7 noches por el Mediterráneo Noche 7 Navegación #5
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Noche 7 Navegación #5

—No te ofendas. Vamos a ser amigos. Mi padre fundó un imperio.

Yo prefiero construir alianzas. Los imperios caen; las alianzas sobreviven a las guerras —dice Jimena que no sabe de dónde sale tanta verborrea.

Da un sorbo al bourbon. ¡Ah, sí, ya lo sabe!

—Sé que no eres la persona ideal con la que tejer alianzas, te he visto traicionar a media junta de accionistas, pero te conozco, y sé cómo acabar contigo en caso de que me traiciones a mí.

Ahora sí, Martín la mira con orgullo. Da un trago y el Bulleit le sabe a Blnaton’s.

A Jimena, por el contrario, le incomoda esa mirada.

Es la primera vez que la recibe y que sea precisamente cuando ha perdido parte de su esencia no es bueno.

Quiere sinceramente encontrar su esencia dentro de su apellido y que este deje de ser el vestido cosido con velcro que le escuece tanto.

Sabe que puede hacerlo. Sabe que tiene que hacerlo, pero debe hacerlo a su manera.

Da el último trago al vaso, largo, lento.

Nota el roble, la canela y la nuez moscada.

Es dulce y amargo, como una reconciliación de dos caras de la misma moneda.

Deja el vaso con un golpe seco en la barra y se seca la boca con el dorso de la mano, en un gesto exagerado, como si estuviera de un salón del oeste.

Sólo le falta escupir en el suelo, pero no quiere hacerle eso a la moqueta azul oscuro casi negro, como el mar por el que huyó su hermano a encontrarse a sí mismo. Suerte, Jacobo.

—No estoy aquí para ser parte de la historia familiar. Estoy aquí para escribir el epílogo.

Jimena se marcha con una sonrisa en la boca, entre dulce y amarga, y temblor en las piernas, mitad por el miedo, mitad por el alcohol y por los tacones finos.

SAbrINA ha alcanzado la cubierta y está la porción de suelo donde debía estar su bolita.

Quizá no era en la planta seis sino en la cinco, aunque juraría que estaba ahí, tres planta por encima de los botes salvavidas, tirando hacia la derecha.

Se asoma por la barandilla para asegurarse de que no tiene que bajar otra planta.

Todavía tiene la respiración cortada por el esfuerzo de  recorrerse el barco a pulmón, para asegurarse de que coge el papel antes que Tina o que alguno de sus secuaces (camareros, limpiadores, monitores, mayordomos…).

El viento le agita el pelo y por un momento, sólo por un momento, la calma inunda su alma.

¿Y qué?

¿Qué pasa si Tina se hace con el papel antes que ella?

Ahora ya nada importa porque nada la ata a ella. Sólo será una empleada más, un número en el Grupo Meier. ¿Que no ha podido “retener” a su hijo? Bueno, ahí la culpa es compartida y no piensa acarrear con toda ella sola.

Esta revelación con olor a mar le aligera el esternón, que vuelve a su ritmo poco a poco.

Un ojo le llora por el aire y le resbala una lágrima por la mejilla.

Es liberador. Soltar culpas, soltar responsabilidades, soltar incluso bolitas de papel con nombres y apellidos es liberador.

Después de una lágrima va otra. Esta ya no es por el aire, es por su madre.

La culpa le inunda de nuevo, le agarra por las costillas y le alza hasta quedar sostenida solo por sus puntillas.

—Lo siento, mamá, siendo si te he decepcionado por seguir a esta panda de estirados, papá incluido.

Sabrina tiene las mejillas mojadas y ya no sabe si las lágrimas que ha soltado son por el aire, por la culpa o por la liberación.

—Hay que ver lo sucia que es la gente, tirando basura al suelo.

Tina aparece por la cubierta con el papel en la mano, esta vez doblado en dos mitades.

Parece que se apiada un segundo del mar de lágrimas en el que se ha convertido Sabrina, y le desconcierta la sonrisa en la cara que tiene.

Sabrina se seca las lágrimas haciendo de su camiseta un pañuelo.

Ya le da igual hablar con Tina con la tela arrugada y llena de mocos.

Tina le devuelve la bolita a Sabrina. Guarda las distancias, no sea que se le contagie algo del sentimentalismo barato de su ex-nuera.

—¿Todo bien, querida?

—Sí —Sabrina se sorbe los mocos de manera forzada—. Se me ha metido sal en los ojos.

La mujer asiente. Necesita que Sabrina se recomponga para soltar sus lecciones perladas de cinismo a las que seguirá un gesto displicente para darle a entender a Sabrina que no hace falta que le de las gracias por su sabiduría.

Sabrina vuelve a sorberse los mocos y Tina se apoya en la barandilla con las manos entrelazadas con fuerza por los dedos enjoyados y huesudos para disimular el ataque de nervios que le provoca el sonido que sale de las fosas nasales de la joven.

—He vivido demasiado como para ver que no debes fiarte de nadie —dice creyéndose una vieja actriz de teatro—. Cualquiera puede traicionarte. ¡Hasta tu propio hijo!

Sabrina le copia la postura, dándole una tregua a sus mocos. Dos actrices de teatro mirando con intensidad el horizonte azul.

—No lo llamaría traición.

—Lo es, y él lo sabe. Por eso huyó sin dar la cara. Panda de cobardes…

Es como si Tina también se hubiera liberado de algo en su interior. Hasta se le han caído los hombros ligeramente. Luego recompone su postura.

—Yo no sé de finanzas y a juzgar por lo que hay aquí tú eres una experta en analizar riesgos —Su uña rasca el papel que Sabrina tiene apretado entre sus dedos.

No piensa dejar que salga volando otra vez.

Tina se gira y ahora la apunta a ella con la uña—.

Pero te advierto una cosa, jovencita: con los Meier no se juega.

La amenaza velada queda atrapada por un remolino de aire que se forma ente las dos. Luego, vuela.

—¿Sabes, Tina? Tienes razón, con los Meier no se juega —dice Sabrina—. Aunque, a juzgar por lo que he visto y conocido durante este viaje, parece ser que los Meier pronto se van a quedar fuera del tablero de juego.

Tina la mira con sospecha: un leve giro hacia a la derecha y hacia arriba de la barbilla, los ojos mirando de medio lado. Luego la mira con los ojos acuosos (¿también por el efecto del aire?) y sonríe con cierto orgullo.

—Siempre habrá un Meier en el tablero de juego —dice con calma. Tina baja la cabeza y se pasa un nudillo por el rabillo del ojo. Luego la yema, para asegurarse de que no se le ha corrido el rímel—. Nos vemos en la cena, querida.

LA última cena.

Tras siete noches en el crucero, que a Sabrina le han parecido siete meses, ya se dirigen a la última cena.

Siete noches de espera para poder cenar en una de las codiciadas mesas del restaurante con estrella Michelín del barco.

No se puede decir que no a eso. Aunque te cueste los últimos ahorros de que disponen, aunque sea a costa de comer frente a la estampa cariacontecida del matrimonio Meier.

La sonrisa de su padre esconde algo. A Ramón le dan igual sus ahorros.

Con lo que le queda puede pegarse la vida padre (o vivir ajeno a las crisis que vengan) en alguna siciliana junto a la guía.

Va vestido con un pantalón de traje y una camisa blanca, impoluta.

Sin corbata ni americana. Se nota que está en el tiempo de descuento y le da igual la etiqueta.

Sabrina lo mira. El hombre ha ido a buscarla a su camarote para ir juntos al restaurante, hacer piña frente a los Meier ahora que todo está roto.

—Tengo algo que contarte —le dice su padre mientras Sabrina descarga de falso lujo su outfit .

Adiós a los tacones, sandalía plana. Chao chal de pasmina que compró en un puesto de Candem a un precio tan barato que temió estar pagando por una prenda robada a un yonki desesperado.

Hasta luego, pulserita heredada de la abuela; oro puro, diseño horroroso. Hola, Birkin que lo arregla todo.

—Si es sobre los Meier o su empresa, o incluso sobre Jimena, no me interesa.

Ramón hace ademán de hablar (incluso se pone de puntillas), luego cierra la boca y a Sabrina se le hace raro que le haga caso. Es la última cena e imagina que su padre no quiere amargársela.

—¿Y pedirte disculpas puedo? —Ramón mira a su hija—. Estás guapísima.

—Claro que puedes pedirme disculpas. Pero es que te has puesto muy controlador este viaje.

Si de verdad quieres verme feliz, déjame vivir mi vida, equivocarme, elegir mi propia pareja.

¡Parece mentira que tenga que decirte esto en pleno siglo XXI!

—protesta Sabrina cuyo tono se va encendiendo conforme recuerda qué la ha lleva a siglos pasados.

El hombre se acerca a ella y la coge de las manos.

—Sí, lo siento. Perdí la perspectiva completamente. Y tienes toda la razón: tu madre me estaría abroncando ahora mismo.

—Pero una buena bronca.

—Sí —dice Ramón con nostalgia—. Por un momento olvidé su recuerdo.

—La guía de Mesina.

El hombre sonríe.

—No, no fue la guía. De hecho, Vittorina me recuerda mucho a ella —Con el pulgar le acaricia el anillo de su madre—.

En un barco es fácil perder el contacto con la realidad, ¿no crees?

Por mucho que quieran disimular con grandes escaleras, esta…

decoración ostentosa ¡y los casinos!… Al final, todo lo que te rodea es agua.

No hay escapatoria. Quizá me puse un poco… nervioso.

—Sí, estamos todos muy nerviosos —Sabrina se zafa para ponerse a recoger un poco su camarote.

Va recogiendo todas esas prendas del disfraz, como una payasa que acaba de terminar la función—.

Así que ahora nos relajamos, cenamos con los Meier por última vez y luego nos volvemos a casa, o cada uno a su casa, o tú a Messina y yo…

Pues yo ya veré, papá. No te preocupes, que te veo, de verdad.

Ya me buscaré la vida. Tengo los genes de mamá, ¿recuerdas?

—Se le amarga el gesto mientras recoge el collar feo de la abuela—.

Yo lo había olvidado y me lo han tenido que recordar a las malas.

Ramón vuelve a sonreír, esta vez de manera más abierta. Tanto que a Sabrina le da la sensación de que oculta algo tanta sonrisilla.