7 noches por el Mediterráneo Día 0 Barcelona #2
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Día 0 Barcelona #2

—Volver a jugármela y dejarme sola. Tres veces lo has hecho ya. Dos en los últimos días.

—¡Oye! —Jimena se reclina y observa cómo a Sabrina se le llenan los labios de aceite—. No eres la única cargada de riesgos de esta relación.

—Esas tenemos, eh —Sabrina se acerca a ella exaltando sus labios y aproximándose peligrosamente al cuello de la camisa de Jimena, que pelea por evitar que le manche la tela. Se enzarzan en una lucha entre risas.

—¿Podemos irnos ya, tortolitas? —pregunta Jacobo desde el asiento del conductor.

Sabrina aprovecha el despiste para darle a Jimena un beso graso en los labios.

—Sí, arranca ya —le ordena su hermana.

—Pero, ¿a dónde vamos?

—Al abogado de la familia —Jacobo la mira por el retrovisor. Luego se gira—. No te asustes: mi hermana y yo vamos a firmar unos poderes notariales. Luego yo me volveré a Túnez.

Tras el susto inicial, Sabrina se chupa los dedos pegajosos y apoya la cabeza en el hombro de Jimena con los labios manchados de chocolate, la respiración de Jimena la acuna, y piensa que puede que ese sí sea su sitio, el de la grasa dentro del lujo y con Jimena, por fin, a su lado.

EL Mercedes eléctrico se detiene suavemente frente al imponente edificio de grandes columnas neoclásicas y ladrillo almohadillado. Jimena apaga el motor, pero la energía dentro del coche sigue vibrante, cargada de la risa que aún reverbera entre ellas.

A través del manos libres, aún se escucha el eco lejano del Mediterráneo rompiendo contra las rocas de la costa de Túnez. Y, entre ese arrullar salado, la voz eufórica de Jacobo.

—No veas cómo me gritaron, hermanita —les cuenta el joven a propósito de la llamada que tuvo con sus padres—. Pero de ruido tenía el sonido de las olas y casi no los oía —dice entre risas.

La felicidad de su hermano, lejos de los grises mandatos del apellido Meier, es un bálsamo y un augurio.

—Dale un beso inmenso a Nour de mi parte —dice Jimena, proyectando la voz hacia el altavoz.

—¡De las dos! —añade Sabrina, con una seguridad que le arranca una sonrisa.

Tras la despedida, la llamada se corta. El silencio en el coche es el preludio de la batalla. Se miran. No hace falta decir nada. Bajan del coche y entran en el edificio, sus tacones repiqueteando con un ritmo marcial sobre el mármol pulido.

Ya en el despacho de Jimena, frente a los ventanales, Sabrina repasa mentalmente cada slide de la presentación.

Jimena se apoya en el borde de su escritorio y se limita a observarla.

Sabrina lleva un traje pantalón color teja, impecable, su pelo recogido en un moño perfecto, tirante, profesional.

Ha recorrido medio mundo y no ha conocido a una mujer más formidable que ella.

Sabrina siente la mirada y alza la vista. Sus ojos, inteligentes y curiosos, le interrogan.

—¿Qué me miras tanto? ¿Tengo algo en la cara?

Una sonrisa se dibuja en los labios de Jimena. La respuesta sale sin pasar por ningún filtro.

—Sí. Unas ganas locas de besarme increíbles.

Sabrina ríe, un sonido bajo y melodioso que aligera la tensión del momento. Se acerca y le da un beso rápido para evitar enredarse más de la cuenta, que se conoce.

—Las tendrás que guardar en la recámara, jefa. Tenemos una junta a la que convencer —Sabrina señala hacia la puerta. Al otro lado, en la sala de juntas, está el pasado. Un pasado obeso de beneficios y escuálido de escrúpulos.

—Pues vamos a por ellos.

Cogen las carpetas de cuero y abren las puertas. Jimena toca el frío tacto de la piel, la rugosidad le trae un poco de calma, le ayuda a centrarse en el momento.

La sala tiene una gran pared que es todo un ventanal. Parece un acuario de corbatas caras y aburridas. Los tiburones del consejo nadan en círculos, expectantes, incómodos. Huelen el cambio en el agua y no les gusta. Vicuña es el primero en hablar.

—Se acabó la espera —dice.

Sabrina, con una calma de cirujana, recorre la mesa y deposita una carpeta frente a cada miembro de la junta. Todos hombres, todos mayores de 50. Probablemente, mayores de 60. Es el manual de instrucciones para desmontar y reconstruir su mundo.

Jimena se sitúa a la cabecera. No se sienta. Hoy nadie debe estar cómodo.

—Buenos días. Sé que esperan el plan quinquenal de extracción minera en el Ártico. No lo van a recibir.

Un murmullo recorre la mesa. Jimena intercambia una mirada con Sabrina. Ella está serena, con la levedad de quien sabe que tiene los números, la estrategia para los próximos cuatro años y el análisis de riesgos de Emily, impecable, como siempre, de su lado.

—Ya lo saben, señores: el Grupo Meier se hunde.

El murmullo se hace rumor, hay algún comentario que se escucha más alto que los demás. “Está loca”. “Tiene razón”. “A ver por dónde sale”. “¿A cuánto está la acción ahora?”.

—No voy a liderar esta empresa desde la nostalgia —dice Jimena—. La memoria es útil, pero sólo si nos recuerda lo que no se debe repetir. Y es momento de cambiar las cosas de una vez por todas.

Hace una pausa, dejando que las palabras floten y les vayan llegando conforme lo hace el aire acondicionado.

—El Grupo Meier ha sido un buque petrolero navegando en la misma dirección durante un siglo.

Parece que va hacia delante, pero en realidad va hacia el fondo.

Podemos quemar toda la gasolina que queramos para seguir manteniéndolo a flote, seguir saqueando sin mirar el ecosistema que atraviesa, pero los número no mienten.

Los océanos se han quedado sin peces y el mundo, sin paciencia. Es el momento de cambiar de barco.

El rostro de Vicuña se arruga intentando entender la metáfora.

Jimena señala las carpetas.

—Ahí dentro no encontrarán un plan de negocio. Van a encontrar un manifiesto. Una hoja de ruta para transformar este buque petrolero en un velero rápido, ágil, impulsado por el viento de la innovación ecológica y social. El Grupo Meier va a pasar de extraer riqueza a sembrarla. Sólo así se salvará.

Algunos consejeros abren las carpetas con recelo, como si temiesen que les pegaran un bocado. Otros la miran con incredulidad. En algunos Jimena capta la resignación.

—Pero son número reales o una novela de aventuras —dice Vicuña, y arranca la carcajada del resto de hombres.

Ante el comentario, Jimena le sonríe de la misma manera que le sonrió cuando le dijo que sabía cómo hacerle daño. A Vicuña se le borra la sonrisa de la cara.

—¿Quién se sube a bordo?

El silencio en la sala es absoluto, roto solo por el susurro de las páginas al pasar.

Afuera, el sol brilla sobre la ciudad. Transformar su empresa y su apellido en algo con propósito no va a ser fácil, ni rápido, pero al menos va a ser lo que el futuro y ella necesitan.

Jimena observa la placa que hay sobre la mesa con su nombre, plateada y brillante, y por primera vez, siente que la luz estridente que iluminaba su apellido ya no ciega tanto.

Sabrina le sonríe con orgullo desde el otro lado de la mesa.

Es su momento.