Día 0 Barcelona
UNA estampida la despierta. Son los pasajeros haciendo rodar sus maletas por el pasillo. El viaje ha llegado a su fin. El puerto de Barcelona se despereza para recibirlos con una bruma grisácea que Sabrina puede entrever por las puertas de la terraza.
Tarda unos segundos en ubicarse porque esas cortinas no son como las de su camarote.
Sonríe.
Extiende el brazo y se voltea para tocar a Jimena y asegurarse de que ha sido real y no un sueño. Su mano cae y cae y cae y lo único que toca es el colchón vacío al otro lado de la cama. Se gira por completo. Jimena no está.
—¡Jimena! —la llama.
No se oye la ducha correr y las puertas del armario están abiertas mostrando sus estantes desnudos.
—¿Me la vas a hacer otra vez, cabrona?
Sabina se desprende de las sábanas con rabia.
Va hasta la terraza y sale. En cada gesto acumula más y más rabia.
Se asoma por la barandilla, como si esperara encontrar a Jimena entre la marabunta de gente.
Va al baño. Sus talones golpean la moqueta y parece un elefante enfadado.
Va recogiendo sus ropas desperdigadas por el suelo.
En el baño tampoco hay nadie. Ni nada. Ni su champú de productos naturales ni su cepillo de dientes de bambú.
—Hija de perra.
Se asoma al espejo. Una línea atraviesa su frente de arriba abajo. Se lava la cara, se hace una coleta y la línea sigue.
Camina a contracorriente de la gente hacia su camarote.
Sabrina sopesa por un segundo la idea de quedarse ahí, en el crucero, y vivir eternamente desanclada, sin rumbo fijo y en cada puerto una mujer.
O un hombre. O ambos. Total, ¿a dónde va a ir ahora?
¿A casa de su padre? ¿A dónde iba a ir si hubiera terminado con Jacobo? ¿A casa de los Meier?
Su padre la espera en la puerta del camarote.
—¿Dónde estabas? Tenemos que desembarcar.
—Ya voy —dice Sabrina antes de cerrarle la puerta en las narices.
—Te espero en el lounge de la planta 16 —dice la voz amortiguada de su padre.
Volver a Londres es lo único que le queda. Esperar que la readmitan en la firma y rezar porque los tentáculos de los Meier no intercedan más en su destino, si es que tiene un destino y no es una puta marioneta de una familia de psicópatas.
Hace la maleta con furia, mete las prendas como si fueran trapos, sin cuidado. Lo mismo con el neceser. Lo hace a presión y nota que alguna crema se espachurra. Sabe que cuando lo abra estará todo pringado de una blancura espesa. Problema de la Sabrina del futuro.
Un último vistazo a la habitación y sus ojos se detienen un segundo.
El Birkin en un sillón, de su dueña tal vez olvidado, espera su momento.
Las asas empinadas, como si supieran que van a ser agarradas.
Un mito de la moda, un símbolo para Sabrina.
Un símbolo demasiado cargado de significados para Sabrina.
Duda qué hacer. Da un paso adelante, la mano extendida.
¿Se lo merece? ¿Lo desea si quiera todavía? ¿Le sirve ya?
Dentro de ese bolso está Jimena, pero también Tina. Jacobo e, incluso, Nour y Yassine. Y la guía de Messina, y Jeeves que ahora estará con otros huéspedes porque ella va tarde y para ser VIP también hay que estar donde toca estar en el momento en el que hay que estar.
Baja la mano, sus falanges se doblan lentamente hasta cerrarse en el asa de su maleta.
Sale al pasillo sin mirar atrás.
Al bolso se le caen las asas, triste.
COMO una hormiga más en la marabunta de salida al puerto Sabrina vuelve a la realidad, su realidad.
Ha perdido el desembarco prioritario, Jeeves está atendiendo a otros huéspedes y como no hizo la maleta la noche anterior, ahora la tiene que llevar a cuestas.
Apenas hay sitio en el suelo para hacerla roda y se la sube a la cabeza.
Ridícula. Se ríe de sí misma. Por un momento tocó el cielo. Más vale que cuando se estampe contra la realidad del suelo lo haga con una sonrisa.
Hay una fila larguísima para salir del barco, un montón de cabezas delante de ella.
Y entre las cabezas, un rostro conocido.
—¡Jeeves! —grita.
El mayordomo la ve. Atraviesa los cuerpos como si fuera un cuchillo en mantequilla.
—Señorita Díaz, ¿dónde estaba?
—Donde no me tocaba.
Con una mano, Jeeves coge la maleta y con la otra arrastra a Sabrina a un lateral. Se escabullen por una puerta invisible, que sólo él ha visto. El sol les ciega.
—Por allí —le señala.
Ahora sí que sí, es la última vez que lo verá, tan alto, tan cuadrado, tan blanco. Sabrina no puede evitar abrazarlo, sus pies cuelgan cuando el hombre le agarra de la cintura.
—Muchísimas gracias por todo, Jeeves. No hay propina que pague todo lo que me has ayudado —dice con los ojos acuosos.
Jeeves sonríe.
—Pero me has dejado buena propina, ¿verdad?
—Bueno, hay un Birkin abandonado en mi camarote. Si te vale…
—Me vale —responde el mayordomo apretando fuerte el abrazo.
Se despegan despacio y se dicen adiós con la mano. Sabrina quiere guardar la imagen del hombre en su memoria. Ojalá saber pintar acuarelas como Jacobo.
Camina en la única dirección posible. Está en una pasarela estrecha, de lamas amarillas y barandilla dorada que brilla sobre el mar.
Las olas golpean la quilla del barco, que no es un barco porque su mirada no puede abarcarlo todo, solo es un trozo de metal no tan blanco como parece, ni tan limpio, ni tan bonito.
Cuando las cosas grandes se ven de cerca se le aprecian todas las grietas.
Mira, como los Meier. Sabrina vuelve a sonreír.
La pasarela se termina. Se queda para un instante al borde.
Cuando su pie toque tierra, asfalto en este caso, el viaje habrá terminado definitivamente, y su vida real se reiniciará.
Mira al suelo y se marea. Después de tanto tiempo con el ritmo de las olas metido en el cuerpo se le hace raro estar parada.
La punta de sus dedos, recogidos en unas alpargatas que no se ha puesto en todo el viaje pero que le ocupaban poco espacio en la maleta y las metió por si acaso no sea que le hicieran falta, y, mira ahora, qué bien le han venido, tantea el suelo.
Está caliente. Nota que el calor le sube por la espinilla. La vuelta a los infiernos.
—¡Sabrina! ¡Sabrina, por fin te encuentro!
Sabrina levanta la vista y no puede creerse lo que ven sus ojos. Jacobo, tostado por el sol, con el pelo revuelto, las gafas de sol puestas y la camisa medio abierta, corre hacia ella con las manos tendidas, como si fuera a soltar una paloma de la paz.
LA noche-cena con Jimena no sólo había sido un sueño sino que ahora el fin de su viaje se está convirtiendo en una pesadilla.
¿Qué hace aquí Jacobo?
—Jacobo, ¿qué haces aquí?
—Pedirte disculpas —Jacobo hinca la rodilla ligeramente mientras coge la mano de Sabrina y la ayuda a tomar tierra.
El instinto le dice que los Meier están cerca, apuntando a su nuca con su mirada de francotiradores.
—No… no es necesario.
—Claro que lo es —Los dos jóvenes caminan hacia. Sabrina se deja llevar, una vez más—. Me he comportado como un inmaduro…
—Creo que en este viaje nadie se ha comportado con cordura, sinceramente.
Jacobo desoye el comentario.
—…huyendo así en mitad de la noche. No puedo negar que fue excitante, pero no es propio de mí.
Ay, qué pena le da todo. Huir en una lancha en mitad de la noche puede que no fuera propio de él, o puede que sí.
La idea era descubrirse a sí mismo, vivir aventuras, explorar el mundo, su sexualidad, su destino.
Y en cuanto puso pie en tierra buscó la manera de llegar a Barcelona antes que su familia.
—Creo que fue lo más tú que has hecho en este viaje.
—Puede ser —sonríe Jacobo. Luego se torna serio—. Pero no estamos aquí para hablar de mí, ni de nosotros.
A Sabrina le embriaga el olor a caro que emana Jacobo. Ha pasado la noche en un hotel de cinco estrellas, lo puede adivinar por el aroma a algodón que emana de sus muñecas.
Si no están ahí para hablar de un “nosotros”, ¿para qué aparece Jacobo?
—Yo no voy a ser tu marido, Sabrina —le dice. Se aproximan al coche—. Pero eso no es óbice para que tú no tengas tu final de cuento.
—¡Pero es que no quiero cuentos, Jacobo!
El pequeño de los Meier le mira con sus ojos redondos, asustados, incapaces de ver lo que Sabrina le dice.
—¿Ah, no?
—¡No! Quiero algo real, joder. Quiero dejar de fingir, de performar una persona que no soy y que nunca seré. He dejado el puto Birkin en el camarote por principios, coño.
—Oh, vaya —dice Jacobo toqueteándose los botones de la camisa. No está acostumbrado a tratar con una mujer que dice tantos tacos—. Entonces, igual esto no te interesa.
Han caminado hacia la calle y se han parado junto a un coche oscuro con las lunas traseras tintadas.
La mano de Jacobo se aproxima al pomo de la puerta del coche y la abre.
Del interior, además del olor a cuero y a nuevo, despide un profundo olor a chocolate y churros que envuelve a Sabrina, que le acaricia la mejilla, le hace cosquillas en la nariz.
Un olor que son como dos manos que le agarran del estómago y la atraen al interior. La puerta se cierra tras ella.
—Seguro que estás hambrienta —dice Jimena con una sonrisa traviesa en la cara. Sostiene el cucurucho de churros como si fuera un ramo de flores.
—¿Dónde coño estabas? —Sabrina coge un churro y lo mordisquea.
Jimena suelta una carcajada divertida por el genio de su amante.
—La cafetería del crucero estaba cerrada y tenía que salir del barco para despertarte como te mereces.
—¿Con medio colchón frío y un vacío en el pecho? —protesta Sabrina cuyos humos descienden conforme el azúcar del churro le salpica los labios.
Jimena se inclina en el asiento y acaricia la mejilla.
—Lo siento. ¿Me perdonas?
Sabrina mastica con regodeo, la boca medio abierta y llena de masa caliente y crujiente. Ha dejado sus modales dentro del bolso de Hermès.
—No vuelvas a hacerlo —le reprocha.
—¿El qué? ¿Traerte churros para desayunar?
Jimena amaga con quitárselos y Sabrina se aferra al cucurucho como si la vida, o por lo menos una bajada de tensión, le fuera en ello.