72 horas. El juicio de los doce 16 Problema mecánico
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16 Problema mecánico

S teven Parker había finalizado su trabajo en el taller mecánico más tarde de lo habitual.

Había tantos pendientes que su tío abría incluso los domingos.

El olor a aceite quemado aún flotaba en el aire cuando dejó las herramientas sobre la mesa.

Se limpió las manos con un trapo que ya no absorbía nada, intentando quitar las manchas negras de su piel.

Estas parecían caminos que recorrían las yemas de sus dedos.

Intentaría quitárselas por completo cuando llegara a casa para que Emily no pensara que tenía las manos sucias.

Miró el reloj colgado en la pared: ocho y veinte. Suspiró. Su tío había salido esa misma tarde rumbo a Fairmont por asuntos familiares, dejándolo a cargo del taller hasta su regreso. «Cierra a las ocho y no aceptes trabajos nuevos», le había dicho. En realidad, estaban hasta el tope.

Steven sonrió. Tenía una cita. Nada de otro mundo, solo una cerveza, música suave y tal vez, si las cosas salían bien, un beso que los llevara a algo más. Pensar en Emily hizo que el cansancio pareciera menos pesado.

Caminó hacia la entrada y apagó las luces del interior, quedando todo en penumbra.

El foco de la calle iluminaba tenuemente el taller.

Estaba a punto de bajar la cortina metálica cuando escuchó unos pasos acercarse.

Steven frunció el ceño, maldiciendo su mala suerte.

Era un hombre físicamente imponente y llevaba puesto un abrigo largo.

Tenía el cabello rubio y ojos claros que le parecieron azules.

Se acercaba a paso rápido, como si necesitara ayuda con urgencia.

«Genial», pensó.

―¿Está cerrado? ―preguntó el sujeto al detenerse a su lado.

Steven dudó un segundo, mirando la cortina metálica a medio bajar. No tenía tiempo para ayudarlo en ese momento, pero la idea de negarle su apoyo le dejó un peso en la conciencia.

―Estaba a punto de cerrar ―respondió.

El hombre se pasó una mano por el mentón con evidente nerviosismo. «Sí, son azules», corroboró.

―Necesito ayuda ―dijo―. Mi vehículo se calentó y lo dejé a orillas de la carretera. Mi esposa… ―vaciló apenas―. Mi esposa está en labor de parto. Me llamó hace unos minutos al trabajo y debo ir a buscarla a casa para llevarla al hospital.

Steven frunció el ceño al pensar que no era el único que trabajaba un domingo.

―Solo tardará unos minutos, por favor ―insistió, y el fastidio inicial de Steven se transformó en preocupación.

―Si se calentó, puede que el radiador esté seco. ¿Dónde está su automóvil?

―A menos de media milla. No quise arriesgarme a seguir conduciendo hasta aquí. Salía mucho humo .

Steven apretó los labios, frustrado, pero tampoco podía negarle la ayuda en la situación en que se encontraba. La imagen de la cita volvió a su mente: una cerveza fría, la sonrisa de Emily, un beso y quizás algo más. Soltó un suspiro resignado.

―Está bien. Le echaré un vistazo rápido.

Volvió al interior del taller y tomó un bidón de agua de la repisa. Dudó un instante y añadió también una botella de refrigerante antes de regresar junto al hombre.

―Gracias. De verdad, gracias ―dijo el sujeto.

Había algo en él que no terminaba de encajar.

Steven no supo decir qué. Tal vez eran sus ojos o la forma en que lo miraba.

Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo.

No era el momento para ponerse paranoico.

Cerró el taller con llave y lo siguió sin decir más.

Caminaron por la carretera en silencio, a paso enérgico.

Un Chevrolet celeste apareció unos metros más adelante, antiguo y destartalado, pero lo bastante llamativo como para captar su atención de inmediato. Steven sonrió sin darse cuenta.

―Bonito modelo ―dijo mientras se acercaba.

―Una verdadera joya ―comentó el sujeto.

Steven rodeó el vehículo y se percató del letrero en la ventana trasera: «SE VENDE». Su interés se encendió al instante. Llevaba meses reuniendo dinero para comprarse un automóvil como ese. Quería algo viejo que pudiera reparar con sus propias manos.

―¿Ya tiene interesados por él? ―preguntó, pasando la mano por el techo del vehículo .

―Algunos, pero si te interesa y consigues arreglar el problema, puedo hacerte un muy buen descuento ―respondió el hombre con simpatía.

Steven notó que la urgencia del sujeto había disminuido, pero lo asoció a que estaba aliviado por su ayuda. Tenía que apresurarse si quería llegar a tiempo a su cita.

Abrió el capó y se inclinó. No había humo ni señales de que el motor se hubiera recalentado.

El radiador parecía en buen estado, sin fugas.

Todo parecía en orden. Frunció el ceño y un leve escalofrío le recorrió la espalda.

Algo no encajaba. Se volvió ligeramente, con un presentimiento creciendo en su pecho.

―¿No dijo que se calentó? ―preguntó mientras se erguía.

Entonces sintió el golpe seco y brutal, y fue consumido por la oscuridad.

Cuando volvió en sí, lo primero que reconoció fue el dolor.

Le latía la sien y detrás de los ojos. Intentó moverse, pero el cuerpo no respondió de inmediato.

Abrió los ojos lentamente. Estaba atado en una silla, descalzo y con una prenda de vestir que no era la suya.

La oscuridad era casi total. Respiró con dificultad y le llamó la atención un sonido rítmico.

Después comprendió que era su propia respiración rebotando contra algo cercano, produciendo una especie de eco.

Intentó soltarse las amarras de las manos, pero no lo consiguió.

Tampoco pudo liberar sus pies, aunque podía sentir la superficie fría y rugosa del suelo.

«Concreto», pensó. Steven entrecerró los ojos, intentando distinguir formas.

Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, comprendió que estaba en una especie de túnel, con tuberías antiguas recorriendo el techo y que desaparecían en la oscuridad.

El aire olía a humedad, a metal oxidado y algo más.

Era nauseabundo y le sobrevino una arcada.

Hizo la cabeza a un lado y vomitó. Intentó soltarse otra vez y no lo consiguió.

Se le aceleró la respiración, invadido por el miedo.

―¿Hola? ―gritó, y su voz rebotó en las paredes metálicas.

Miles de preguntas se agolparon en su cabeza. Trató de mantener la calma, pero fue en vano.

―¡Ayúdenme, por favor! ―volvió a gritar.

Fue entonces cuando las vio. Al principio creyó que eran tubos apoyados contra la pared. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar mejor. La luz era tenue, pero alumbraba lo suficiente como para notar que esos objetos eran lanzas. Contó al menos diez y se estremeció.

La respiración se le volvió irregular y el miedo recorrió su pecho. Comenzó a temblar. Intentó recordar cómo había llegado allí y comprendió que había caído en una trampa.

Escuchó los pasos del hombre acercándose con calma y se aterrorizó.

―¡¿Quién eres?! ¡¿Qué quieres de mí?! ―gritó, desesperado, mirándolo a los ojos.

No le respondió.

Steven pensó en medio de su miedo que Emily ya debía estar esperándolo, pero él no iba a llegar.