72 horas. El juicio de los doce 1 Primer hallazgo
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72 horas. El juicio de los doce

72 horas. El juicio de los doce

Por Lia Sayoni

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1 Primer hallazgo

Eldren Vale, Oregon

J ohn Harris giró la llave del sedán de su padre y echó a andar el motor mientras encendía un cigarrillo.

No le fue tan difícil burlar la seguridad de la escuela para abandonar las clases antes de la hora de salida.

Le bastó fingir que iba a la enfermería, por un inexistente dolor de estómago, para escabullirse hacia la calle por el costado del establecimiento.

Mientras esperaba a que Susan, su novia, tomara la decisión de escapar finalmente con él, subió el volumen de la radio y comenzó a cantar Smells Like Teen Spirit , de Nirvana, moviendo rítmicamente la cabeza al compás de la música.

Estaba de buen ánimo. Llevaba días planeando ir al río Santiam con ella, un lugar tranquilo donde podrían disfrutar de algo de intimidad.

A sus diecisiete años, no era fácil encontrar momentos a solas para acariciarse, ya que siempre había alguien de la familia rondando cerca o algún amigo entrometido que se interponía entre ellos.

Distraído como estaba, se sobresaltó cuando Susan abrió la puerta del copiloto y se subió con rapidez .

―¡Vamos, apresúrate, que parece que Miss Harwood me vio! ―lo animó con nerviosismo.

John puso la marcha en primera y arrancó a toda velocidad. Solo entonces su novia estalló en carcajadas y se le abalanzó encima para besarlo.

―Tranquila, gatita, que tenemos toda la tarde para eso. No hay que apresurarse.

―Aguafiestas ―dijo en tono divertido mientras regresaba a su asiento y sacaba un par de cervezas de su bolso.

Luego de abrirlas, le entregó una a John y se bebió la suya mientras cantaba a todo volumen la canción. John aspiró su cigarrillo y lo acercó a la ventana para botar las cenizas fuera, pero el viento hizo que este se le escapara de los dedos y cayera justo en el asiento de atrás.

―¡Mierda! ―exclamó cuando se giró para observar, horrorizado, que el asiento comenzaba a incendiarse.

Frenó de golpe, sin ninguna delicadeza, a la orilla del camino. Susan se golpeó contra el tablero, pero estaba demasiado preocupado por apagar el incendio como para notarlo.

―¡Cielos, John, me golpeé el hombro! ―le reprochó.

Él la ignoró, pasó el cuerpo hacia atrás con rapidez y golpeó el asiento con sus manos hasta que las llamas cesaron.

Estaba tan desesperado por ahogar el fuego que no le importó quemarse, aunque tenía las manos demasiado frías como para lastimarse.

Tomó la colilla, la arrojó fuera y luego se acomodó en su asiento con aire abatido .

―Mi padre va a matarme ―dijo el joven, llevándose ambas manos a la cabeza―. ¡Maldito cigarrillo!

―Ni siquiera se dará cuenta ―lo tranquilizó ella―. Además, él también fuma.

―¡Claro que se dará cuenta! ―exclamó, irritado―. ¡Él jamás fuma aquí dentro!

Susan guardó silencio, advirtiendo su malestar, y esperó un par de segundos antes de comenzar a acariciarle el cabello a la altura de la nuca.

―Ya estamos aquí y no hay nada que podamos hacer para remediarlo ―le aseguró con una voz cargada de comprensión―. ¿Qué te parece si disfrutamos del tiempo que nos queda y nos olvidamos por un momento del dichoso asiento?

Las palabras parecieron tener un efecto tranquilizador en él, ya que la miró con ojos ardientes y luego la besó de manera apasionada, mientras Susan correspondía de buena gana.

―Espera, John, necesito orinar ―le dijo, empujándolo con suavidad para abrir la puerta.

―¿No puedes aguantarte un momento?

―No querrás que moje el automóvil de tu padre, ¿verdad?

John negó con la cabeza y la dejó ir. Susan se acomodó un poco la ropa y se abrazó para conservar el calor. La temperatura fuera había descendido varios grados y por la boca le salía vapor cuando respiraba.

―No te alejes ―le pidió él .

―¿Temes que me pierda? ―respondió con picardía.

―Podría haber un asesino suelto por ahí ―bromeó.

―Bah, estupideces ―dijo negando con la cabeza.

John se bajó del vehículo y encendió otro cigarrillo mientras la observaba alejarse.

No quería correr el riesgo de quemar otra vez el tapiz.

De inmediato las manos se le enfriaron y se le enrojeció la nariz.

Casi deseó que el cigarrillo se consumiera pronto para refugiarse en el interior con la calefacción encendida al máximo.

Comenzó a impacientarse, ya que Susan tardaba demasiado en regresar.

―¡Susan! ―gritó, pero no hubo respuesta.

Tiró la colilla al suelo y abrió la puerta para apagar el motor. Una vez se guardó las llaves en el bolsillo, miró hacia ambos lados en la carretera, que permanecía vacía y extensa, y luego se internó en el bosque para ir en su búsqueda.

―¡Susan! ¡No es divertido! ―gritó otra vez, mientras avanzaba por entre los árboles.

Se detuvo con la respiración agitada y el corazón latiéndole rápido dentro del pecho, y se llevó un susto de muerte cuando ella lo abrazó de improviso por la espalda.

―¡ Buuu ! ―se carcajeó―. ¿Estabas asustado?

―¡Vamos, Susan! ―bufó molesto―. ¡Esto no es divertido!

―Ya cállate y bésame de una vez ―le dijo, obligándolo a bajar la cabeza hasta su altura. Poco a poco la irritación fue cediendo y la temperatura corporal de ambos fue aumentando .

―Vamos al automóvil ―le sugirió él, pero Susan lo ignoró, y continuó acariciándolo con manos expertas por encima de la ropa.

De repente, se escuchó el motor de un vehículo encenderse y arrancar a gran velocidad, a una distancia prudente de ellos.

John observó que la camioneta abandonaba la zona boscosa y tomaba la carretera con dirección hacia el sur.

No pudo ver la matrícula ni distinguir el modelo, y una sensación inquietante lo inundó.

―¿John? ―dijo Susan, advirtiendo que él ya no le prestaba atención―. ¿Pasa algo?

―Ven, vamos a ver.

―¿Qué quieres ver? ―quiso saber, irritada.

―¿No te parece extraño cómo arrancó ese vehículo?

―Lo que creo es que ves demasiadas películas.

John la ignoró y avanzó por entre los árboles hasta que escuchó el sonido de un riachuelo. Susan lo siguió y se entusiasmó al ver cómo la vegetación se abría a su paso para revelar un hermoso río con pequeñas cascadas.

―¿Qué estamos buscando exactamente? ―preguntó ella, avanzando hacia la orilla.

―No lo sé ―respondió John, deteniéndose y mirando de un lado a otro―. Será mejor que regresemos.

Se dio la vuelta y comenzó a desandar el camino, cuando el grito desgarrador de Susan lo detuvo en seco. Supo de inmediato que algo malo había pasado; no era un grito cualquiera, sino uno de verdadero horror .

Corrió hasta ella y se detuvo a su lado, atónito ante lo que veía: una imagen grotesca que revelaba una crueldad extrema. En la orilla, recostado de espaldas contra una roca, yacía el cuerpo semidesnudo y ensangrentado de un joven, crucificado en un madero con forma de «X».

John se acercó con sigilo y advirtió que en su vientre había algo escrito con letras rojas. Tragó saliva y luego leyó: «Andrés».