72 horas. El juicio de los doce 8 Sabía que vendrías
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8 Sabía que vendrías

Eldren Vale, Oregon

A bigail Monroe se miró al espejo por última vez antes de salir.

Como sus padres no estaban en casa, pensó en dejarles una nota.

Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y dejó escapar un suspiro, aunque su pulso delataba su nerviosismo.

No solía arreglarse tanto para salir por la noche, pero aquella invitación la había tomado por sorpresa y, en cierto modo, también la había halagado.

Mientras devolvía los libros a la biblioteca de la universidad esa tarde, escuchó la voz del encargado llamarla desde el mostrador.

―Se te cayó esto ―le dijo, extendiéndole una pequeña tarjeta que había quedado atrapada entre las páginas de uno de los volúmenes que acababa de entregar.

Recordó entonces las palabras del profesor Whitaker, los elogios constantes hacia su trabajo y aquella forma particular en que la miraba cuando respondía alguna pregunta.

No dudó ni un instante en asistir. La idea de que finalmente se atreviera a invitarla fuera del campus le provocó una mezcla de nerviosismo y emoción.

Le gustaba el vestido azul que llevaba puesto. Era sencillo, pero resaltaba el color de sus ojos. El profesor, cuando se encontraban a solas en el campus, solía decirle que tenía linda la mirada. Sonrió.

Tomó la tarjeta con el mensaje y la guardó dentro de su diario de vida, no sin antes darle un beso.

Después, tomó su bolso y apagó la luz del dormitorio.

Sabía que era un hombre casado, pero percibía la fuerte atracción entre ambos y eso no le importaba.

Soñaba a diario con recibir un beso suyo o escucharlo decirle un «te quiero». Suspiró.

Era de noche cuando salió, y el aire frío le acarició el rostro como una advertencia que decidió ignorar.

El cielo estaba cubierto por nubes oscuras que ocultaban la luna.

Encendió el motor del automóvil y condujo siguiendo las indicaciones que él le había dado.

Conocía el sendero del viejo mirador porque había visitado el lugar con sus amigas de la universidad para beber sin que nadie las molestara.

Además, se decía que «si ibas allí con el hombre de tus sueños y lo besabas bajo las estrellas, se enamoraría perdidamente de ti».

Sabía que eran solo tonterías, pero de igual manera se ilusionaba .

A medida que se alejaba del centro del pueblo y las luces comenzaban a desaparecer detrás de ella, fue presa de los nervios.

Cuando llegó al lugar indicado, detuvo el motor y permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante.

No había nadie allí, ni un vehículo que le indicara que él había llegado.

El sitio era más solitario de lo que recordaba.

Apenas se percibía una débil iluminación proveniente de la carretera.

Miró el reloj. Había llegado unos minutos antes de la hora acordada. Bajó del automóvil y cerró la puerta con cuidado, abrazándose a sí misma para protegerse del frío que comenzaba a calarle la piel. Mientras encendía un cigarrillo, le pareció escuchar el sonido de las ramas al pisarlas.

―¿Profesor Whitaker? ―llamó en voz alta, sintiéndose ridícula al escuchar su propia voz perdiéndose entre los árboles.

Nadie respondió. Permaneció inmóvil unos segundos más y luego se encogió de hombros. Cuando acabó de fumar, se dio la vuelta para abrir la puerta y meterse dentro del vehículo. Tenía frío y le incomodaba la sensación de inseguridad que la abrazaba.

Dio un paso hacia adelante y entonces sintió el impacto.

Un golpe seco en la parte posterior de la cabeza que la lanzó contra la puerta.

Por un momento no comprendió lo que había pasado hasta que llegó el dolor.

Quiso incorporarse, pero llegó un segundo golpe que la hizo perderse en una oscuridad profunda y silenciosa .

Cuando volvió en sí, el dolor fue lo primero que reconoció.

Al principio estaba desorientada; luego comprendió que se encontraba dentro de la cajuela de un vehículo.

Le latía la sien con el movimiento e intentó moverse, pero sus manos estaban atadas y tenía la boca tapada con una cinta adhesiva.

El aire era frío y olía a madera. La invadió el pánico e intentó zafarse de las amarras, sin embargo, no lo consiguió. Se aterrorizó.

El vehículo avanzaba con sacudidas irregulares, lo que la hizo pensar en que la llevaban por un camino rural.

Intentó concentrarse, obligándose a pensar con claridad a pesar del mareo que le nublaba la vista.

¿Acaso el profesor lo había planeado todo para matarla?

¿La vería como una amenaza para su matrimonio?

Los ojos se le inundaron de lágrimas cuando el vehículo se detuvo de manera abrupta.

Escuchó una puerta abrirse, luego pasos que se acercaban con una calma inquietante.

La cajuela se abrió de golpe, pero ella apenas veía debido a la oscuridad.

Parpadeó con dificultad hasta que su vista comenzó a acostumbrarse a la penumbra.

Entonces distinguió la silueta frente a ella, alta y erguida.

La observaba como si la estuviera analizando, o quizás disfrutando de lo que hacía.

El aire desapareció de sus pulmones cuando aquella figura se inclinó ligeramente hacia ella.

―Sabía que vendrías ―le dijo en un tono amable mientras la tomaba en brazos para sacarla de la cajuela.

El terror se extendió por el pecho de Abigail con una certeza insoportable, porque en ese instante comprendió que no había sido un ataque al azar, sino que todo había sido planeado con cuidado y que ella había caminado voluntariamente hacia aquella trampa creyendo que estaba a salvo.

Y mientras era trasladada al interior de un lugar donde el frío parecía adherirse a la piel, supo con absoluta claridad que era su final y que nadie acudiría a salvarla.