Noche 7 Navegación #2
Jimena entorna los ojos. El dramatismo de su madre siempre la lleva a tiempos peores. El mayordomo obedece. La llave maestra acciona el mecanismo y, al bajar el pomo, la puerta cede con el suspiro metálico de las bisagras.
El camarote está vacío. Demasiado vacío.
Jimena lo inspecciona por encima, y no tarda en olerse algo extraño. Sabe perfectamente dónde debe buscar lo que no encuentra: la cartera no está, falta ropa de calle, el pasaporte ha desaparecido. La terraza permanece cerrada por dentro, negando cualquier salida al mar.
—¡Inadmisible! —exclama Tina. No ha educado a su hijo para ser un impuntual. Pero enseguida el color se le altera en el rostro, el gesto se le abre en un pánico desbordado—. ¿Y si lo han secuestrado? ¿Y si…?
Jimena se acerca a la mesa, revisa con calma. El desorden no ha sido provocado por un acto violento: no hay señales de forcejeo ni de pelea. Hay, en cambio, huellas de elección: lo que falta es lo imprescindible. Una huida ordenada, meticulosa, hecha en la calma de la noche.
—No lo han secuestrado —dice con una tranquilidad que irrita a su madre.
Tina la fulmina con la mirada. Respira rápido con la mano en el pecho, como si no supiera si gritar o llorar.
—¿Y tú cómo demonios lo sabes?
Jimena alza la vista. Sus ojos aún tienen el brillo mate de quien ha despertado hace poco, pero su voz se sostiene firme, casi insolente.
—Sé reconocer una huida en cuanto la veo —responde—. Tengo experiencia.
Y, aunque se lo calla, también tiene una ligera sospecha de quién le ha ayudado en su fuga.
—Una fuga. Menuda tontería. Tienes la cabeza llena de pájaros, Jimena. A ver si te piensas que todo el mundo es como tú.
Tina da media vuelta y sale disparada del camarote. Jimena la sigue porque sabe exactamente cuál es su siguiente destino.
EL barco la mece como una cuna. Sabrina duda de si ha dormido algo. Desde luego, su cabeza no ha parado de imaginarse posibles escenarios para el día de hoy. Y en ninguno sale bien parada.
Escenario nº 1: Jacobo le trae el desayuno y una disculpa. Le dice que fue un estúpido y que lo mejor es que sigan adelante con el matrimonio, intentando ser felices dentro de la conveniencia.
Escenario nº 2: Jacobo anula el compromiso y se queda compuesta y sin vida de rica. Una crisis económica llega y ella está justo detrás del corte en el que la gente se convierte en pobre.
Escenario nº 3: Jacobo no sólo anula el compromiso sino que se chiva a sus padres de que ella y Jimena han tenido un lío durante el viaje y entonces no sólo la repudian los Meier (“con lo que hemos hecho por ti”) sino que también la deshereda su padre (“has deshonrado la memoria de tu madre”).
Los escenarios aumentaban su paroxismo alimentados por las horas de insomnio. En uno de ellos, termina liándose con Jeeves y se convierte en actriz del grupo de teatro de abordo para vivir el resto de sus días en el crucero. En el último, Sabrina se cae al mar y la despedaza un tiburón.
Una vez sobrepasado el susto y su corazón ha retomado sus pulsaciones normales, levanta las sábanas para asegurarse de que mantiene intacta la mitad inferior de su cuerpo.
Alguien llama a su puerta. Primero se exalta; no espera la visita de más fantasmas. Luego cae en que hace un rato ha solicitado el servicio de habitaciones. Jeeves pasa con su sonrisa inmaculada y un carrito con su desayuno inglés.
—Desayunaré dentro —dice Sabrina cuando ve que el mayordomo se dirige a la terraza.
—¿Otra vez necesita esconderse, señorita Díaz?
Sabrina se levanta de la cama y se sienta en el sillón.
—Más o menos.
Jeeves se inclina y coge un sobre de un estante inferior del carrito.
—Esto es para usted.
El sobre tiene su nombre escrito con letra redonda e infantil. Sabrina ni siquiera lo coge. Le pide al mayordomo que lo deje sobre la mesa. Jeeves obedece y en su camino se tropieza con el Birkin.
—¿Quiere que me lo lleve y lo devuelva por usted?
El Birkin… Ese bolso, el modelo más barato que pudo encontrar en la tienda, se ha convertido en un tótem para ella: se lo compró para aparentar una vida que iba a tener, y ahora que esta pende de un hilo, no deja de ser un recordatorio (precioso y escandalosamente fuera de su presupuesto) de que ha estado dispuesta a venderse.
Llevarlo al hombro, lejos de ser algo de lo que presumir, es un yugo, un castigo que debe pagar por su falta de autenticidad.
Lo sopesa unos segundos.
—No, el bolso se queda conmigo.
Cualquier excusa es buena para comprarse un Birkin.
Jeeves asiente y se marcha con sigilo. Apenas se cierra la puerta, Sabrina se lanza sobre el sobre.
Mi querida Sabrina,
No sé ni por dónde empezar a disculparme. Anoche no fui yo. Creo que no he sido yo en todo el viaje, pero no debería pagarlo contigo, que me has escuchado, acompañado y comprendido. Quizá porque tú tampoco eras tú y por eso me entendías.
Viene Yasinne a buscarme con su lancha, ahora que aún no hemos llegado a alta mar. Guárdame el secreto, por favor. Llamaré a mis padres cuando pueda hacerlo.
Te deseo toda la felicidad del mundo, de verdad. No sé si Jimena te la dará, sinceramente. Pero desde luego que no te aburrirás con ella.
Con todo mi cariño,
Jacobo.
Este escenario sí que no lo había contemplado.
¿CÓMO llamar a una puerta para advertir de que al abrirla Sabrina se va a encontrar con la furia contenida de su ya-no-tan-futura-suegra? Jimena no quiere hacerlo ni demasiado fuerte y alarmista ni demasiado flojo como para que Sabrina se confíe y la onda expansiva le explote en la cara.
Mira a su madre de reojo. Está impaciente.
La última vez que la vio así fue cuando la tenía encima de su cogote, con un dedo taladrándole el hombro, mientras Jimena tenía abiertas la misma ventana de compra de entradas para Pavarotti en tres navegadores diferentes.
Sabía que, de no conseguir las entradas, la culpable iba a ser ella y sólo ella por no haber abierto una cuarta ventana para tener más opciones o por no haber sido lo suficientemente rápida con el dedo sobre el ratón o por tener puesta la radio mientras trataban de comprar entradas y eso le había despistado.
Por nada del mundo quiere que Sabrina experimente esa tensión, esa espada de Damocles pendiente sobre su cabeza, el silencio seco que viene tras un error, la mirada esquiva tras las gafas de sol, el no responder siquiera a un “hola” durante días.
Usa todos los nudillos y golpea suave pero firme la madera.
Tras unos segundos, entre los cuales Tina le pide a Jimena que vuelva a llamar, Sabrina abre, y antes de entender qué hacen Tina y ella bajo el quicio, la matriarca ya se ha metido hasta el fondo de su habitación.
—¿Dónde está Jacobo?
Sus ojos miran hacia la mesa donde Sabrina ha desayunado. Sólo un servicio. ¿Eso son alubias blancas? Su cama está deshecha pero no tan deshecha como para delatar una noche de amor.
—Aquí no está.
—¡Eso ya lo veo! —brama Tina.
Se acerca hecha un basilisco hasta ella y Jimena se interpone.
—Mamá, ella no tiene la culpa… —empieza a decir Jimena.
Ella, en su recorrido por la habitación, sí ha advertido el sobre encima de la cama, camuflado por las sábanas blancas.
También ha notado la postura de niña buena de Sabrina, acorralada contra la pared con las manos a la espalda, para ocultar, seguramente, la nota que contenía el sobre.
Al menos Jacobo ha tenido la decencia de despedirse de ella.
—Por supuesto que no es culpa suya —dice Tina. El dedo enjoyado de su madre apunta directamente a su entrecejo—. Todo esto es culpa tuya—. Tina se va a marchar, pero antes quiere hundir del todo a Jimena—. Estarás contenta: por fin lo has conseguido.
Las palabras salen expelidas con todo su rencor.
Jimena las encaja en su conciencia como puede: si ha conseguido lo que quería, ¿por qué no se siente bien?
¿Por qué siente que ha obrado mal? Ha conseguido que su hermano sea él mismo, o por lo menos que salga a descubrirlo.
¡Bien! Pero por otro lado le ha arrebatado a Sabrina un futuro asegurado. ¡Mal!
Como si fuera el perro del hortelano, ni ha comido ni ha dejado comer.
El arrepentimiento no le permite ni mirar a Sabrina, que sigue apoyada en la pared, aturdida todavía por la presencia iracunda de Tina.
—Lo… lo siento —acierta a decir antes de salir tras su madre.
—No pasa nada —escucha que susurra Sabrina.
Por el pasillo, Jimena escucha las pisadas de su madre sobre la moqueta, y las sigue como miguitas de pan. Pasos cortos y furiosos.
—Mamá, mamá, para un momento, por favor —le pide cuando la alcanza. Su mano se alarga pero su madre es más ágil y la esquiva—. Mamá, por favor.
Por fin, Tina se detiene, pero lejos de mostrarse dispuesta a escuchar, sigue escupiendo sus dardos cargados de veneno.
—¿Sabes, Jimena? —le dice en mitad de un pasillo cualquiera, con las paredes ahogando sus cuerpos—.
Tú te crees mejor que nosotros. Te crees que puedes aparecer en Navidades o en las vacaciones de verano para restregarnos lo libre de ataduras que eres, para restregarnos cómo desperdicias todo tu talento, todo el dinero que hemos invertido en tu educación o el dinero que ganas por los dividendos.
Pero, ¿sabes qué? —insiste, el dedo de nuevo apuntando a su entrecejo—.
Que eres igual de cobarde que tu hermano, y eres igual de cobarde que tu padre, incapaz de frenarle los pies al Vicuña de los cojones por no saber dirigir la empresa en estos tiempos que no entiende.
Jimena no sabe lo que le sorprende más: si admitir frente a ella que su padre no sabe dirigir la empresa o su lenguaje soez.
—Sí, te crees mejor, pero eres igual de cobarde que ellos —Ahora Tina dirige el dedo hacia el centro de su pecho.
Jimena nota cómo la uña atraviesa la tela y penetra ligeramente en su piel—.
¿Esto que sientes ahora mismo? ¿Este sentimiento de vacío, de creer que has obrado bien pero sentirte mal? Eso —dice—, eso es ser una Meier.