7 noches por el Mediterráneo Noche 7 Navegación #3
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Noche 7 Navegación #3

Ahora sí, su madre se marcha con el mismo paso militar y deja a Jimena en el pasillo sola. La gente empieza a salir de sus camarotes y la esquivan sin apenas reparar en ella, demasiado centrados en conseguir la mejor hamaca de la piscina.

CON la gorra de Jacobo calada hasta las cejas (se llevó el Fedora porque, imagina Sabrina, uno no puede irse de aventuras por ahí sin un sombrero de ala ancha) y un pareo puesto por encima del bikini, Sabrina está tumbada en una de las cotizadas hamacas de la piscina principal.

La aglomeración le asegura tener al matrimonio Meier alejado.

Si Jimena quiere verla, si de verdad Jimena tiene el valor y el deseo de volver a verla, tendrá que jugar a buscar a Wally por el crucero.

La ha dejado sola. Ha elegido bando y se ha ido tras su madre.

Le jode tener razón, pero le alivia haberse dado cuenta a tiempo: Jimena es una Meier más.

El virus de la familia cala hasta a sus más acérrimos enemigos, hasta a sus víctimas predilectas.

No puedes combatirlos si no te comportas como uno de ellos.

Conoce al enemigo hasta olvidarte de ti misma.

Obsesiónate con acabar con él… hasta que te transfigures en él.

Para combatir un virus hay que inoculárselo y Jimena se ha pasado de dosis.

La piscina es un cuadro barroco. Decenas de figuras se retuercen en el agua.

Hay gente que ríe, que grita, que llora.

Hay peleas por hamacas, italianos contra españoles, camareros con el polo del crucero que se mueven por el escenario como si no fuera con ellos.

No hay silencio, ni visual ni sonoro, puesto que una lista de éxitos internacionales tinta el fondo hasta convertirlo en una mancha deforme y colorida.

Suena Raffaella Carrà y la pelea se convierte en un baile.

Lo que ha unido la Carrà que no lo separe un “quita esa toalla de aquí”.

De alguna manera, a Sabrina le da paz ver rostros desconocidos allí donde sus ojos se detienen.

Juega a adivinar las nacionalidades, a aventurarse con las relaciones de las personas, a inventarse pequeñas biografías.

Jeeves le trae un mojito. La gente le mira raro, como si fuera una famosa que no quiere ser reconocida.

Tras un par de horas al sol le pica el pecho.

Se toca. Se ha echado toda la crema solar que le quedaba en el bote.

Le costó 50 libras pero, total, ya no importa nada.

Tiene que bajar del crucero más ligera de lo que subió.

Sin embargo, el pecho no está caliente, no parece quemado.

Se rasca y sigue picando, cada vez de manera más intensa.

Una cara conocida le da la explicación. Su padre se acerca rascándose también el pecho con los dedos metidos entre los botones de la camisa.

—Aquí estabas —dice.

El picor de ambos se apacigua. Ramón le ha contado mil veces a Sabrina que nació muy baja de peso y usaron el método canguro para que el calor humano le aportara calorías.

Su padre está plantado frente a ella con los brazos en jarra. Le tapa el sol.

—Te he buscado por todo el barco.

—Pues ya me has encontrado —responde Sabrina. Luego le pide que se haga a un lado. El hombre obedece y es entonces la señora de la hamaca de al lado la que se queja en francés.

—¿Puedes…?

Hay un señor al acecho, con su toalla lista para abalanzarse sobre el sitio de Sabrina en cuanto esta lo deje libre.

—Si puedo qué —pregunta Sabrina que se hace de rogar.

—¿Podemos ir a otro lado, más tranquilo?

A la sombra de la visera, sus ojos se tornan blancos. Sabrina coge las puntas del pareo y se levanta de la hamaca. El hombre se tira en plancha sobre ella.

Padre e hija esquivan objetos, personas y naturalezas muertas hasta salir del cuadro barroco.

—Vengo de hablar con Martín —comienza Ramón.

Es de lo último que Sabrina querría hablar, pero calla. Da vueltas a su mojito que ya sólo es azúcar, agua y hierbabuena. Levanta el vaso y Jeeves va a la barra a por otro mojito. Dios, cómo va a echar de menos a Jeeves.

—¿Cuántos llevas? —le pregunta su padre.

Sabrina le mira con una ceja levantada, cuestionando que la cuestione. Ramón levanta las palmas en son de paz.

—Gracias, Jeeves —dice Sabrina, y acto seguido da un buen sorbo al cóctel.

—Como te decía, vengo de hablar con Martín. No ha sido fácil. Está muy enfadado, muy decepcionado.

El rostro de Ramón es duro, como si Sabrina fuera culpable de la huida de Jacobo.

¡Por supuesto que ha sido culpa suya! You had one job, Sabrina.

Eso es lo que piensa su padre. Por eso ha dicho que Martín está muy decepcionado, a secas, y no muy decepcionado con Jacobo.

Al fin y al cabo, Jacobo es su hijo y Sabrina es sólo la hija del chófer.

Ante el mutismo de su hija, Ramón continúa.

—Tras una intensa charla —Ramón mueve los dedos y deja en el aire a qué se refiere con “intensa”—, me ha asegurado de que tendrás un puesto en el Grupo Meier.

Obviamente, no en el comité de dirección, pero sí un mando intermedio.

Y un buen sueldo. Está bien, ¿no? —El hombre sonríe victorioso, pero se le bajan las comisuras de labios y ojos cuando ve el ceño fruncido de su hija.

—¿Tú no hacías todo esto porque querías que yo fuera feliz?

—Claro —responde Ramón confuso.

—¿Me ves feliz ahora?

Sabrina da un nuevo sorbo a su mojito, como si quisiera enfatizar su miserable vida, compuesta y sin novio, dándose a la bebida. Va a levantar la mano para pedir otra ronda a Jeeves cuando Ramón se la coge.

—Sabrina, compórtate.

—¿O qué?

—¿Cómo que “¿o qué?”? ¿Desde cuándo te hemos criado bajo amenazas de castigo?

—Papá, por favor, que en cuanto se murió mamá me mandaste a un internado. No se puede decir que me hayas criado…

Sabrina cierra los ojos como esperando un tortazo inminente.

Se lo merecería, y a juzgar por el carmesí que le sube a su padre por el cuello, él también lo cree así.

No sabe si le salva estar en un sitio público o que Ramón acepta que su hija tiene parte de razón, pero el tortazo no llega y Sabrina abre los ojos despacio.

—He hecho lo que he podido para que tu madre se sintiera orgullosa —dice—. No sé si tú puedes decir lo mismo.

Un nuevo trago de mojito. Largo, profundo.

Una hoja de hierbabuena obstaculiza el paso de líquido por la pajita y cuando llega a la boca de Sabrina lo hace en forma de misil y se le clava a la garganta.

Tose. Gana tiempo. Da otro trago de mojito, esta vez sin pajita, para pasar la hojita de las narices.

—¿Tú crees que mamá estaría orgullosa? —pregunta y antes de que su padre responda, continúa—: ¿Tú crees que la mujer que te advertía sobre los peligros de acercarte tanto a los Meier, la que te llevaba de rutas senderistas para alejarte del trabajo, la que decía, y cito textualmente, “esa Tina es una harpía”…

? ¿Te acuerdas que lo hacía con una canción?

¿Cómo era? “Esa Tina, es una harpía, ya no compra pan en la tienda…”

—“…ahora pide champán todo el día” —concluye su padre de malhumor.

—Eso es, “ahora pide champán todo el día”. ¿Tú crees que mamá estaría orgullosa de lo que hemos hecho? —Sabrina se pone en pie. Deja el cóctel a medias sobre la mesa y mira a su padre con gravedad—. Porque yo creo que no.

Vuelve a calarse la gorra y se marcha en busca de otra hamaca.

EN un viaje por Chile, Jimena conoció una vez a una directora de cine.

Había sido premiada por algún cortometraje y, en el momento en el que la conoció, se preparaba para grabar su primer largo documental sobre la dictadura de Pinochet.

Esta mujer, además de contarle las dificultades de financiación para producir su idea, le dijo que una de las cosas más difíciles que le resultaba de captar en pantalla era el mar.

Como una autora romántica, quería usar el mar para transmitir los sentimientos de sus personajes, pero cuando se ponía a ello, nunca concretaba nada.

Creía la directora que le resultaba tan difícil definir ese mar-sentimiento porque el océano, para ella, estaba atravesado por imágenes heredadas: era anchura y promesa, como había aprendido de Neruda, pero también desgarro y violencia, tras conocerse los vuelos de la muerte.

Ella, como Jimena, había caído en el lado vencedor de la dictadura y también quería desprenderse de su apellido.

Ahora que la mayor de los Meier está ante la vastedad del mar, sólo agua por todos lados, sin plan de pisar tierra hasta el día siguiente, este sólo le provoca un sentimiento: una irremediable ansia por tirarse y huir en él, con él.

Vino para enseñar a su hermano a vivir su vida y el alumno ha superado a la maestra.

Tiene un pie en la barandilla y se balancea de manera negligente.

Vapea y el vapor sale de su boca como si fuera un tren saliendo de Manchester.

Cuando exhala se ve envuelta unos segundos en una nube de olor a fresa, lo que tarda el barco en moverse.

Parece que está estático, pero va a más velocidad de la que se siente.

O quizá ya se ha acostumbrado a vivir en un crucero.

Es fácil acostumbrarse a la buena vida, así que se puede imaginar que Sabrina la odie cuando lo ha echado todo a perder.