72 horas. El juicio de los doce 3 Sospechas
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E l nuevo se acomodó en el asiento del copiloto en cuanto ella encendió el motor de la patrulla, un Ford Crown Victoria sin distintivos, que parecía haber visto mejores tiempos.

Hacía un frío de los mil demonios, a pesar de que recién estaba iniciando el otoño.

Valeria subió la calefacción y encendió la radio.

Un tema de The Police sonaba bajito. Mientras avanzaban en un silencio que podría cortarse con el filo de una navaja, le advirtió a su indeseado compañero:

―Escúchame bien, Hollywood. Cuando lleguemos allí, te limitarás a observar. Nada de hablar o hacer preguntas. ¿Has entendido? ―le advirtió―. Este es mi caso, y tú estás aquí nada más que para aprender.

―No estoy aquí para aprender, Montes, sino para trabajar. Que sea nuevo no quiere decir que no tenga experiencia como policía en Portland.

Valeria apretó los labios, disgustada con su nueva situación.

Dobló en una esquina hacia la derecha y pocos minutos después ya se hallaban en la carretera estatal.

Cuando la canción finalizó, divisó patrullas a su derecha y a un equipo de personas acordonando con cinta amarilla un área de al menos cien metros a la redonda .

Se detuvo al costado del camino y se bajó del vehículo, ignorando a su compañero. Todavía no comprendía por qué su jefe le había impuesto precisamente al nuevo a su cargo, si sabía bien que apenas toleraba trabajar en equipo.

Se acercó al oficial Parker, quien tenía ambas manos apoyadas en las caderas mientras recorría el entorno con la mirada. Valeria notó que se trataba de algo serio, porque, en cuanto la vio, fue directamente hacia ella.

―Inspectora Montes ―saludó con gravedad―.

Cuerpo de un joven de entre veinte y veinticinco años, hallado en la orilla del río por un par de adolescentes.

Está semidesnudo, ensangrentado y crucificado en un madero con forma de «X».

No lleva identificación ni se encontraron pertenencias personales cerca.

Hace dos días se reportó la desaparición de Andrés Dalton, y hace tres que fue visto por última vez, pero aún debemos confirmar la identidad.

La escena ya está asegurada por si quiere echar un vistazo.

―Bien, Parker. Aíslen a los adolescentes y tómenles declaración por separado en la comisaría. Y consíganme todo lo que tengan sobre Andrés Dalton. Si es él, quiero saber por qué terminó aquí.

El oficial Parker asintió, y Valeria se giró para buscar a Callahan, pero no lo vio por ninguna parte. Entonces, al mirar hacia una de las patrullas, lo encontró apoyado contra la ventanilla mientras le hablaba a la joven que había encontrado el cuerpo.

―¡Estúpido incompetente! ―masculló entre dientes caminando hacia él―. ¡Callahan, ven aquí !

Su compañero le sonrió comprensivo a la chica y luego, obviando que lo había llamado, caminó hacia la otra patrulla donde un adolescente, pálido como la muerte, permanecía temblando en el asiento trasero, demasiado asustado como para levantar la mirada.

―¿Qué crees que estás haciendo? ―lo reprendió ella, apenas conteniendo su ira―. ¡Te dije que no hablaras!

―Lo siento, Montes, pero están asustados, y no veo a nadie aquí acompañándolos o dándoles algo de apoyo.

―Eso no es importante ahora, Hollywood ― dijo en tono condescendiente―, sino el cadáver.

Callahan se irguió en toda su estatura, y luego le destinó una mirada tan fría que se estremeció.

―Están asustados, y han vivido una experiencia traumática. Necesitan ser escuchados ahora, antes de que su mente borre lo que no quieren recordar. Esto sí es importante ―le advirtió, para luego darle la espalda y entablar un breve diálogo con el muchacho.

Valeria no supo cómo rebatir eso, y por un momento titubeó, como si ese hombre que desafiaba sus instrucciones estuviera despojándola de su autoridad tan solo con su presencia.

Se dio la vuelta y caminó hacia la zona donde se encontraba el cuerpo, cuidando dónde ponía sus pisadas.

A medida que avanzaba, vio al equipo forense tomando fotografías del cadáver y del entorno.

Una extraña angustia se le instaló en el pecho al percatarse del estado de la víctima.

El rostro del joven reflejaba un sufrimiento tan profundo que la conmovió.

Su cabeza caía ladeada hacia la derecha; el cabello empapado de sangre y el rostro hinchado eran claros signos de haber sido golpeado.

Tenía la mirada perdida, vacía y uno de sus párpados apenas se mantenía abierto.

Valeria se preguntó a qué clase de monstruo se estarían enfrentando, y si tendría intenciones de detenerse o este era el inicio de una larga lista de víctimas.

Desvió la mirada hacia el resto del cuerpo del chico. Las manos estaban clavadas a un madero, como en una crucifixión. Tenía el torso desnudo y en el abdomen se distinguía una palabra escrita con tinta roja.

―«Andrés» ―leyó Callahan, sobresaltándola.

―Esto no tiene sentido ―espetó ella, demasiado afectada por la crudeza de la escena.

Callahan sacó una pequeña cámara del bolsillo de su chaqueta y comenzó a fotografiar el cuerpo y la escena en general.

―Es probable que el asesino sea un fanático religioso ―se explicó él―. Andrés fue uno de los discípulos de Jesús, y murió crucificado en una cruz en forma de «X» en Grecia.

Valeria se sorprendió al escucharlo, y no pudo rebatir esa información, porque no sabía nada de asuntos religiosos.

De pronto, ella notó que un importante grupo de periodistas bordeaba el cordón y gritaban para hacerse escuchar.

Preguntas como: «George, ¿este es tu primer caso desde que dejaste la actuación?

», o, «¿Consideras que haber interpretado policías en tus películas ha sido un incentivo para convertirte en uno de verdad?

», se oían cada vez con más insistencia.

Valeria observó que el rostro de Callahan se había contraído del disgusto, y que hacía enormes esfuerzos por contenerse de mandarlos a todos al carajo.

―¿Te parece esto una película, Hollywood ? ―espetó ella con sarcasmo―. Porque, lo que es a mí, no me hace ninguna maldita gracia.

―¿Y qué te hace pensar que a mí sí? ―rugió.

Todo el control que había notado en su compañero desde que lo conoció se desvaneció en cuanto aparecieron los medios de comunicación.