72 horas. El juicio de los doce 4 Primeras impresiones
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4 Primeras impresiones

G eorge Callahan podía soportar las bromas, las ironías y las risas a sus espaldas sin problemas.

Si había algo que manejaba bien eran sus emociones bajo presión.

Sin embargo, cuando se trataba de la prensa, todo cambiaba radicalmente.

Esto no solo se debía a que había sido perseguido durante el escándalo que siguió a su separación con la actriz Diana Liss hacía tres años, sino también porque revivía el acoso mediático que sufrió tras ser rescatado de su propio secuestro, cuando tenía apenas cuatro años.

Si bien era solo un niño por aquel entonces, recordaba cada detalle como si se tratara de un sueño reciente: las miradas de los periodistas abalanzándose sobre él como buitres al acecho en cuanto lo rescataron, aumentando su angustia; el acoso frente al hospital donde lo evaluaron por las lesiones, y luego también en su propia casa.

La verdad es que jamás le gustó durante su tiempo como actor tener que exponerse a los medios de comunicación.

Apretó los dientes y le dedicó una mirada fulminante a su insoportable compañera, advirtiéndole que no era el mejor momento para desafiarlo.

La inspectora Valeria Montes era exactamente como le habían advertido: hosca, dominante y autosuficiente.

A George no le agradó ni un pelo, aunque era comprensible que se comportara de esa manera tan desagradable, considerando que en ese departamento solo trabajaban hombres, y más aún cuando sabía que debía imponerse por su inteligencia y no por su evidente atractivo.

Era morena, alta y tenía la mirada negra y fría.

Además, se advertía en ella un cuerpo atlético, bien trabajado, lo que la volvía alguien imponente.

Cuando George finalizó de fotografiar el cuerpo, notó que la víctima llevaba en su cuello un pequeño crucifijo de plata.

Aquel detalle reafirmaba su idea de que el asesino era un fanático religioso.

El joven tenía las caderas envueltas en una especie de arpillera clara, subida casi hasta la zona púbica, y no llevaba puesta ropa interior. Tampoco tenía zapatos ni calcetines.

―¿Terminaste, Hollywood ? ―preguntó Montes con desdén, al notar que seguía allí de pie, sumido en sus propios pensamientos.

George la ignoró y guardó la cámara Polaroid con lentitud, aunque su mandíbula seguía tensa.

Dio un par de pasos hacia atrás, dándole una última mirada al cuerpo, intentando memorizar cada detalle para luego reconstruir la escena con frialdad en su cabeza.

No era la primera vez que veía a una persona asesinada, pero jamás se había topado antes con tanta crudeza.

Era como si el asesino se estuviera desquitando.

Había algo en este crimen que le revolvía el estómago.

Tal vez era la pose ritual, la edad del chico o la desnudez.

O tal vez era el crucifijo que de seguro el muchacho utilizaba como símbolo de protección.

No lo sabía. No obstante, este brillaba débilmente sobre la piel ensangrentada, como un símbolo de salvación. «Qué ironía», pensó.

―No pasa de las seis horas de fallecido ―dijo George, agachándose junto al cuerpo, aunque sin llegar a tocarlo―. El rigor mortis está empezando. Diría que murió cerca del mediodía ―murmuró más para sí que para su compañera.

―¿Cuatro a seis horas? ―repitió Montes con una ceja arqueada―. Interesante diagnóstico. ¿Y en qué te basaste para concluir eso?

George ignoró el sarcasmo y también a los periodistas que, a pesar de que los habían obligado a alejarse, continuaban pendientes de ellos.

―Por las manchas. ¿Ves estas de aquí? ―dijo indicando las de sus piernas―. Fíjate en estas. En algunas zonas están bien marcadas, pero en otras aún se ven algo difusas. Eso sugiere que el cuerpo lleva aquí unas cuatro o cinco horas, seis a lo sumo.

Montes frunció el ceño y George aprovechó de incorporarse. Esperaba algún comentario desdeñoso por su parte, pero solo se limitó a observarlo en silencio, como si evaluara cada una de sus palabras.

―Bien, será mejor que regresemos ―dijo Montes y se alejó de él.

George le dio un último vistazo a la víctima y luego regresó al sedán.

Recién entonces fue consciente de que hacía frío, ya que un estremecimiento le recorrió la espalda.

Mientras avanzaba, los periodistas se le echaron encima y tuvo que abrirse paso a empujones para conseguir entrar en el vehículo.

Montes hizo andar el motor y luego arrancó.

En ningún momento intercambiaron palabras.

Cada uno se encontraba ensimismado en sus propios pensamientos.

Había un demonio suelto que debían encontrar antes de que volviera a atacar, porque, si de algo estaba seguro George Callahan, era de que esto estaba recién comenzando.