14 Bajo vigilancia
Eldren Vale, Oregon
E l teniente Frank Dempsey había exigido a Valeria Montes y a George Callahan dos cosas ese domingo.
Primero, que siguieran como una sombra al profesor Marcus Whitaker; y segundo, que fueran a misa y observaran a las personas que asistían allí.
Ella no sabía nada sobre el cristianismo.
Es más, ni siquiera creía en Dios, pero su cada vez más interesante compañero era un verdadero erudito en el tema.
Valeria fue a buscar a Callahan a su casa media hora antes de la misa.
Él se disponía a salir en su moto cuando ella le indicó con un gesto que subiera a la patrulla.
No quería llamar la atención más de lo necesario.
Callahan no discutió. Se acomodó en el asiento del copiloto y dejaron atrás la vivienda en silencio.
Minutos después, Valeria detuvo el vehículo frente a la iglesia y desde allí observaron al sacerdote, un hombre que rondaba los treinta y cinco años, recibir a los feligreses en la entrada junto a un par de niños vestidos con túnicas blancas .
―¿Por qué usan vestidos? ―le preguntó a Callahan cuando los vio.
Ambos observaban a la gente llegar desde una distancia prudencial. Afortunadamente, la prensa no se encontraba allí.
―No son vestidos, son túnicas ―respondió con paciencia, sin apartar la mirada de la entrada―. Los niños que ves son monaguillos, o acólitos. Como quieras llamarlos. Ayudan al sacerdote durante la misa.
Valeria frunció ligeramente el ceño, sin comprender del todo el concepto «monaguillo».
―Siguen pareciéndome vestidos.
Callahan dejó escapar un leve resoplido. Valeria se encogió de hombros y continuó observando a los feligreses, muchos de ellos compañeros universitarios de las víctimas fallecidas.
―¿Esa no es la esposa del profesor Whitaker? ―preguntó ella, dándole un codazo para que se volviera a mirarla.
―Sí, y viene sola.
Valeria la reconoció de inmediato. Ya había visto una fotografía suya. Callahan sacó su radio del bolsillo del abrigo, pero ella se la arrebató antes de que hablara y presionara el botón. Su compañero frunció el ceño, molesto.
―Mallory, ¿tienes noticias? Cambio ―dijo en voz baja.
―Whitaker sigue dentro de la casa. Su esposa salió hace unos minutos. Cambio .
―Bien, si Whitaker sale, no lo pierdas de vista y asegúrate de que no te vea. Mantenme informada. Cambio.
Valeria devolvió el radio al bolsillo del abrigo de Callahan y volvió a concentrarse en la entrada.
―¿Por qué no usas tu radio? ―espetó él, molesto.
―No funciona ―se limitó a responder―. Vamos, entremos y ubiquémonos detrás. El cura ya no está afuera.
Callahan asintió y bajó el volumen de la radio lo suficiente como para que solo él pudiera percibir el sonido desde su bolsillo.
Bajaron y avanzaron hacia la entrada de la iglesia.
Valeria observaba con estudiada atención a cada uno de los presentes, atenta a sus reacciones, a sus miradas, a cualquier cosa que despertara su curiosidad y que la hiciera desconfiar.
Sin embargo, no hubo nada inusual. Callahan, por su parte, se inclinaba cuando había que hacerlo, se persignaba y respondía en voz alta las oraciones, atento a todo.
Su compañero era a todas luces un creyente, un católico practicante, un hombre de fe.
Valeria pensó en su niñez, en lo difícil que fue ser criada por una madre mexicana que con frecuencia era brutalmente castigada por su pareja, y que la miraba a ella con unos ojos que no presagiaban nada bueno cuando su cuerpo apenas comenzaba a tomar forma de mujer.
Pensó después en su propio matrimonio fallido y en su desdicha al no poder estar con su hijo y volvió a convencerse de que Dios no existía, porque no era posible que un ser que decía amar a sus hijos permitiera tal nivel de maldad.
Y para qué hablar de las atrocidades que había visto a lo largo de su carrera.
Sin embargo, había algo que los creyentes irradiaban que a ella le faltaba y que ni siquiera sabía cómo nombrar.
―Tenemos que hablar con el sacerdote ―sugirió Callahan en voz baja cuando la misa terminó―. Los curas ven cosas y escuchan cosas. La gente confiesa sus pecados.
Justo entonces, el radio crepitó y Callahan salió de la iglesia para hablar. Valeria le siguió.
―Aquí, Callahan al habla. Cambio ―susurró.
―Whitaker salió de su casa ―dijo la voz de Mallory―. Subió a una camioneta blanca. Va hacia el este por la 26, en dirección a Vale. Lo sigo. Cambio.
Valeria intercambió una mirada con Callahan. Algo por fin comenzaba a moverse.
―Recibido. No lo pierdas. Mantén distancia. Cambio.