72 horas. El juicio de los doce 9 Segundo hallazgo
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9 Segundo hallazgo

Eldren Vale, Oregon

E l teniente Frank Dempsey andaba de un humor de perros debido a la presión de los medios de comunicación, y George podía comprender su inquietud.

Había recibido la desafortunada noticia de que un segundo cuerpo había aparecido cerca de un sendero próximo a una escuela, en la Avenida Twin Pines.

El cuerpo fue encontrado a primera hora de la mañana por un trabajador municipal que barría las calles.

Pero eso no era lo peor. No. La víctima había sido decapitada.

―¡Callahan, Montes! ―gritó el teniente asomándose por la puerta―. Apresúrense antes de que algún imbécil, por conseguir una exclusiva, arruine la evidencia.

George no tardó en obedecer. Jamás imaginó que tan solo en setenta y dos horas de llevar trabajando allí se encontraría con semejante escenario. Tomó su chaqueta y se largó. Montes lo siguió .

―Escúchame bien, Hollywood ―dijo la inspectora cuando se subió al asiento del copiloto―. Tú dedícate a observar y deja que yo haga las preguntas, ¿me escuchaste?

―Te escuché ―respondió George sin mirarla mientras encendía el motor―. Pero yo también estoy en este caso, Montes. Así que haré preguntas cuando crea que debo hacerlas.

Supo que no le había gustado su respuesta por el bufido irritado que soltó.

Hicieron el resto del trayecto en silencio.

Cuando llegaron, George se aseguró de llevar consigo su cámara fotográfica y después esquivó a los medios de comunicación que se abalanzaron sobre ellos como pirañas.

Montes se abría paso con las manos, indignada por el acoso mediático.

―¡George, ¿volverá a actuar cuando termine este caso?!

―¿Esto es parte de una estrategia para limpiar su imagen pública?

―¡Callahan, ¿se arrepiente de haber cambiado los sets de grabación por cadáveres reales?!

―¡Fuera de aquí! ―gritó Montes, furiosa.

Se abrieron paso hasta llegar a la zona acordonada por los policías locales y George se impresionó al encontrarse con el brutal escenario.

Supo en ese instante que estaban frente a un desquiciado que tenía un plan macabro y que estaba lejos de finalizar.

La escena estaba dispuesta como un ritual.

La víctima yacía en el suelo húmedo, apoyada contra el tronco de un árbol, acomodada con cuidado antes de abandonarla allí.

Era el cuerpo de una mujer vestida con una túnica rústica y áspera, similar a la arpillera, y en su cintura tenía atada una cuerda.

La prenda parecía improvisada, pero colocada con intención simbólica.

El cuerpo estaba rígido y cubierto de abundante sangre que provenía del cuello.

―Pero ¡qué demonios! ―exclamó Montes, impresionada y asqueada a la vez―. ¿Ya encontraron la cabeza?

La ausencia de la cabeza revolvía el estómago y era lo primero que llamaba la atención.

―No, inspectora ―respondió uno de los policías―. Estamos en ello.

George se puso guantes y luego abrió con lentitud la túnica de la chica para buscar patrones similares al asesinato de Andrés Dalton. Encontró uno de inmediato. Sobre el abdomen de la víctima, escrito con un trazo firme y oscuro, podía leerse con claridad «Santiago el Mayor».

―¿Qué rayos quiere decir eso? ―preguntó Montes, confundida.

―Es un apóstol ―respondió George con seguridad mientras fotografiaba el cuerpo―. Al igual que en el caso anterior, el asesino está representando las muertes de los apóstoles. Y si no nos apresuramos en dar con el desgraciado, esto se pondrá muy feo.

Valeria lo miró apretando los dientes. Después, se puso en cuclillas y recorrió el cuerpo detalladamente con los ojos, sumida en un silencio sepulcral .

―Dudo que la chica se llamara «Santiago». Mira, tiene un tatuaje en la muñeca ―señaló ella, observando el trébol de cuatro hojas―. Esto nos ayudará a conocer su identidad.

Ese detalle echaba por tierra su teoría de que los nombres de las víctimas coincidían con los de los apóstoles.

George reconoció el tatuaje de inmediato: lo había visto en una de las fotografías que colgaban en la pared de la habitación de Andrés Dalton, donde el joven aparecía en traje de baño junto a tres muchachas.

Una de ellas posaba con los brazos abiertos.

El tatuaje era el mismo que el de la víctima. Estaba seguro.

―Creo que las víctimas se conocían ―le informó mientras tomaba fotografías con su cámara Polaroid―. Averigüemos si han reportado alguna chica desaparecida en las últimas horas.

Montes asintió.

―No hay armas ni señales de lucha en los alrededores, y todo indica que el infeliz trasladó el cuerpo, montando esta escena para que nos aseguráramos de encontrarlo justamente hoy ―agregó Callahan.

―¿Cómo crees que le cortó la cabeza?

―Santiago el Mayor murió decapitado con una espada.

―Demonios, Hollywood. ¿Cómo es que sabes esas cosas? ―preguntó Valeria, sorprendida―. ¿Acaso te tocó interpretar la vida de Jesús en algunas de tus películas?

―No, pero he leído acerca del asunto. ―Callahan guardó su cámara y después le hizo un gesto con la mano―. Vamos, tenemos que encontrar la cabeza .

Recorrieron los alrededores sin hallar nada. Callahan estaba convencido de que se encontraban frente a un asesino serial y de que necesitaban obtener un perfil del criminal lo antes posible. Era la única manera de evitar otro asesinato.

Regresó al vehículo y decidió que era hora de partir.

―¿Adónde crees que vas? ―espetó Montes, irritada.

―Tenemos que regresar a la comisaría. El tiempo corre ―le respondió.

Su compañera bufó, pero George estaba demasiado preocupado como para reírse de ella.

Necesitaba revisar cuanto antes las fotografías y compararlas con las del primer caso, confirmar la secuencia de los apóstoles y descubrir cuál sería el siguiente movimiento del asesino.

Necesitaba encontrar un patrón. Estaban frente a un asesino organizado, alguien que actuaba con premeditación y que no dejaría de matar hasta completar su macabro propósito.

Se disponían a marcharse cuando un grito desgarró el aire:

―¡Inspectores, la encontramos!