6 Una corazonada
Eldren Vale, Oregon
C uando Valeria llegó a la oficina, el primero con quien se topó fue el nuevo. Callahan parecía absorto en su tarea y apenas levantó la vista para saludarla. Sobre su escritorio tenía repartido un montón de papeles, como si estuviera armando un puzle con ellos.
―Ya tenemos la confirmación de la identidad de la víctima ―dijo Valeria mientras se acercaba a él, movida por la curiosidad―. Se llamaba Andrés Dalton. Era estudiante de tercer año de la carrera de medicina en la Universidad de Eldren Vale.
―Entonces yo tenía razón ―afirmó Callahan, tomando un libro y enseñándole una imagen donde aparecía un hombre crucificado de la misma manera en que fue encontrada la víctima.
―¿Qué es eso?
―Una corazonada.
―Vamos, Hollywood . ¿De verdad te montaste toda esta mierda por una corazonada ?
―Fíjate bien ―le exigió, señalando el libro abierto―. Es información acerca de la muerte de los apóstoles, los amigos de Jesús ―se explicó, incorporándose―. Este es Andrés. No creo que sea una coincidencia que la víctima comparta el nombre con el apóstol. El asesino está armando un patrón.
―Podría ser casualidad ―rebatió ella, dudando de su teoría.
Callahan no respondió enseguida. Cerró el libro con un golpe seco y lo dejó sobre los papeles esparcidos.
―Tal vez ―concedió―. Pero si no lo es, y estamos ante algo más grande, mejor que lo descubramos antes de que aparezca otro cuerpo.
Valeria no podía dejar de observarlo. Se cruzó de brazos y arqueó las cejas.
―Esto no es una maldita película, Callahan ―dijo con desdén―. Esto es muy real.
Callahan alzó la mirada, imperturbable.
―¿Tienes una teoría mejor? ¿O vas a seguir descartando todo lo que viene de mí, solo porque no estás de acuerdo con mi pasado?
―Mira, Hollywood ―escupió el apodo con sarcasmo―. Aquí no estamos actuando. No se trata de impresionar a una cámara ni de lanzarse a la primera corazonada porque suena interesante. Estamos hablando de un chico muerto.
―Lo sé, y es por eso que estoy buscando conexiones y no cerrándome a lo obvio ―replicó, enfadado―. Si me menosprecias por lo que hice antes, ese es tu problema. Pero ahora soy policía, y no pienso dejar que una víctima más caiga porque alguien se niega a mirar más allá del expediente.
Valeria apretó la mandíbula. Lo cierto era que parte de lo que decía tenía sentido, pero su orgullo le impedía concedérselo tan fácilmente.
―Apenas es tu segundo día aquí y actúas como si fueras el dueño del maldito mundo. Con eso es con lo que tengo problemas ―le reprochó, alejándose de él y encendiendo la cafetera.
―Soy bueno en lo que hago y sé que tengo razón ―sentenció, cogiendo su chaqueta y abandonando la habitación.
―¿Dónde crees que vas? ―gritó ella, corriendo tras él.
―Tenemos que movernos ya, antes de que todo empeore ―replicó él sin detenerse.
Valeria lo alcanzó en el pasillo, cortándole el paso con su propio cuerpo.
―¡Espera! Tú no puedes ir sin mí. Yo estoy a cargo, y se hará lo que yo diga ―le espetó, furiosa.
Callahan la miró en silencio por unos segundos, con esa misma expresión imperturbable que había observado el día anterior cuando todos se burlaban de él.
―Entonces decide, pero decide rápido ―dijo al fin―. Porque si tengo razón, y esto sigue un patrón, alguien más ya está en la lista.
Valeria respiró hondo. Odiaba admitirlo, pero no podía permitirse ignorar la posibilidad de que el tipo tuviera algo, aunque fuera por accidente .
―Bien. Vamos a hablar con los padres de la víctima ―ordenó Valeria―. Tal vez eso arroje algo de luz sobre su entorno, sobre si tenía enemigos o quién sabe ―dijo, dándose media vuelta y adelantándosele―. Y no tomes decisiones sin consultarme antes, ¿me oíste? Nada de actuar por tu cuenta.
―Tranquila, Montes. Se hará como tú digas ―respondió en tono irónico, dejando entrever que sí corría sangre por sus venas.
Una vez fuera, Valeria exhaló con fuerza. No podía permitir que alguien con pasado de actor la hiciera dudar de su instinto policial. Pero algo, aunque quisiera negarlo con todas sus fuerzas, le advertía que la idea del patrón no era tan descabellada como quería creer.