7 noches por el Mediterráneo Noche 7 Navegación #4
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Noche 7 Navegación #4

A la buena vida… de adulto. De niña y de adolescente, pertenecer a una familia adinerada era una mierda.

Apenas veía a sus padres y sus referentes educativos eran personas estrictas con filosofía marcial.

Aprendió rápido sobre las estrategias militares que acabaron con los nazis y las usó a su favor.

Su Blitzkrieg había funcionado demasiado bien, casi elegante en su precisión: un ataque relámpago en el crucero, un par de escaramuzas dialécticas bien lanzadas, y una propaganda bien dirigida.

No esperaba la deserción sorpresiva de su hermano.

Jimena había obtenido un triunfo inmediato, pero el mapa que ahora se desplegaba frente a ella era terreno inexplorado.

La disciplina aprendida de niña de órdenes incuestionables y jerarquías inflexibles no le servía en este nuevo escenario.

Una guerra se gana con contundencia, pero la paz se gobierna con paciencia.

Y debe reconocer, envuelta de nuevo en una nube de fresa, que ella mucha no tiene.

Quizá la batalla más difícil no es contra su familia, sino contra ese vacío posterior, contra la tentación de volver a provocar una guerra solo para sentirse viva.

Tiene que pensarse dos veces no tirar el vapeador al mar, como hubiera hecho con una colilla.

Al final, su madre va a tener razón y es una Meier hasta la médula, pero no como ella cree, cobarde y calculadora, sino por entender qué toca hacer en cada momento de la historia y qué papel debe asumir para salir victoriosa de la batalla.

De la última batalla.

Con la teatralidad que corresponde, Jimena exhala una bola de humo rosa mientras mira fijamente al infinito azul.

HASTA que el telón no baje, la función sigue.

Aun así, Sabrina hace la maleta ya. Le queda todo el día en el crucero, la cena, y el desayuno temprano al día siguiente antes de desembarcar, pero ella necesita hacerla para creerse que ya está, que esto se termina, que sólo tiene que apretar los dientes unas horas más y podrá dejar atrás toda esta pantomima: a los Meier, a Jimena y, por supuesto, también a su padre, el que le metió en este embrollo mucho años antes de comprar el pasaje del crucero.

La cabeza le da mil vueltas analizando su situación: ha subido a un crucero para prometerse con un joven heredero de una empresa.

No le apasiona esa empresa, de la que va a formar parte le guste o no, y encima agradecida porque está viniendo una crisis que sólo su padre ve; un trabajo seguro ante un mundo incierto.

Jacobo era riesgo bajo hasta que huyó del crucero con un joven tunecino (¡sorpresa!).

Ahora sólo necesita analizar sus siguientes movimientos que deben ser: (1) esquivar a la hermana de su ex prometido, que es una cobarde y no se atreve ni a mirarte; (2) a un padre decepcionado y dolido y quizá un poco también arrepentido; y (3) y a una pareja de estirados que han apostado por ella y ahora apenas la toleran porque la culpan por no haber sabido "retener" a su hijo.

—Vale, vale —dice Sabrina en alto para frenar sus pensamientos que la devoran.

Si no le habla así a su amiga Emily, tampoco debería hablarse así de mal ella misma.

Necesita hablarlo con ella, es la única que sabe cómo hacer un análisis de riestos de la situación (como los que hacen en el pub y Sabrina ignora deliberadamente para acostarse con su jefa). Parece mentira que apenas haya pasado una semana desde la última vez que la vio.

Estupendo, ahora se siente culpable por no haberle dedicado ni un pensamiento.

—¡Vale! —repite para reprenderse a sí misma.

No tiene a Emily a su lado, pero sí puede traerla de alguna manera. Coge la libreta y el boli que hay sobre el escritorio y garabatea, mitad para asegurarse de que el boli pinta, mitad para liberar tensión.

Escribe:

Situación actual:

Activos financieros y sociales:

Potencial acceso (fallido) a un conglomerado empresarial familiar.

Red de contactos de alto nivel, aunque resentida.

Relación ambigua con Jimena, que me da acceso pero no seguridad.

Pasivos / Riesgos:

Ruptura inesperada del compromiso → pérdida de legitimidad frente a los Meier.

Hostilidad latente de los Meier → erosión de mi reputación social en su círculo.

La hija cobarde no ofrece respaldo público, sólo privado → bajo valor de apalancamiento.

Liquidez emocional:

Posición vulnerable, pero con capacidad de moverme estratégicamente si priorizo mi autonomía.

Con la situación expresada sobre papel, las pulsaciones le han bajado notablemente.

—Bien. Va: análisis de riesgos.

De nuevo, con su letra de médico, va desgranando poco a poco su análisis. Casi puede oír la voz de Emily en su oído, como si le apuntara con la uña pintada de azul las palabras que tiene que escribir.

Análisis de riesgos:

Riesgo reputacional (alto): La familia puede pintarme como “la culpable” de la huida de Jacobo.

Riesgo de dependencia (alto): Si acepto en integrarme en una empresa que no me motiva, mi margen de acción será nulo.

Riesgo de oportunidad (medio): Mantener vínculos tensos con esta familia puede hacerme perder mejores alianzas en otros círculos. ¿Vicuña?

Riesgo emocional (medio-alto): Relación con Jimena = activo tóxico disfrazado de pasión.

Lee esta última frase en alto.

—Activo tóxico disfrazado de pasión.

Lo tacha. Pasa el boli varias veces hasta que no queda ninguna letra al descubierto y entonces sigue pasando el boli hasta que se rompe el papel.

¿Cómo ha podido pasar? Arrancha la hoja con rabia.

Era lo que tenía que pasar. Hace una bola.

Toda su vida ha sido diseñada para que pasara, para que perdiera la capacidad de amar, para tratar a las personas como activos y pasivos, a juzgarlas por lo que ofrecen en el corto, el medio y el largo plazo.

Sabrina se levanta de la silla y se dirige a la terraza.

Abre la puerta y una bofetada de olor a mar, a pescado, a alga le pega en la cara.

Lo poco que quedara de su madre en ella (su autenticidad, su libertad, su austeridad) ha sido sepultado tras años de educación clasista y entornos especulativos.

Ya sabían lo que hacían los Meier cuando le financiaron la educación.

Y lo único que necesita para salvarse, la única cosa que necesita para saber que todavía puede ser una persona decente, amable, cariñosa y leal, más allá de los intereses económicos y familiares, es que Jimena, la mujer que no hace más que huir por el mundo y eludir sus responsabilidades, se quede con ella y asuma sus responsabilidades. Especialmente, las afectivas.

—Pues estoy jodida —dice Sabrina y acto seguido, lanza la bola de papel al mar. Una ráfaga de aire la eleva y la trae de nuevo al barco, donde cae a plomo en la cubierta de una de las muchas plantas del crucero—. Muy jodida.

Sabrina tiene la mirada clavada en lo que ella cree que es la bola de papel en la cubierta ¿cinco? ¿seis? Cuenta las plantas entre su terraza y la cubierta y en su conteo se topa con una cara conocida: Tina Meier ha visto caer el papelito y ahora la mira a ella.

El terror de Sabrina es la curiosidad de Tina y ambas meten el cuerpo en el camarote para iniciar la carrera hacia la bolita.

PESE a la distancia que la separa de ellos, Jimena puede ver cómo su padre se hace cada vez más pequeño frente a Vicuña.

Y cuanto más se acerca, cuanto más recorta esa distancia entre la escalera de acceso y la barra de cócteles, cuanto más cerca suenan sus pasos amortiguados por la moqueta azul marino casi negro, como el mar de noche por el que escapó su hijo, más se empequeñece el cuerpo de Martín amarrado a su vaso de bourbon como si fuera un salvavidas.

Seguro que no es un Blanton’s. No le sale nada bien al viejo de Meier en este crucero.

—Buenas —saluda Jimena. Coge el vaso de su padre y lo huele—. Bulleit.

Su padre la mira resignado.

—Otro para mí, por favor.

—¿A qué se debe tu compañía? —pregunta Vicuña—. No es que no la agradezca, que conste.

El hombre tiene la expresión opuesta a la de su padre: tiene el pecho elevado, las mejillas sonrosadas y una sonrisa triunfal que dan ganas de quitarle de un puñetazo.

Jimena aprieta los dedos en un puño. Nota la mirada de su padre.

La observa de arriba abajo, desde el pelo peinado en perfectas ondas hasta los zapatos de tacón fino, pasando por un traje de dos piezas negro, arreglado pero informal, sobre una camisa también negra que se abre peligrosamente por el pecho.

Una ejecutiva salvaje. O una ejecutiva de luto. ¿Por quién doblan las campanas?

Es sabedora de la desconfianza que genera en el gente por su comportamiento aleatorio. De alguna manera, también genera cierto respeto. El truco está en que ni ella sabe lo que va a hacer, lo que piensa, lo que tiene que decir.

No lo sabía, hasta ahora cuando, curiosamente, su comportamiento va a ser de lo más impensable. Y eso que ella se lo ha pensado mucho.

El camarero coloca el vaso de Jimena entre el de su padre y el de su socio.

—¿Brindamos? —dice.

—¿Por qué? —pregunta Vicuña sorprendido que, por puro reflejo, ha levantado la copa.

—Por el buen rumbo del Grupo Meier —responde Jimena con media sonrisa.

Le choca el vaso a Vicuña y bebe un trago largo y lento.

El fuego le baja por la garganta y le insufla el valor que necesita—.

Yo ocuparé el lugar de mi hermano en la Junta.

Creo que a él no le va a importar —dice mirando a su padre.

Martín sigue confuso—. Pero vamos a hacer las cosas de manera diferente.

La revelación ha pillado a los dos hombres por sorpresa. El pecho de Vicuña se ha desinflado y sus colmillos ya no parecen tan afilados.

—Esto… claro… Si quieres resultados diferentes, no hagas lo mismo —consigue decir.

—Jimena, tú no puedes…

—Claro que puedo, papá —lo interrumpe—. Tengo tanto derecho como Jacobo. Más, diría yo, dado que soy la primogénita.

—Sí, claro, perdón. Quería decir que tú no quieres… Nunca has querido…

—Las cosas cambian. Las personas cambian. Salvo Vicuña, que siempre será un conspirador.

—¡Oye!