7 El interrogatorio
E sta vez Callahan exigió las llaves del Ford Crown Victoria para conducir él. A Valeria le irritaba esa actitud de supermacho que proyectaba con tanta confianza, como si siempre tuviera que demostrar que estaba al mando, pero se calló al notar la rigidez en su expresión.
―Pareces conocer bien el pueblo ―dijo ella, notando que se conducía perfectamente por la ciudad sin necesidad de indicaciones, a pesar de llevar poco tiempo viviendo allí.
―Nací aquí ―respondió, sorprendiéndola.
Fue todo. No agregó nada ni tampoco le preguntó a ella de dónde venía.
Luego de eso se sumieron en un incómodo silencio que ella decidió suavizar encendiendo la radio.
Era irónico que justamente sonara el tema Enter Sandman de Metallica, un tema que hablaba de miedos infantiles y de monstruos que aparecían por las noches.
Recordó a Andrés Dalton y se estremeció pensando en el monstruo que lo había torturado hasta la muerte de esa manera.
Soltó una breve exhalación por la nariz.
Aquello parecía una broma de mal gusto del destino.
Pocos minutos después, Callahan aparcó la patrulla fuera de la casa de la víctima.
Valeria conocía el pueblo como la palma de su mano y la casa de los Dalton era una de las que más le gustaba del lugar.
Era de dos pisos, de madera pintada en color celeste, y tenía una escalera ancha que conducía a un porche acogedor.
Siempre le había parecido un lugar reconfortante cuando la veía al pasar camino al trabajo.
Sin embargo, ahora le pareció lúgubre, silenciosa y triste.
Callahan se adelantó para subir los escalones y a Valeria le gustó que no tuviera la deferencia de ofrecerle pasar primero por el simple hecho de ser mujer. Le molestaba que, siendo policía, fueran condescendientes con ella.
―Quiero liderar la entrevista, Montes ―le informó sin darle tiempo de responder.
Callahan golpeó la puerta con suavidad, pero con la suficiente firmeza para que se escuchara desde el interior.
Pasaron pocos segundos antes de que alguien abriera.
La mujer que apareció en el umbral no necesitó decir una palabra para que ambos comprendieran quién era.
Tenía los ojos hinchados, enrojecidos por el llanto, y bajo ellos unas ojeras tan oscuras como la noche.
Su cabello estaba recogido de manera descuidada. Todo en ella indicaba dolor.
―¿Señora Dalton? ―preguntó Callahan con tono respetuoso. La mujer asintió―. Soy el Inspector Callahan y ella es la inspectora Montes ―dijo mostrando su placa―. Sentimos mucho su pérdida. ¿Podemos pasar?
La mujer se hizo a un lado, asintiendo sin responder.
Valeria observó discretamente las fotografías familiares donde se apreciaba a la víctima junto a su familia en diferentes etapas de su vida.
Después miró al hombre que permanecía de pie junto a la ventana.
Tenía los brazos cruzados y el gesto adusto.
No lloraba, pero su rostro endurecido delataba agotamiento y rabia contenida.
Al verlos allí, se les acercó para saludarlos.
―Soy Richard Dalton ―dijo, intentando mostrarse entero.
Callahan asintió. Una vez que se acomodaron en el sofá, tomó la palabra.
―Señor Dalton, sabemos que este es un momento muy difícil, pero necesitamos hacerles algunas preguntas sobre Andrés. Cualquier detalle puede ayudarnos para descubrir lo que pasó. ¿Cuándo fue la última vez que vieron a su hijo con vida?
La mujer tragó saliva.
―Antes de ayer. Dijo que estudiaría en casa de un compañero de la universidad, así que se fue como a las ocho de la noche.
―¿Salió solo o acompañado?
―Solo. Lo sé porque yo misma lo vi marcharse en su bicicleta.
Callahan asintió. Montes no tenía antecedentes de que hubieran encontrado una bicicleta por los alrededores.
―¿Quién es el compañero con el que iba a estudiar?
―Se llama Paul Donovan. Hablamos con él ayer, y dice que Andrés jamás llegó a su casa el lunes por la noche.
Callahan no tomó nota por escrito en ningún momento, lo que llamó la atención de Valeria. Sin embargo, observaba cada gesto y cada respuesta con una concentración minuciosa. Entonces comprendió que su peculiar compañero probablemente tenía una memoria excepcional. Debía ser así si había sido actor.
―¿Notaron algo fuera de lo normal en su comportamiento durante los últimos días? ―preguntó él.
La mujer negó con la cabeza.
―No… era un buen niño… ―sollozó―. Era un estudiante ejemplar.
Valeria intervino entonces:
―¿Tenía amigos cercanos? ¿Algún compañero con quien pasara más tiempo? ¿Alguna novia?
La madre habló sin levantar la vista.
―Sí… tenía una novia, pero rompieron hace unas semanas. Michelle Monroe. Estudia en la misma universidad. También tenía varios amigos de la iglesia y de la carrera de medicina. Mi hijo no tenía problemas con nadie. No entendemos qué fue lo que pasó.
Valeria tomó nota mental.
―¿Tuvo alguna pelea o discusión con alguien?
El padre respondió con rapidez:
―No. Andrés no se metía en problemas. Era un joven responsable, tranquilo y estudioso.
La madre de Andrés se limpió la nariz con un pañuelo y el padre apoyó una mano sobre su hombro, intentando mantenerse firme.
Valeria intercambió una breve mirada con Callahan.
―Señor Dalton ―dijo Callahan con cautela―, ¿su hijo participaba activamente en la iglesia?
El padre asintió .
―Sí, iba a misa todos los domingos, salvo si tenía que estudiar. Somos una familia católica.
Ese detalle no era menor y Valeria notó que Callahan también parecía considerarlo importante. Tal vez el asunto de la religión sí era una pieza clave.
Callahan dejó pasar unos segundos antes de ponerse de pie.
―¿Nos permitiría echar un vistazo a la habitación de su hijo? Solo serán unos minutos. Pueden estar presentes si así lo quieren.
A Valeria no se le había ocurrido pedir algo así y tuvo que reconocer que Callahan sabía lo que hacía.
Los Dalton aceptaron. Subieron al segundo piso, donde echaron un vistazo a las fotografías y a las cosas que había en los cajones brevemente antes de despedirse.
―Por ahora eso será todo, señor Dalton. Sabemos que esto es muy difícil, pero es posible que necesitemos volver a hablar con ustedes si surgen nuevas preguntas ―concluyó Callahan.
―Entendemos ―respondió el padre.
La madre no dijo nada. Permaneció ensimismada, sosteniendo el pañuelo entre las manos, por completo deshecha.
Valeria pensó en su propio hijo y se estremeció.
―Gracias por su tiempo ―dijo ella, ansiando salir de allí.
Ambos se dirigieron hacia la puerta en silencio. Antes de salir, Valeria volvió la vista una última vez hacia la sala, donde la mujer permanecía inmóvil y el hombre de pie junto a ella intentaba sostener lo que quedaba de su fortaleza.
Afuera, el aire se sentía más frío que antes.