La sepultura
Eldren Vale, Oregon
Veinticuatro años atrás
M ovilizado por un impulso mayor y por temor al escándalo, el padre Charles Mitchell decidió ir al lugar de la tragedia.
Tomó la antigua camioneta de la iglesia y se dirigió al bosque a pesar de la lluvia y la oscuridad.
Era mejor así porque nadie podría verlo.
Antes de salir, se aseguró de llevar una pala y una pequeña linterna para orientarse en la penumbra.
―Chiquillo estúpido ―masculló en voz alta, molesto por la insensatez del muchacho.
Si no hubiera actuado con tanta imprudencia, pensó, él no tendría que estar a esas horas pasando frío y exponiéndose innecesariamente.
Sin embargo, luego de verlo tan descompuesto en la sacristía por lo que había ocurrido, se compadeció de él y decidió ayudarlo.
Bien sabía Dios que el padre de Dylan no tendría piedad a la hora de darle una paliza si se enteraba de lo que había hecho.
Detuvo la camioneta y se aseguró de que no hubiera testigos antes de bajar.
No le gustaba la lluvia, pero sabía que en esas circunstancias borraría cualquier evidencia de su presencia allí.
Caminó hacia el arroyo e iluminó con su linterna hasta dar con el bulto de hojas apiladas cerca de una roca.
Se estremeció al darse cuenta de que el cuerpo del niño se hallaba allí.
Descubrió su rostro con los guantes, notó su palidez mortal y la mirada perdida en la nada.
No veía la sangre, pero sabía que se había derramado debajo de la cabeza.
El sacerdote suspiró con preocupación y elevó una plegaria al cielo antes de cerrarle los ojos.
Fue inevitable que un estremecimiento le recorriera la espalda.
―Tu alma estaba torcida desde temprano, hijo. Había demasiada sombra en ti. Quizás sea mejor para el mundo que las cosas hayan terminado así ―susurró con solemnidad.
Se apartó un poco y comenzó a cavar con urgencia, temeroso de que alguien merodeara por el lugar y convencido de que lo que estaba haciendo no solo protegería a su acólito, sino también a la Iglesia de un escándalo mayor.
Una vez que consideró que el agujero era lo suficientemente profundo como para ocultar el cuerpo, se limpió la frente con la manga y echó un último vistazo alrededor.
Después, con torpeza y fatiga, y también una persistente sensación de culpa, tomó al niño y lo introdujo con cuidado dentro mientras elevaba una oración por su alma.
«Esto es lo mejor», repetía en su interior mientras devolvía la tierra al agujero, cubriendo todo rastro de su presencia y la del acólito allí.
Después esparció algunas hojas secas sobre el terreno y una que otra rama para que el lugar pasara desapercibido.
En ese instante se dio cuenta de que acababa de convertirse en cómplice de un asesinato, que aquello había dejado de ser solo un acto de protección para convertirse en algo mucho más grave que proteger al joven que amaba como a un hijo.
―Perdóname, Señor ―pronunció en voz alta antes de marcharse.
Tenía las manos entumecidas a pesar de que había utilizado guantes y estaba ansioso por llegar pronto.
Esperaba que Dylan hubiera llegado bien a casa y que su padre no reparara lo alterado que se encontraba.
Lo más probable era que no lo notara. Solía llegar demasiado ebrio por las noches como para advertirlo.
Una vez que llegó a la casa parroquial, se aseguró de secar primero el interior de la camioneta con una toalla, quitando el barro de los asientos y los restos de hojas que se habían adherido durante la excavación.
Después se quitó la ropa mojada y la lavó en la tina.
Nada podía delatar lo que había hecho, ya que, de ser así, todo el esfuerzo habría sido en vano.