72 horas. El juicio de los doce 17 Tercer hallazgo
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17 Tercer hallazgo

Eldren Vale, Oregon

L os gritos del teniente Frank Dempsey retumbaban en los muros del departamento de policía y se filtraban sin dificultad hasta la sala de reuniones. George no tuvo dudas de que, para la hora del almuerzo, todo el edificio estaría comentando el espectáculo.

―¡¿Cómo demonios pudieron perder de vista a Whitaker?! ―bramó Dempsey, golpeando el escritorio con la palma abierta―. ¡No son más que una manga de inútiles!

Montes apretó la mandíbula y George notó que ella se contenía para no responder de inmediato. Mallory, en cambio, se limitaba a bajar la mirada hacia el suelo, con la actitud de quien recibe un merecido castigo por sus errores.

―Con todo respeto, teniente ―dijo finalmente Montes con voz firme―, el profesor Whitaker tomó un desvío inesperado y Mallory hizo lo que pudo para mantener contacto visual. No fue su culpa.

―¡Los tres tienen la culpa! ―gruñó el teniente―.

No uno. Los tres. Porque cuando uno falla, los otros dos deberían estar lo bastante atentos como para evitar que todo se vaya al carajo.

«Que no fue su culpa» ―ironizó, repitiendo las palabras de Montes―.

Entonces debo suponer que el sospechoso desapareció por arte de magia.

¿Eso es lo que quiere que crea, inspectora?

Montes enrojeció de ira, pero antes de que pudiera responder, el teléfono sobre el escritorio sonó con estridencia y el teniente lo tomó de inmediato, visiblemente irritado.

―¡¿Qué?! ―ladró al auricular. Su expresión cambió en cuestión de segundos.

La furia dio paso a un silencio tenso. Sus ojos se clavaron en algún punto indefinido mientras escuchaba.

George intuyó que no estaba recibiendo buenas noticias y se tensó―.

¿Dónde? ―preguntó finalmente, con voz baja y peligrosa―.

Enviaré a los inspectores de inmediato. No quiero a la prensa cerca.

Colgó con brusquedad.

―¡Maldición! ―escupió entre dientes―. Acaban de encontrar otro cuerpo cerca de la bencinera abandonada que está de camino a Fairmont.

Y esto ―añadió, señalándolos con el dedo― es culpa de ustedes tres.

Porque si no hubieran perdido a Whitaker, tal vez ahora no estaríamos hablando de otro cadáver.

Quiero que vayan ahora mismo a la antigua destilería ―continuó el teniente―.

El cuerpo fue hallado allí hace menos de veinte minutos.

Mallory tragó saliva. George notó un nudo formarse en su estómago y Montes permaneció con la cabeza en alto, demasiado disgustada con la regañina.

El teniente hizo una breve pausa antes de continuar .

―Y después quiero que me traigan al profesor Whitaker. Aquí. A mi oficina.

Montes frunció el ceño.

―Jefe, no podemos traerlo sin una orden ―replicó con firmeza―. Necesitamos saber primero si tenía coartada.

Dempsey la miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

―¡Me da igual! ―gritó―. Quiero a Whitaker sentado en esta oficina antes de que anochezca. ¿Está claro?

Montes sostuvo su mirada durante un segundo más, claramente molesta.

―Sí, teniente ―respondió con voz tensa.

Dempsey golpeó el escritorio con la palma abierta otra vez.

―Entonces, ¿qué están esperando? ¡Muévanse!

Los tres salieron de la oficina sin decir una palabra. Mallory estaba demasiado conmocionado porque se sentía responsable del tercer asesinato, y George de algún modo lo comprendió.

―Mallory, busca al profesor Whitaker ahora mismo y pídele que te acompañe voluntariamente a la comisaría para hacerle unas preguntas ―ordenó Montes―. Callahan y yo iremos a la escena del crimen.

Mallory asintió y se marchó. George le quitó a Montes las llaves del sedán para conducir. A ella no le agradó ni un pelo que lo hiciera; lo supo por su expresión, pero tenía preocupaciones más grandes que complacer a su compañera para que se sintiera importante .

Arrancó la patrulla y doce minutos después llegaron al lugar de los hechos.

Desde la distancia, George notó que la presencia de periodistas era aún mayor que en las otras ocasiones.

Ya no se trataba solo de reporteros locales.

Varios automóviles con antenas satelitales ocupaban la berma, y los micrófonos con logotipos de canales nacionales se alzaban entre la multitud como banderas de guerra.

Esto ya superaba con creces cualquier cobertura local y se había convertido en un asunto de interés nacional, algo que comenzaba a inquietar seriamente a los habitantes de Eldren Vale.

George se tensó.

―Supongo que esto no te intimida ―comentó Montes, mirando las cámaras―. Después de todo, ya sabes lo que es ser el centro de la noticia.

Ignoró el sarcasmo y se bajó de la patrulla, caminando directamente hacia donde se encontraba el cuerpo.

Montes le siguió el paso. Echó un vistazo alrededor y de pronto una imagen apareció como un relámpago, acompañada de una desagradable sensación.

Se detuvo de golpe, perdido en aquel recuerdo repentino.

―¿Qué demonios te pasa? ―preguntó Montes al notar que se había detenido.

―Nada ―mintió, haciendo a un lado el recuerdo y avanzando hacia el cadáver.

―Huele como la mierda ―se quejó ella, haciendo una mueca de asco.

«Ha sido el olor», pensó. George sabía bien que algunos recuerdos podían activarse por los sonidos y también por los aromas.

Durante su secuestro, el olor a ganado y a humedad había sido inconfundible.

Tenía cuatro años por ese entonces y, a pesar de su corta edad, conservaba en la memoria con extraordinaria claridad gran parte de su cautiverio.

No recordaba mucho de lo que había hecho el día de su secuestro con su familia, pero tenía grabado el miedo que lo envolvió cuando despertó en medio de la oscuridad, el hambre y el olor. El maldito olor.

―¿Qué pasa, Callahan? ―dijo Montes, dándole un leve codazo en el costado―. Te quedaste en otro mundo.

―No es nada ―respondió, cortante.

Primero vio las tres lanzas y luego el cuerpo. Su expresión se mantuvo imperturbable, pero por dentro lamentó el destino del joven que había sido traspasado sin piedad de lado a lado por un maniático sádico y cruel.

―¡Qué hijo de puta! ―murmuró Montes entre dientes.

El oficial Parker, al verlos, se les acercó de inmediato.

―Inspectores ―saludó con gravedad―. Cuerpo de un joven de veintitrés años, atravesado de lado a lado por tres lanzas, atado a una silla.

Fue encontrado por su tío cuando regresaba a casa desde Fairmont.

La víctima es Steven Parker, y trabajaba como ayudante en su taller mecánico.

La escena ya está asegurada por si quieren echar un vistazo.

―Con heridas así, aquí debería haber un lago de sangre, y no lo hay ―comentó George―. Esto es un montaje. El asesino lo trasladó cuando ya había muerto .

―¿Y cómo demonios lo trasladó hasta aquí en esas condiciones? ―preguntó Montes―. No puedes mover un cuerpo atravesado así sin dejar rastro.

Callahan no respondió de inmediato. Abrió la túnica a la altura del abdomen, procurando tocar lo menos posible, y leyó: «Tomás».

Frunció el ceño y elevó una breve plegaria por el muchacho.

De repente, algo llamó su atención. Una pequeña etiqueta se había quedado pegada al interior de la túnica.

Pensó que sería una pista dejada por el Apostólico , pero al notar lo arrugada y sucia que estaba tuvo la impresión de que había llegado allí por descuido.

Tal vez al asesino se le había pegado a la manga sin que se diera cuenta y, al manipular el cuerpo, quedó allí sin querer.

La tomó con una pinza y la observó con atención antes de meterla dentro de una bolsa plástica.

Era una diminuta etiqueta adhesiva, rectangular.

Tenía impreso un código numérico en tinta negra: 726.

5 SMI. Frunció el ceño. Había visto etiquetas como esa muchas veces en los lomos de los libros de las bibliotecas, pero esta tenía un detalle decorativo que solo había visto en un lugar: en la Universidad de Eldren Vale.

De inmediato pensó en Whitaker. Esto podría confirmar que el asesino trabajaba allí y podría convertirse en un indicio importante contra el profesor.

Por un momento se avivó la esperanza en él.

Levantó la mirada hacia Montes.

―Lo trajo en un vehículo ―respondió finalmente, sacando su cámara y tomando fotografías de la escena y de la evidencia―. Lo hizo en la parte trasera de una camioneta, tapado con algo, o en la parte trasera de un camión.

Volvió a observar el cuerpo atravesado por las lanzas.

―Vamos, tenemos que ir a la universidad ―anunció George.

Montes no discutió. Esta vez comprendió que tenía algo.