72 horas. El juicio de los doce 11 Posible sospechoso
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11 Posible sospechoso

V aleria Montes llegó a la universidad a pie esa misma tarde.

El recinto no se encontraba lejos de la oficina.

Averiguó con rapidez el nombre de la mejor amiga de Abigail y la encontró llorando en una banca en un descanso entre clases, rodeada por un grupo de compañeras.

Era urgente recoger la mayor cantidad de información posible en el menor tiempo.

La noticia del asesinato de Abigail Monroe ya se había esparcido por todo el campus y se respiraba un ambiente de miedo y conmoción.

―Madison Perry ―dijo Valeria mostrando su placa―. ¿Podemos hablar un momento a solas?

La muchacha asintió y se apartó del grupo. Tenía los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerse.

―Lo siento mucho por tu amiga ―dijo Valeria con tono firme―. Sé que esto es difícil, pero necesito hacerte unas preguntas.

Madison asintió de nuevo, tragando saliva.

―¿Sabes con quién estuvo Abigail ayer por la tarde?

―No… no lo sé. Ayer no la vi después de clases ―respondió, esquivando la mirada.

Valeria la observó con atención. La chica mentía .

―¿Tenía novio? ¿Alguien con quien estuviera saliendo?

Madison dudó. Sus dedos se entrelazaron con nerviosismo y bajó la mirada hacia el suelo, lo que llamó la atención de Valeria.

―Madison ―dijo con voz más suave―, cualquier detalle puede ser importante. Necesito que seas sincera conmigo. Es necesario para aclarar lo que le pasó a tu amiga.

La joven respiró hondo y asintió con nerviosismo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y parecía asustada.

―Ella… ―titubeó― había quedado de juntarse con alguien.

―¿Con quién?

Madison levantó la vista, inquieta. Miró hacia los lados antes de responder, asegurándose de que nadie la escuchaba.

―Con un profesor.

El pulso de Valeria se aceleró.

―¿Qué profesor?

―El profesor Whitaker ―susurró finalmente―. Abigail me dijo que no le contara a nadie, que era algo privado, que no quería que surgieran rumores. Quedaron de juntarse ayer por la noche, pero no sé si lograron reunirse.

Valeria mantuvo el rostro impasible, aunque por dentro todas las alarmas se encendieron.

―¿Ellos mantenían una relación amorosa, Madison?

―No, pero a mi amiga le gustaba, y él ayer por fin se animó a invitarla a salir.

El corazón le dio un vuelco a Valeria. Acababa de encontrar un sospechoso .

Después de agradecer a la chica, buscó con rapidez al profesor Whitaker para interrogarlo. Mientras caminaba, tuvo la sensación de que alguien la seguía. Se giró justo a tiempo para ver a un hombre alto y de cabello claro esconderse tras un pilar. Le pareció extraño y decidió que lo investigaría.

Valeria encontró a Whitaker en la sala de profesores bebiendo café.

Ella se presentó y el catedrático, un hombre que rondaba los treinta y cinco años y poseía un atractivo innegable, la estudió con la mirada.

Utilizaba prendas formales y, según lo que había escuchado, era un hombre respetable.

Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros.

Poseía ojos almendrados rodeados de pestañas muy tupidas, lo que dulcificaba su mirada.

Valeria podía comprender que una jovencita pudiera sentirse atraída hacia él. Era la distinción hecha persona.

―Profesor Marcus Whitaker ―dijo Valeria, mostrando su placa―. Necesito hacerle unas preguntas sobre Abigail Monroe. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar a solas sin ser interrumpidos?

El hombre frunció ligeramente el ceño y después asintió.

―Por supuesto. Vamos a mi salón de clases. Tengo libre la siguiente hora ―dijo, carraspeando con suavidad antes de hablar―. Es una noticia terrible lo de Abigail. Aún no puedo creerlo. Tampoco lo del otro muchacho .

Valeria lo observó con atención mientras avanzaban. Nuevamente notó que la observaban y aprovechó de preguntar.

―Disculpe, profesor, pero ¿quién es ese hombre? ―dijo, señalándolo con la mano.

―Ah, ese es Scott Larson. Se encarga del personal del aseo en el campus. No le tenga en cuenta su forma de ser ―dijo, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia―. Es muy introvertido y bastante curioso, pero es inofensivo.

Valeria asintió y luego inició el interrogatorio.

―¿Usted los conocía a ambos? Me refiero a Andrés Dalton y a Abigail Monroe.

―No, solo a Abigail. Era una excelente estudiante ―comentó mientras cerraba la sala por dentro con llave para que nadie los interrumpiera―. Usted dirá.

―Lamento si mis preguntas lo incomodan, pero ¿sabía que Abigail se sentía atraída hacia usted?

―La verdad es que no me había fijado. Intento no hacer mucho caso a esas cosas. Ella era amable conmigo. Era una de mis mejores estudiantes.

―¿Tenía algún tipo de relación con ella fuera del aula?

Whitaker negó con calma, aunque a Valeria no le pasó desapercibido su malestar.

―Ninguna. Abigail era una alumna excepcional, eso sí. Muy observadora. Siempre tomaba notas detalladas. Tenía una sensibilidad especial para escribir y estoy seguro de que habría llegado muy lejos .

Valeria mantuvo la mirada fija en él.

―¿La citó para reunirse con usted ayer por la noche?

―¿Reunirme con ella? No. En absoluto ―respondió, sorprendido―. Jamás citaría a una alumna fuera del horario académico sin un motivo formal.

Valeria entrecerró los ojos, notando que parecía decir la verdad, pero bien sabía que los culpables eran expertos en mentir.

Echó un vistazo a la biblioteca personal del profesor y le llamaron la atención algunos títulos: Ángeles y demonios , Los amigos de Jesús , El catolicismo en la época medieval , entre otros.

―Alguien afirma que ustedes iban a reunirse en una cita secreta ayer por la noche ―dijo, devolviendo la atención hacia él.

Whitaker negó, visiblemente afectado y sorprendido.

―¡Eso no es cierto, inspectora! La apreciaba como estudiante, nada más. Era brillante, pero fuera del aula, nuestra relación fue siempre estrictamente profesional.

Valeria asintió, intentando no acorralarlo demasiado. Todavía necesitaba pruebas para acusarlo. El testimonio de la amiga de Abigail no era tan contundente como para hacerlo, así que decidió esperar.

―Una última pregunta, profesor. ¿Es usted católico?

―De niño me educaron en el catolicismo, pero yo no soy practicante, si eso es lo que quiere saber. ―Miró el reloj, ocultando su molestia, y después se irguió en toda su estatura―. Ahora, si me disculpa, debo preparar mi siguiente clase .

Valeria agradeció, se despidió y abandonó el salón con rapidez. Debía hablar con Callahan. Algo en Whitaker no terminaba de encajar, y no pensaba ignorarlo.