Noche 7 Navegación #6
Salen del camarote de Sabrina enganchados del brazo. La luz dorada de las lámparas del Yacht Club les broncea la piel, como si supiera que, para adoptar el rol para la cena, necesitaran teñirse de un cariz exuberante.
Jeeves les espera en un recodo del pasillo. Les sonríe y les pide que le acompañen. Los conduce hasta el salón y los deja en manos del mâitre .
—Señor Díaz, señorita Díaz —dice Jeeves mirando sólo a Sabrina—. Quería decirles que ha sido un placer atenderles durante el viaje. Espero que hayan disfrutado de su estancia aquí.
—Bueno, ha habido sus ratos.
—Se lleva un buen recuerdo —dice el butler señalando al bolso.
Sabrina lo levanta un poco y lo mira con los ojos de Jeeves. Donde ella ve una multa a pagar por venderse, él ve un recuerdo de un viaje que, para bien o para mal, no volverá a repetirse.
—Que disfruten de la cena —Jeeves se inclina ligeramente hacia adelante y se queda unos segundos parado frente a ellos antes de marcharse. Alto, cuadrado, blanco, sonriente.
—Se ha quedado como un pasmarote esperando una propina —dice Ramón camino a la mesa.
Su hija sospecha que no era propina lo que Jeeves quería, sino cederle la oportunidad de verlo por última vez, hacerle una foto mental y guardarse su recuerdo como una estampita de su ángel de la guarda en su memoria.
El comedor brilla bajo una cúpula de cristal, las paredes decoradas con motivos marinos, blancos y azules, como si el Mediterráneo entero estuviese allí dentro, contenido. Antes de sentarse en la mesa, donde Martín y Tina ya esperan, Sabrina coge aire.
Los Meier son dos figuras de cera muy logradas, aunque sin vida. No parece haber enfado ni alegría. Ni siquiera alivio por terminar ya. Ni un atisbo de ilusión por la esperada cena.
Hay dos puestos en la mesa vacíos, con su plato y sus cubiertos que delatan la ausencia de Jimena y Jacobo. Un camarero viene a retirarlos. La sola idea de que retire los dos platos le parte el alma a Sabrina, sin embargo, el camarero sólo se lleva uno.
—Jimena llegará tarde… por supuesto —dice Tina con desgana.
—Ahora que es la jefa, puede hacerlo. —suelta Martín con… ¿eso ha sido una sonrisa?
Sabrina arquea las cejas.
—¿La jefa?
—Era lo que te quería comentar antes, hija —Su padre habla mientras se coloca la servilleta sobre las rodillas—. Jimena sustituirá a su hermano en la dirección de la empresa.
—Pero eso es… imposible —susurra Sabrina.
Tina, con su sonrisa afilada, se inclina hacia ella.
—Te lo dije, Sabrina. Siempre hay un Meier en el tablero de juego.
A Sabrina comienza a picarle el pecho. Pero no es un picor de piel, es algo más profundo, como si le rascara el corazón, como si este palpitara tan rápido que pareciera estar parado.
Se lleva la mano al escote. Nota el ardor.
Tiene que llevarlo colorado, debe tener las mejillas encarnadas, la piel en llamas.Debe estar emanando un intenso calor que, por narices, tiene que estar llegando a sus compañeros de mesa.
Sin embargo los mira y no perciben nada extraño en ella.
Hablan sobre las reseñas del sitio que han leído y sobre si tienen el hambre suficiente para los 25 pases de los que se compone el servicio.
Sabrina trata de disimular. Sonríe y asiente no sabe muy bien a qué porque la vista se le ha nublado.
Jimena directora del Grupo Meier.
Definitivamente, el mundo está en crisis.
Ese fuego interno no es ansiedad; es su propio cuerpo reaccionando, de forma biológica, al mundo en descomposición que se desmorona.
La podredumbre moral de su entorno ha empezado a manifestarse en su carne.
Y entonces, entre la niebla del dolor, todo encaja con una claridad brutal.
Siempre hay una Meier en el terreno de juego.
¡Por supuesto! Cómo podía no haber caído en que Jimena, pese a todo, es una Meier y ella, Sabrina, no es más que un peón al que sacrificar en esa partida.
—Me… me disculpáis un momento —pide Sabrina.
Deja la servilleta sobre la mesa y esquiva a un camarero que les lleva el vino a la mesa. De fondo escucha las quejas de Tina por el desplante.
Sabrina esquiva a otro camarero, y a otro. Sólo ve sombras negras que debe esquivar. Hasta que una de esas sombras negras la agarra de los brazos y le impide avanzar.
—¿Estás bien?
Reconoce esa voz. Sabrina se detiene. Su corazón se detiene.
Piiiii.
Sus ojos quieren enfocar, el cerebro intenta ayudar. La figura negra empieza a perfilarse. No es una camarera. A una camarera de ese restaurante no le dejarían llevar el pelo rojo, enmarañado, caótico.
—Jimena —acierta decir.
—¿Estás bien, Sabrina? Estás ardiendo.
—Necesito aire.
Sabrina se zafa y camina buscando una salida.
Encuentra una terraza. Hay un par de críos fumando que tiran el cigarro en cuanto la ven y huyen agitados por la pillada.
Se aferra fuerte a la barandilla y respira.
El aire del mar entra de lleno en los pulmones y la temperatura de su cuerpo baja unos cuantos grados.
Demasiados grados a juzgar por la velocidad a la que se le cae el moco.
Sabrina se limpia con el dorso de la mano.
Se sorbe y se sorbe pero el moco sigue resbalando.
Un pañuelo de papel aparece delante de sus narices.
—Te vas a resfriar —le dice Jimena.
—A ver si pillo una pulmonía y me muero —suelta Sabrina sin pensar.
—Espero que no —El perfil de Jimena aparece a su lado—. Te necesito en forma para la empresa.
Sólo hay un par de balizas en la pared para iluminarlas con una luz débil, apenas suficiente para detectar cualquier matiz en sus gestos. Sabrina no sabe si Jimena es sincera, irónica o si simplemente la está vacilando.
—¿Me estás vacilando? —le pregunta mientras se limpia los últimos restos de moquita de la punta de la nariz—. ¿Podéis dejar por un segundo de jugar conmigo como si sólo fuera una piecieta de vuestro retorcido juego?
En algún lugar hay un trío de jazz. O quizá sólo es el hilo musical de un barco que no puede soportar estar en silencio, escuchando sólo las olas del mar como condena eterna.
Jimena expulsa aire por la nariz.
—Entiendo perfectamente que te sientas así. Pero no, lo digo totalmente en serio.
—¡Venga ya! Tú nunca has hablado en serio.
—Eso es verdad.
Jimena se quita la chaqueta y se la coloca a Sabrina por encima de los hombros.
Acepta el gesto caballeroso porque está jodida de frío y porque no estaría de más que, por una vez, la que se fuera a casa con una pulmonía fuera otra persona.
Especialmente, si es Jimena. O quien demonios sea esa mujer que tiene delante.
El claroscuro deja en sombra los pliegues de su piel (sí, es la comisura de sus labios, el hueco de las mejillas, la curvatura de la nariz) e ilumina los relieves de su rostro (son sus pómulos, sin duda, su barbilla, sus ojos con forma de almendra oscurecidos por la falta de luz, son también sus cejas sin depilar, hasta se aprecian algunos pelos alejados del redil), pero esa persona que tiene delante no es Jimena Meier.
—¿Quién eres? —le pregunta.
Jimena también la mira a ella como si examinara su rostro, sus pliegues, sus relieves. Un escalador que examina una montaña antes de decidir qué camino tomar para subirla.
—Esa es una muy buena pregunta —responde—. Y podría hacértela a ti también.
Auch.
Sabrina vuelve la cara para no delatarse a sí misma. Jimena le toca la mejilla y le obliga a mirarla.
—Te voy a decir quién soy —dice la boca de Jimena. Algunos dientes brillan, otros permanecen en la penumbra—. Me guste o no, soy Jimena Meier.
—Directora del Grupo Meier, por lo visto.
La manos de Jimena resbala por su rostro y cae sobre su hombro. Con el pulgar le acaricia la clavícula que un par de noches antes perfilaba con sus labios.
—Esto no lo hago por el dinero, ni por mis padres. Tampoco lo hago por salvarle el culo a Jacobo o por sentirme culpable por su huida. —murmura Jimena, con la voz más baja y sincera que Sabrina le recuerda—. Ni siquiera lo hago por ti.
—Vaya, qué chasco.
—Lo hago por mí, Sabrina —Jimena ha decidido ignorar su comentario y Sabrina le da gracias al cielo—. Sé que suena extraño… pero siento que es lo que debo hacer. Mi apellido siempre ha sido una carga. He cruzado el mundo intentando escapar de él, y no he podido.
Sabrina sonríe de medio lado.
—Lo llevas en el DNI.
—A veces no hacemos justicia a los apellidos que llevamos en el DNI. —replica Jimena, firme—. Y yo quiero hacer justicia. Quiero hacer karma con el Grupo Meier.
—Una hippie al mando de una gran corporación. —ríe Sabrina. Si se muerde la lengua ahora, se envenena, así que más vale que hable despacio y vocalizando—. Será divertido verlo.
—Puedes verlo o puedes vivirlo —Jimena la coge de las manos. Segunda vez que ignora deliberadamente su sarcasmo y Sabrina teme que no haya una tercera—. Crearlo conmigo, Sabri. Quiero que formes parte del equipo directivo.
Sabrina la mira fijamente, como si intentara descifrar si todo aquello era otra farsa para fastidiar a sus padres.
—No tienes ni idea de cómo trabajo. ¿Acaso quieres engatusarme?
Amparada por la oscuridad, Sabrina cierra los ojos fuerte, intentando devolver sus palabras a la boca.
Imposible. Las ha dicho. Y las ha dicho por algo.
Necesita creer, necesita saber que Jimena es sincera, estirar un poquito más la cuerda de su cinismo, ver si Jimena está lo suficientemente interesada como para no dejarla plantada ahí mismo e irse con sus padres a comer 25 platos a cada cual más pequeño y original y convirtiendo a Sabrina en un “lo intenté, pero no hubo manera”.
Jimena inclina la cabeza y muestra una sonrisa insolente en los labios. Lo hace en un punto exacto en el que la luz le ilumina la cara por completo, como si quisiera que Sabrina la aprecie bien cuando le dice:
—He pedido referencias en tu empresa. Incluidas las extraoficiales de tu jefa.
—¿Ah… sí? —Las piernas de Sabrina se derriten. No sabe cómo es capaz de mantenerse en pie.
—¡Sí! Y hasta le he pedido un informe de riesgos a tu amiga. Emily, ¿verdad?
—S… sí. ¿Y qué te ha dicho?