7 noches por el Mediterráneo Noche 7 Navegación #7
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Noche 7 Navegación #7

Jimena levanta la barbilla y saca la lengua por un rincón de sus labios para hacer memoria.

—Alto riesgo con alta rentabilidad. Sólo apta para valientes. Activo para operaciones rápidas y especulación.

—¿Eso ha dicho? Bitch!

La carcajada de Jimena las libera de tensión.

—Bueno, si ya no voy a buscar aventuras por el mundo, mejor tenerlas en casa, ¿no?

Sabrina espera que Jimena deje de reír. La deja sola, a la espera de que se calme, que la conversación vuelva a su gravedad inicial.

Jimena se resiste. Sigue hablándole de su conversación con Emily entre risas, de lo maja que es, de que quizá la contrate, de que tiene hambre, de que deberían entrar porque parece que refresca, de que por qué no habla, por qué no dice nada, por qué la mira como si fuera a romperle el corazón en cuanto abra la boca.

Y por fin, Jimena se calla.

—Di algo, por favor —le suplica.

—Jimena —comienza Sabrina—. No sé qué responderte.

A Jimena se le pone la piel de gallina.

—No sé qué responderte a la pregunta de quién soy —continúa Sabrina—. No sé si soy ese valor de alto riesgo que dice Emily o si soy la perfecta esposa para tu hermano o qué queda de mi madre en mí. Ni siquiera sé si lo he sabido alguna vez.

—Sí lo has sabido —dice Jimena—. Sí hubo una vez que lo supiste. Lo sé porque yo estaba delante.

Sabrina arruga la frente en busca de algún recuerdo.

Hace memoria para encontrar un momento en el que Jimena estuviera delante y fuera testigo de un instante de revelación de Sabrina.

Imagina que tiene que ser en el internado por lo que su memoria debe viajar varios años atrás y, aunque el mar puede ayudarle a traer recuerdos como si fueran olas, no cae.

—No sé a qué te refieres, pero eso no cuenta. Éramos unas crías. Estábamos por hacer, como quien dice.

—No, no, no me refiero al internado, Sabrina —dice Jimena—. Ha sido aquí, durante el crucero. Lo sé porque fue el mismo momento en que mi hermano Jacobo supo quién era, qué quería hacer.

—No entiendo…

—Solo erais una pareja intentando no parecer ridículos en la pista y fracasando estrepitosamente.

Me moría de la vergüenza, por eso me levanté y me acerqué a vosotros.

Mi hermano deseaba que te arrebatara de sus brazos, que le quitara el marrón para que él pudiera hacerse a un lado y que los focos fueran a nosotras —Jimena se acerca a Sabrina.

Sigue con la piel de pollo y con la excusa mete los brazos bajo la americana, rodeando su cintura—.

Y tú querías que te agarrara de la cintura y que sonara en nuestras cabezas una canción de Los Sabandeños y bailar como lo habíamos hecho la noche anterior, delante de todos, que se escandalizaran, que supieran que tú tampoco eras como ellos querían que fueras, que tú eras otra cosa: libre, desafiante, íntegra, como lo era tu madre, como habías olvidado que eras.

Sabrina la escucha en silencio. Porque por fin hay silencio en el barco, aunque dura apenas unos segundos, los que le llevan a posar su mejilla en la mejilla de Jimena.

Ella tirita, pero su piel arde. En ese momento, además de una chispa por la electricidad estática, comienza a sonar un merengue lento.

—Y entonces, ¿por qué no lo hiciste, por qué nos salvaste? —pregunta Sabrina con un hilo de voz.

—Porque yo aún no sabía quién era, ni qué quería. Y vosotros apenas lo acababais de describir.

Se mueven ligeramente al son de la música que no saben si viene del exterior o si emana de su interior. Sabrina se desprende de Jimena.

—¿Y ahora qué? —le pregunta.

Jimena vuelve a sostener a Sabrina de la cintura.

Se acerca a su cuerpo. Necesita su calor.

Ya se han acostumbrado a la oscuridad y son capaces de verse aunque no haya ni una gota de luz.

Saben perfectamente dónde están sus labios, hay un hilo que los une desde hace años.

Se besan despacio, acariciadas por la brisa marina que se cuela en la humedad de sus bocas.

Un beso con sabor a sal y con un ligero toque dulzón de algas tostadas por el sol.

—Ahora toca el menú degustación —dice Jimena.

EL beso sólo ha sido el bocado de bienvenida. La mesa es la cama de Jimena; el mantel, sus sábanas blancas y sedosas. Si el mâitre en la mesa de sus padres es preciso, delicado y servil, ellas se reparten la tarea de manera más brusca e instintiva.

Jimena saborea el cuello de Sabrina. Gotas de cítrico en los labios que lame con su lengua de fresa.

Sabrina abre boca anticipándose al goce.

Recoge con sus manos otro de los entrantes, guardado bajo la camisa de Jimena: una esfera líquida de aceituna verde que le estalla en la boca cuando apenas la roza.

De Jimena emana un gemido gutural, animal.

Es la otra aceituna que tiene envidia y pide a gritos que la exploten a ella también.

Sabrina lame el otro pezón de Jimena, turgente, brillante, con todas las terminaciones nerviosas preparadas para la ola de placer, y su espalda, ese costillar que es el plato principal, se curva hasta casi romperse.

Las servilletas caen al suelo. Dos triángulos arrugados que ya no pueden empapar más. Son inútiles en este banquete que se disfruta con la piel, con los dedos, con la lengua.

Sabrina recorre el vientre de Jimena, un suave con olor a coco persistente de la crema solar que se mezcla con el sabor a ostra que se adivina entre sus piernas.

Vuelve a su boca para beber de su aliento ahumado.

Se relame. El menú degustación tiene un servicio impecable.

Recorre con las yemas de sus dedos la piel, nota el vello erizado, la espuma de su pubis y entonces, sus dedos se funden en el interior, como si fuera mantequilla.

A Jimena le sabe a cielo. Su pecho cruje como un pan recién hecho.

—Bébeme —le pide.

—¿Me lo pides como amante o me lo ordenas como jefa? —le pregunta Sabrina riéndole en la boca.

—Te lo suplico como Jimena Meier.

—Los Meier no suplican —La mano de Sabrina baja de nuevo por su vientre.

Jimena abre los ojos ante la revelación y agarra la mano de Sabrina justo cuando esta le iba a meter los dedos.

—Tienes razón —dice.

Agarra la mano con más fuerza, decidida a dirigir ella el resto del camino.

Sin apartar los ojos de los de Sabrina, le introduce sus dedos, que se mojan enseguida.

Una humedad que también cala sus falanges.

Aprieta fuerte para entrar más profundo.

Sabrina coge la almohada y se tapa la cara.

Necesita ahogar sus gemidos, morder algo (por no morder a Jiimena con la misma fuerza con la que le sube el placer por el cuerpo).

Una corriente de brisa marina entra en la habitación.

La terraza está abierta para refrescar el ambiente y el frío las envuelve como un abrazo.

El contraste con el fuego del interior de sus cuerpos profundiza la sensación de que no son de ese mundo, que viven en otro, un mundo de sirenas en el fondo del mar en el que ellas son las dueñas de su destino y que así seguirá siendo mientras estén juntas.

Ahora es Sabrina la que baja hasta la fuente de Jimena y prueba con la punta de la lengua la temperatura del chorro.

Jimena se estremece. Modales fuera. Sabrina se amorra y bebe del agua caliente que emana, una miel líquida, una vieira horneada, un petir four ácido de maracuyá.

A todo eso sabe Jimena. Su ternura contrasta con el exterior, duro y contraído, como un crumble de manzana. Huele a canela.

Y Jimena se eleva como un soufflé , se retuerce.

Ni la almohada puede ahogar sus jadeos. Sabrina reconoce en ellos a la adolescente del internado, tan teatrera con las institutrices, tan frágil en la cama.

En esa línea fina se ha movido siempre Jimena, daba igual el país en el que estuviera, su hogar siempre fueron sus labios.

Hoy lo sabe y cuando sube de nuevo a mirarla, cuando se ve reflejada en los ojos de Jimena, entreabiertos todavía, se ve a sí misma como nunca lo había hecho.

Esa mirada es un contrato más firme que cualquiera que pueda firmar con el Grupo Meier.

Son dos Reinas en el tablero de juego.

La brisa marina sale de la habitación, la puerta se cierra gentilmente (la noche refresca y el mar no quiere que se resfríen). Se quedan abrazadas bajo las sábanas, recuperando poco a poco la calma, la respiración, en una oscuridad de chocolate, dulce y caliente, que las acompaña hacia el sueño.