5 Nueva casa
G eorge Callahan había tenido un duro primer día en su trabajo y regresó a su nueva casa al anochecer, algo desmoralizado.
En su intento por pasar desapercibido en ese pueblo alejado de la mano de Dios, había comprado una pequeña y sencilla cabaña en las afueras de la ciudad que, en su opinión, no tenía nada que envidiarle a la mansión donde vivió con Diana durante el período que estuvieron casados.
Las cosas materiales le daban igual. Solo le importaba la tranquilidad.
Sin embargo, los periodistas no tardaron en descubrir que vivía allí, lo que le fastidiaba.
Se dejó caer en el sofá, con el peso de su mal día recayendo sobre los hombros, y le dio un buen sorbo a su cerveza fría, a pesar de que la temperatura fuera se prestaba más para una taza de café.
Sin embargo, era uno de esos placeres que se daba de vez en cuando, independientemente del clima que hiciera.
Miró a su alrededor observando las cajas de la mudanza sin deshacer, y decidió que lo dejaría para otro momento.
Lo único que tenía disponible para usar era la cama y ese sofá color marrón oscuro que encontró en una tienda de muebles de segunda mano, y que escogió más por su comodidad que por su estética.
Seguro que si Diana lo viera le chirriarían los ojos del puro horror.
Hasta sintió un placer culpable solo de imaginarlo.
Cerró los ojos por un momento, disfrutando del silencio, hasta que el teléfono le arrebató la paz. A regañadientes, se levantó y cogió el auricular.
―George, ¿te encuentras bien? ―La voz de su madre consiguió que se serenara de inmediato, a pesar de que sonaba levemente alterada.
―Hola, mamá. Estoy bien, solo algo cansado.
―Llevas una semana sin llamar y tu padre ha estado como loco, pensando lo peor ―le reprochó, molesta―. Te hemos intentado ubicar, pero nada de nada. Ni te imaginas lo que nos costó conseguir tu nuevo teléfono. ¿Dónde demonios estás?
George sabía que había hecho mal al no poner a sus padres en antecedentes de su nueva situación.
Luego de su horrible experiencia siendo un niño, ellos parecían incapaces de perderlo de vista, incluso ahora que ya era un adulto de veintiocho años.
Había pedido traslado desde su antiguo trabajo, necesitado de un cambio de vida, un respiro que le permitiera sobrellevar el peso de un pasado que se estaba volviendo insostenible.
―Me he mudado a Eldren Vale.
―¡¿A Eldren Vale?! ―gritó su madre, horrorizada―. Pero ¿qué es lo que pasa contigo? ¡¿Por qué fuiste precisamente a ese lugar? !
―Eso no importa, mamá. Quería un lugar tranquilo para vivir, y que no quedara demasiado lejos de ustedes ―se explicó, ocultando los verdaderos motivos.
De algún modo, George creía que regresar al lugar donde estuvo cautivo durante un mes, cuando era niño, le permitiría cerrar ese capítulo de su vida que parecía estar al acecho cada vez que fracasaba, ya sea en su vida laboral como en la personal.
Quería mirar los fantasmas del pasado a los ojos y demostrarse a sí mismo que ya no tenían ningún poder sobre él.
―Esto no le gustará nada a tu padre ―susurró con la voz temblorosa.
―Lo sé, pero estaré bien ―respondió George con suavidad―. Necesito hacer esto, mamá. Quiero estar aquí.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea que le hizo pensar que la comunicación se había cortado, pero se rompió con el suspiro de su madre.
―¿Estás solo? ―quiso saber ella.
―Es lo mejor. Hoy ha sido mi primer día de trabajo.
―¿Te han tratado bien?
―Sí, mamá. Quédate tranquila ―le dijo, ocultándole la verdadera naturaleza de su relación con sus nuevos compañeros.
No tenía sentido preocupar a su madre con las sombras de su antigua vida, las que continuaban arrastrándolo hacia el fango.
Por otra parte, lo que menos le importaba era hacer amigos allí.
Quería demostrar que era bueno en su trabajo, y ansiaba vencer ese miedo que lo acechaba cada vez que cerraba los ojos por la noche y revivía escenas de su secuestro, lo solo que se sentía, lo asustado y hambriento que se encontraba.
―Odio ese lugar ―sollozó su madre con la voz rota―. Cada vez que pienso en lo que viviste ahí, se me rompe el corazón.
―Ya no soy ese niño, mamá ―interrumpió él con firmeza―. Puedo manejarlo. Necesito que confíen en mí, al menos esta vez. ―Su madre suspiró con resignación.
―Está bien. Solo cuídate, ¿quieres?
―Lo haré, y dile a papá que lo llamaré mañana.
George cortó la llamada y regresó al sillón.
Luego de beber un largo trago de su cerveza, tomó las fotografías que había sacado con su cámara y se quedó mirándolas mientras en su mente recreaba la escena del crimen e intentaba determinar el perfil del asesino.
Si bien no había mucho que se pudiera saber sobre él aún, estaba convencido de que era un sujeto muy organizado y meticuloso, con una mente obsesiva y un fervor religioso distorsionado.