72 horas. El juicio de los doce 12 Infidelidad
21%

12 Infidelidad

L ily Whitaker llevaba varias semanas sin apenas hablarle a su marido luego de que descubriera que el respetado profesor de historia del arte no era más que un mentiroso.

Mientras ella se quedaba en casa, cuidando de sus hijos de dos y cinco años, él se tomaba la molestia de llegar tarde después del trabajo y prácticamente desaparecer los fines de semana.

Al principio, Marcus le decía que tenía trabajo pendiente o que necesitaba viajar a Portland para visitar museos y reunirse con otros historiadores, y ella, ingenuamente, le creía.

Hasta que encontró dentro del bolsillo de su chaqueta un recibo de pago de un motel que quedaba en la carretera.

«Debe ser un error», pensó.

Marcus no era un hombre impulsivo ni descuidado. Todo lo ordenaba de manera meticulosa. Sin embargo, aquella pequeña hoja de papel arrugada no mentía. La fecha coincidía con uno de esos supuestos viajes a Portland que él tanto mencionaba, y desde ese día, Lily comenzó a observarlo con otros ojos.

Una tarde, incapaz de soportar la duda que le carcomía el pecho, dejó a los niños al cuidado de su madre y decidió seguirlo.

Esperó a que Marcus saliera de la universidad y, manteniendo la distancia, condujo tras él por varios minutos.

Estaba atardeciendo y la noche no tardaba en caer sobre ellos.

Se le humedecieron las manos y los ojos cuando su marido tomó otro camino, no el que llevaba a Portland.

La camioneta de Marcus se detuvo frente a una casa pequeña y aislada, en una apartada zona rural.

Era blanca y tenía un pequeño antejardín que se veía bien cuidado.

Su marido apagó el motor y bajó del vehículo.

Lily observó desde la esquina, intentando no ser vista.

Una mujer abrió la puerta. Era atractiva, de cabello oscuro y le sonreía como si fuera lo más hermoso del mundo.

Entonces él la besó. Lily se llevó una mano a la boca y ahogó un sollozo.

La rabia comenzó a subirle por el pecho como una oleada ardiente.

No esperó a ver más. Dio marcha atrás y se alejó de aquel lugar con los ojos empañados y la respiración entrecortada.

De eso ya había pasado un mes. Por supuesto, ella no le había dicho nada.

¿Qué iba a hacer? Su madre se lo advirtió cuando lo conoció: «Ese hombre no te hará feliz, Lily.

Los tipos como él no son hombres de una sola mujer», le había repetido una y otra vez.

Y ahora que comprobaba que su madre tenía razón, era demasiado orgullosa para admitirlo frente a ella.

Esa noche, cuando Marcus regresó a casa, lo hizo cabizbajo. Lily lo notó apenas cruzó la puerta. Quiso pensar que era por los recientes acontecimientos.

―Está en todas las noticias lo de la chica asesinada ―comentó Lily, pensando que tal vez su marido estaba conmocionado.

―Lo sé ―respondió sin entrar en mayores detalles .

Marcus tenía el rostro tenso y evitaba mirarla directamente. Saludó a los niños con un beso distraído y se encerró en el baño durante varios minutos. Cuando salió, cenó en silencio, sin apenas levantar la vista del plato.

―Era muy bonita. Es una pena cómo terminó ―se lamentó, buscando iniciar una conversación―. ¿La conocías?

―¡Claro que la conocía! ―respondió él, estallando en cólera.

Decidió callar cuando los ojos de Marcus se posaron amenazantes sobre los suyos. El temperamento cambiante de su marido no hacía más que distanciarlos, y estaba agotada de pelearse con él.

Más tarde, cuando los niños ya dormían y ambos se acostaron en la cama, los envolvió un silencio insoportable.

Marcus se giró hacia el lado opuesto, dándole la espalda.

Ni siquiera intentó tocarla. Tampoco es que la buscara íntimamente con mucha frecuencia después del nacimiento de su segundo hijo, pero de vez en cuando, en especial si su ánimo estaba descendido, lo hacía. Esta vez no.

Lily permaneció con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando el techo. La rabia le ardía por dentro. «Seguramente su amante ya lo cambió por otro, y por eso está así», dedujo. A su marido no le gustaba perder.

Al día siguiente, cuando Marcus salió rumbo a la universidad, Lily esperó unos minutos antes de dirigirse al despacho que él tenía en casa. No solía entrar, salvo para limpiar, aunque ella intentaba no mover nada de su sitio cuando sacudía el polvo. A él le molestaba .

Empujó la puerta con cautela. Todo estaba ordenado con una precisión casi obsesiva: libros dispuestos por tamaño, documentos apilados con exactitud y plumas colocadas en fila sobre el escritorio.

Comenzó a revisar cajones, buscando, aunque no sabía exactamente qué.

Alguna carta de amor, o quizás algún regalo de alguna de sus estudiantes.

Lily sabía que su marido era atractivo y que muchas mujeres podían sentirse atraídas por él, sobre todo las más jovencitas.

Eso no le preocupaba demasiado. ¿Acaso ella misma no se había enamorado alguna vez de su profesor de matemáticas cuando era una chiquilla?

Esos eran caprichos pasajeros, ilusiones sin consecuencias.

Lo que ella buscaba ahora era algo distinto, algo que confirmara que su marido seguía teniendo una amante.

Su respiración se volvió más rápida a medida que la frustración crecía. Entonces lo vio. Un libro grueso, de tapa oscura y letras doradas, en la esquina del escritorio.

«Una Biblia», pensó.

―Qué raro ―dijo, frunciendo el ceño.

Marcus nunca había sido un hombre particularmente devoto. Decía creer en Dios, pero rara vez hablaba de religión.

Tomó el libro con manos temblorosas. Lo abrió con cuidado y encontró algunos pasajes subrayados. Pasó página hasta dar con un papel doblado. Cuando lo leyó, Lily se llevó la mano a la boca y todo su cuerpo comenzó a temblar.

Devolvió la nota al lugar donde estaba y cerró la Biblia, dejándola en el mismo sitio para que él no notara que la había manipulado. La rabia volvió a encenderse en su interior. Pero ahora no era solo rabia.

Era miedo.