para trasladar a una persona atada a una silla. No me parece posible.
Cuando regresaron a la comisaría, Valeria caminó directamente hacia la oficina del teniente Dempsey. Sabía que iba a regañarla, así que se preparó para lo peor.
Empujó la puerta sin anunciarse y se detuvo en seco.
Robert Hayes, su exmarido, estaba allí, mirándola con ese aire de superioridad que tan bien recordaba.
El aire pareció quedarse atrapado en sus pulmones.
Durante un segundo no escuchó nada. Era como si todo sonido hubiera desaparecido a su alrededor.
Solo veía su rostro. El mismo que había visto por última vez el día en que le quitaron a su hijo.
―Montes ―dijo el teniente Dempsey con tono autoritario―. Justo a tiempo. El teniente Robert Hayes, de la Unidad de Perfilación Criminal de Portland, asumirá la coordinación del caso.