72 horas. El juicio de los doce 13 Límites claros
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13 Límites claros

Eldren Vale, Oregon

G eorge Callahan arrancó el cable del teléfono luego de que el aparato no dejara de sonar.

No sabía cómo demonios los periodistas habían dado con su número.

Se aseguraría de ir a la compañía el lunes mismo para cambiarlo por uno privado.

Estaba harto del acoso mediático y de que continuaran persiguiéndolo por su pasado como actor.

Al menos, en el trabajo, sus compañeros ya no lo miraban como si fuera un mono de feria.

Simplemente lo ignoraban, lo que era mucho mejor.

Se dejó caer sobre el sofá y se pasó una mano por el rostro.

Estaba agotado, estresado por el caso del Apostólico, apodo con el que habían bautizado al asesino.

Pensó en Abigail Monroe, en el profesor Whitaker y en el patrón de tres días que no dejaba de rondarle la cabeza.

Si sus cálculos eran correctos, no les quedaba mucho tiempo.

El próximo cuerpo podía aparecer en cualquier momento.

Escuchó un automóvil detenerse frente a su casa. Se levantó del sofá y vio a Montes bajar del vehículo y caminar hacia la puerta. Antes de que llamara, George la abrió y le hizo un gesto para que entrara.

―¿Sabías que tu casa está rodeada por periodistas? ―preguntó ella mientras se dejaba caer en el sofá sin esperar invitación.

―Sí, ya estoy acostumbrado al circo. ¿Cómo supiste dónde vivía?

―No fue difícil dar con tu casa. Era obvio que alguien con tu pasado buscara vivir alejado del bullicio y de las personas ―se explicó Montes, y George frunció el ceño.

Montes le recordaba un poco a su padre, con esa seguridad que imponía respeto incluso antes de decir una palabra.

―¿A qué te refieres con mi pasado? ―preguntó él, caminando hasta la cocina para preparar un par de cafés.

Montes lo observó desde el sofá, con una pierna cruzada sobre la otra. A pesar de la rudeza que proyectaba a primera vista, la inspectora no perdía feminidad en sus movimientos.

―A las cámaras, a los periodistas, a todo eso de lo que huiste.

¿Huía? Sí, lo hacía, pero no por cobardía, sino porque no era capaz de soportar la traición de su exmujer, el dolor que aún lo abrazaba cuando pensaba en ese hijo que ella había abortado a sus espaldas y el escándalo en el que se vio envuelto solo para protegerla, aunque ella no lo mereciera.

Y no solo de eso quería huir. También de aquel mundo que le había mostrado lo peor del ser humano, en el que no todo era tan bonito como se veía en la pantalla .

George dejó escapar un resoplido mientras servía el café en dos tazas.

―No estoy huyendo de nada ―mintió, sin entrar en mayores detalles.

―Claro que sí ―replicó ella con calma―. Todos lo hacen cuando tienen algo que olvidar. El escándalo de tu separación con esa actriz, ¿cómo era su nombre?

George apretó la mandíbula, pero no respondió. Regresó al salón y le tendió una taza.

―¿A qué viniste realmente? ―preguntó, sentándose frente a ella―. No creo que hayas esquivado a media prensa solo para analizar mis decisiones de vida.

Montes dejó la taza sobre la mesa.

―A hablar de Whitaker. Creo que está mintiendo, que sí tenía una cita con Abigail el jueves por la noche. Lo niega porque está casado ―aseguró.

―También creo que miente ―afirmó George―.

Ayer, cuando fui a la casa de Abigail y registré su habitación, encontré dentro de su diario de vida una tarjeta que confirmaba el encuentro, pero Whitaker tiene coartada, al igual que la noche en que asesinaron a Andrés Dalton.

Su esposa dice que tuvieron una cena familiar esa noche por el cumpleaños de su madre. Ya lo he verificado.

George sacó del bolsillo interior de su chaqueta una fotografía de la nota y la dejó sobre la mesa. Montes la tomó y la observó con atención.

―Podría haberla escrito otra persona para inculparlo ―agregó Montes .

Él también lo pensó en su minuto, pero ahora no lo creía así. Las letras de la tarjeta coincidían con la manera de escribir del profesor. Ya lo había verificado.

―No, el profesor está mintiendo. Anoche pedí vigilancia discreta. No quiero que se asuste e intente escapar. No estamos seguros de que sea el responsable de las muertes, pero si seguimos sus movimientos con cuidado, podríamos averiguarlo antes de que sea demasiado tarde.

Montes asintió, dejó la fotografía sobre la mesa y dio un sorbo al café antes de hablar.

―Anoche me quedé revisando archivos antiguos ―dijo ella con seriedad―.

Informes, denuncias, cualquier cosa que pudiera parecerse a lo que estamos viendo ahora, pero no encontré mucho.

Este pueblo ha sido aburridamente tranquilo durante años.

Peleas domésticas, robos menores. No hay nada que encaje con asesinatos en serie.

George asintió, perdido en el recuerdo lejano de las luces de las cámaras estallando en sus ojos, el acoso de los periodistas, el sonido de los disparos, y se estremeció.

―Lo único medianamente grave que encontré ―continuó ella― fue la desaparición de un niño hace veinticuatro años y, a la semana siguiente, un secuestro… tu secuestro.

Los dedos de George se tensaron levemente sobre la taza. No era un tema agradable del que hablar. El silencio que siguió fue incómodo.

―Eso no tiene nada que ver con lo que está pasando ahora ―dijo con voz firme―. El hombre que me secuestró lo hizo por dinero y murió el mismo día en que me rescataron. Recibió un disparo cuando intentó huir. El caso se cerró ahí.

Montes no apartó la mirada.

―¿Y el otro niño?

―Nunca apareció.

George se pasó una mano por el rostro, como si intentara borrar un recuerdo que se resistía a desaparecer.

―¿Es por eso que te hiciste policía? ―indagó ella sin quitarle los ojos de encima―. Todavía intento entender por qué un actor exitoso decidió cambiar las alfombras rojas por escenas del crimen. No tiene ningún sentido, Hollywood .

―Mis decisiones no son el problema ahora ―respondió él con calma―. Y yo no me meto en tu pasado, Montes. No te pregunto por tu hijo ni por las razones que te alejaron de él. Trabajo contigo por la persona que eres ahora, no por quien fuiste. Te sugiero que hagas lo mismo conmigo.

El rostro de la inspectora se descompuso por una fracción de segundo, pero enseguida volvió a colocarse la máscara de siempre. George desvió la mirada, presa de un leve remordimiento por haber tocado una herida que no le pertenecía. Aun así, era mejor dejar los límites claros desde el principio.