72 horas. El juicio de los doce 15 El niño de la fotografía
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15 El niño de la fotografía

L os inspectores se acercaron al sacerdote, que despedía a los feligreses en la puerta de la iglesia.

―Padre ―dijo Valeria, mostrando su placa con discreción―. Soy la inspectora Montes y él es mi compañero, el inspector Callahan. Necesitamos hacerle un par de preguntas respecto a los dos jóvenes asesinados esta semana.

―Por supuesto ―respondió con gravedad―. Haré lo que pueda. Soy el padre Nicholas. Vengan conmigo.

Valeria no perdió tiempo y lo siguió mientras Callahan observaba el campanario, por completo absorto. Tuvo que hacerle un gesto con las cejas para que la siguiera.

Entraron en la sacristía y el padre cerró la puerta.

―¿Conocía a las víctimas? ―preguntó Valeria.

―Sí, a ambos. Eran buenos muchachos. No asistían a misa todos los domingos, pero sus familias jamás han fallado.

Callahan recorrió la sala con la mirada y Valeria comprendió que, aunque se encontraba ligeramente distraído esa mañana, estaba asimilando detalles.

―¿Ha notado algo extraño últimamente? ¿Algún comportamiento fuera de lo común entre los asistentes? ¿O quizás alguien que haya venido a preguntar sobre los apóstoles o temas religiosos ?

El sacerdote negó lentamente.

―Nada fuera de lo inusual ―respondió con pesar―. Solo puedo decirles que lamento profundamente lo ocurrido. Hace falta estar muy perturbado para hacer algo así, para asesinar a dos jóvenes de una manera tan brutal.

La frustración de Valeria comenzó a abrirse paso en su pecho.

Habían llegado esperando encontrar algo.

Un detalle, una confesión, un rumor. Pero no había nada que los acercara al asesino, y el único sospechoso era un profesor respetado y querido de una universidad, pero que tenía coartada para los dos asesinatos.

―Gracias por su tiempo, padre ―dijo finalmente Callahan.

―Esperen. Tengo un libro que quizá podría ayudarlos con el caso ―dijo el hombre, haciendo un gesto para que lo siguieran hacia la oficina parroquial.

Cruzaron un pequeño pasillo y entraron a una habitación con una biblioteca antigua y con un imponente escritorio de madera.

Valeria arrugó la nariz al percibir el olor a cera de los muebles.

No le agradaba en absoluto. El padre sacó un libro que tenía una portada de cuero y letras impresas de color dorado, y se lo entregó a Callahan.

―Es la vida de los apóstoles después de Jesús. Pueden quedárselo.

―Gracias, padre. Esto es de mucha ayuda ―dijo Callahan con una sonrisa amena .

De pronto, su compañero fijó la atención en una fotografía que colgaba en la pared. En ella aparecía un antiguo sacerdote junto a un montón de niños y adultos.

Callahan se acercó sigiloso, y luego pasó la mano por sobre los rostros de las personas que se encontraban posando en la fotografía. Valeria notó que el padre se había dado cuenta de su escrutinio y le informó:

―Esta fotografía fue tomada una semana después del hallazgo de este niño ―dijo, señalando al pequeño de cuatro años que aparecía en la imagen―.

Fue secuestrado en el sesenta y siete. Todos estaban muy contentos con su rescate.

Yo solo llevo dos años en esta comunidad, así que no sé mucho sobre estas personas, pero este suceso es una clara muestra de que Dios existe.

Valeria observó que Callahan apretaba los dientes y cerraba los puños, seguro recordando algunos de los horrores que debió vivir en aquel suceso de su vida. Aunque era tan pequeño en ese entonces que lo más probable era que no recordara nada.

―¿Qué fue del sacerdote? ―preguntó Callahan cuando se recompuso.

―El padre Charles Mitchell está en un hogar de ancianos a un kilómetro de aquí. Necesita cuidados especiales. Ya no puede caminar.

―¿Y este de aquí? ―Callahan señaló a un joven vestido con ropa de monaguillo.

Valeria no comprendía qué tenía que ver todo aquello con el caso, pero imaginó que, dada la experiencia traumática que había tenido en su infancia, necesitaba resolver algo que aún permanecía inconcluso.

―No lo sé. Lo siento. ―El sacerdote negó con la cabeza.

―Muchas gracias por su tiempo y por favor, si escucha cualquier cosa, avísenos ―se despidió Valeria.

Se dio media vuelta y caminó hacia el estacionamiento.

Callahan la siguió en silencio. Abrió la puerta de la patrulla, pero no entró de inmediato.

Quiso mirar hacia el campanario, tal como había hecho su compañero minutos atrás, quizás para encontrar respuestas.

El caso seguía tan oscuro como al principio.

Whitaker era lo único que tenían. Lo único.

Ambos subieron y se pusieron los cinturones de seguridad. El radio crepitó de pronto muy despacio, pero Callahan lo escuchó. Lo sacó del bolsillo con rapidez y habló:

―Habla Callahan. Cambio.

Hubo unos segundos de silencio, seguido de interferencias. Luego la voz de Mallory irrumpió con urgencia:

―… lo perdí. Repito, lo perdí. Perdí contacto visual con Whitaker.

―Maldita sea ―escupió Valeria entre dientes―. Lo único que tenía que hacer ese idiota era no quitarle los ojos de encima. ¡Inútil!

Valeria echó a andar el motor.