72 horas. El juicio de los doce 2 Inspector Hollywood
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2 Inspector Hollywood

L a inspectora Valeria Montes se encontraba realizando un informe de su último caso cuando la puerta se abrió. Su jefe entró con expresión adusta.

―¡Montes, ven a mi oficina! ―exclamó el hombre con medio cuerpo dentro antes de regresar sobre sus pasos.

―Una que se metió en problemas ―dijo Lucas en tono burlón desde su escritorio.

―Cierra el pico, Mallory ―espetó ella, lanzándole una mirada tan fría que consiguió que el resto de sus compañeros recularan en sus bromas.

Valeria no tenía amigos allí. Llevaba siete años desempeñándose como inspectora en la División de Homicidios en el Departamento de Policías de Eldren Vale.

Era la única mujer, y le había costado bastante ganarse el respeto de sus compañeros como para arriesgarlo todo con estupideces emocionales.

Desde un inicio estableció los límites que le permitieron convertirse en una de las mejores en su área.

Cuando entró en la oficina del teniente, Valeria se percató de que su jefe estaba a punto de decirle algo que no le iba a gustar .

―En unas horas tendremos una nueva incorporación en el departamento, Montes. Es un traslado al que me opuse, pero recibo órdenes y he tenido que acatarlas, aunque no me guste en lo absoluto ―dijo, dejándose caer en la silla y encendiendo un cigarrillo.

Frank Dempsey tenía cincuenta y tres años, usaba bigote y su cabello ya era completamente cano.

Valeria lo respetaba, a pesar de que en más de una ocasión habían tenido diferencias de opinión y discusiones acaloradas.

Sin embargo, admiraba su liderazgo y la forma en que sabía poner a todos en su lugar.

―¿Y por qué se opone, jefe? Siempre vienen bien un par de manos extra ―comentó.

Su jefe se reclinó hacia atrás y apretó los labios, intentando contener su disgusto.

―¿Conoces la película Fuego cruzado ? ¿O tal vez te suena más Código letal ? ―preguntó Dempsey, clavando los ojos en ella.

Valeria frunció el ceño.

―¿Las de ese actor ridículo que siempre salía sin camisa y disparaba en cámara lenta? ¿Qué tienen que ver con todo esto?

Dempsey soltó una risa seca, sin humor.

―Pues ese «actor ridículo» ahora lleva una placa y será tu nuevo compañero.

Valeria se levantó, molesta, y lo increpó con dureza .

―¿Me está diciendo que voy a compartir investigaciones con un anuncio de Blockbuster? Con todo respeto, jefe, ¿qué clase de broma es esta?

―No es ninguna broma, Montes, y no creas que me gusta la idea de tener a Hollywood por aquí.

El teléfono comenzó a sonar y Dempsey levantó el auricular.

―Habla Dempsey… ¿Cómo dice?... ―El teniente asentía mientras escuchaba con atención―. Está bien. Enviaré a dos policías. ―Cortó la llamada y se levantó con una agilidad que nada tenía que envidiarle a un joven de veinte años. Luego, apagó el cigarrillo en el cenicero y le indicó que lo siguiera.

―Llama a todos a la sala de reuniones. Es urgente.

Valeria salió del despacho de su jefe con el ceño fruncido, advirtiendo que algo grave debió pasar, por el tono de voz que utilizó. Luego de avisar a sus compañeros, se giró con brusquedad y chocó de lleno con un hombre enorme y fuerte que apenas si se movió con el impacto.

―Disculpa, no te vi ―dijo levantando la vista y endureciendo las facciones al reconocerlo. Allí estaba él, el tipo de las películas, el mismo que había protagonizado un escándalo tiempo atrás y que ahora la miraba con expresión cautelosa―. Ah, eres el nuevo.

―Sí, parece que soy yo ―respondió con tono cordial, pero la incomodidad era palpable―. Soy George Callahan.

―Sé quién eres ―respondió sin presentarse mientras avanzaba hacia la sala de reuniones. Al notar que él no la seguía, se dio la vuelta―. ¿Qué esperas? ¿Una invitación especial con alfombra roja?

Sabía que estaba comportándose como una idiota, pero no le importó.

«Un actor jugando a ser policía», pensó.

«Qué estupidez». Valeria consideró que no se podía caer más bajo.

Tenía el cabello rubio y ondulado, ojos azules y unas cejas ligeramente más oscuras y gruesas.

Una mandíbula cuadrada y firme acentuaba su atractivo, mientras que sus labios carnosos, con el inferior apenas más grueso que el superior, suavizaban la dureza de sus facciones.

Observó su atuendo informal, que le daba más aspecto de modelo de anuncio publicitario que de agente de la ley, y su irritación aumentó: ropa costosa, reloj de marca y una colonia que podría sacudir las feromonas de cualquier mujer, excepto las suyas. No era su tipo.

Ingresó en la sala de reuniones y notó que sus compañeros centraban su atención en el nuevo, entre cuchicheos y sonrisas sarcásticas. Al menos, no sería la única que consideraría a Callahan una atracción de feria.

―¡Silencio todos! ―ordenó Dempsey y de inmediato el salón enmudeció―. Dos cosas, la primera, el inspector George Callahan ha sido asignado a esta unidad, por lo que será su nuevo compañero ―les informó, en medio de un murmullo de bromas que no hacían otra cosa que ridiculizar al recién llegado.

Valeria observó que este hacía caso omiso de las burlas y que parecía no afectarle, porque permanecía con el rostro inexpresivo .

―¿Y qué sigue? ¿Traer a Stallone como refuerzo? ―dijo Mallory, haciendo que todos estallaran en carcajadas.

―¡Silencio! ―gritó Dempsey―. Lo segundo, y es por lo que los he citado aquí, es porque la policía local acaba de avisarme que han encontrado el cuerpo de un joven en las cercanías de la carretera estatal, y fue cruelmente asesinado.

―¿Se sabe algo más? ―indagó Valeria.

―No mucho, pero hay dos estudiantes que encontraron el cuerpo y necesito que los traigan aquí para interrogarlos ―exigió―. Montes, estás a cargo del caso y quiero que vayas con el nuevo a la escena donde fue encontrado el cadáver.

―No, gracias, jefe. Puedo ir sola.

―Es una orden. Ya va siendo hora de que Hollywood conozca la diferencia entre la ficción y la realidad.

Valeria apretó los labios y Callahan permaneció sereno, como si nada de lo que decían de él le importara. «Tanto mejor», pensó ella. No tenía deseos de lidiar con sentimentalismos.

―El resto, prepárense para recibir a la familia de los jóvenes que serán interrogados, ya que son menores de edad.

La sala se desocupó con rapidez y quedaron solo los tres. Callahan parecía seguro de sí mismo, pero ella advirtió en su mirada una pizca de vulnerabilidad.

―Bien ―dijo Dempsey―. Necesito que hagan una evaluación completa de la escena, y asegúrense de que nadie toque nada. Tampoco quiero a la prensa por aquí.

―Entendido ―respondió Callahan con voz firme, y luego, con tono reflexivo, añadió―: Si el cuerpo fue dejado en un lugar relativamente visible, el asesino quería que lo encontraran rápido. Quiere dejar un mensaje.

Valeria lo fulminó con la mirada. No necesitaba a un actor intentando impresionar con frases de guion.

―¿Qué pasa, inspectora Montes? ―preguntó el recién llegado con calma al notar su expresión.

―Nada. Solo espero que no hayas cogido la frase de alguna de tus películas ―espetó, burlona.

―La verdad es que no. La tomé de la clase de Perfilación Criminal y Psicología del Asesino, que dio el catedrático Robert Hayes. Fue bastante interesante ―respondió con una sonrisa cordial que la irritó aún más.

―Será mejor que se larguen de aquí y dejen el concurso de meado para otro momento ―espetó el teniente con impaciencia.

Valeria fue por su abrigo y salió a la calle, maldiciendo su mala suerte. Robert Hayes era su exmarido; otro idiota con aires de grandeza.

Bufó, exasperada. Callahan la siguió, seguramente con los ojos clavados en su espalda.