7 noches por el Mediterráneo Noche 7 Navegación
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Noche 7 Navegación

SABEN lo que tienen que hacer, lo han hecho antes.

Quizá por eso, se toman su tiempo. Antes de emprenderse con la consumación, han pedido a Jeeves que prepare algo ligero para comer, una recena que les ayude a bajar revoluciones, que no resulte sosa, pero que tampoco fuera demasiado estimulante, que no dijera “quiero dormir”, pero tampoco “quiero hacer el amor”, simplemente: “quiero estar sentada en la terraza viendo las estrellas mientras el crucero zarpa al siguiente destino”.

Jeeves ha cumplido el reto con creces y les ha apañado unos canapés de pepino con toque de eneldo, unos rollitos de lechuga rellenos de queso de cabra y nueces, un par de brochetas diminutas de melón con jamón y, como golpe maestro, unas tostadas de pan brioche con un hilo de miel y queso fresco, todo lo bastante sabroso como para no parecer dieta de hospital y lo bastante suave como para no invitar al bostezo.

De hecho, Jacobo ya se ha comido su canapé de pepino, las dos brochetas (con permiso de Sabrina) y ahora da cuenta del brioche.

Sabrina lo ve engullir y disfrutar de la comida como un niño pequeño.

—Perdona —Jacobo se lleva el dorso de la mano a los labios para limpiarse—. Es que tenía mucha hambre.

—Conmigo no tienes que disimular.

Jacobo baja la mirada. Arrastra su mano por la mesa y coge los dedos de Sabrina justo cuando ella iba a coger su canapé.

—Gracias, Sabrina.

Sabrina le acaricia los nudillos. Evita mirarle a los ojos porque Jacobo está muy vulnerable. Necesita este espacio de seguridad y ella es la única que se lo puede dar. Se inclina hacia Jacobo. La luz de la terraza es dura y le marca todas las sombras.

—Jacobo, no te martirices por tu sexualidad.

El joven se crispa. Se separa de Sabrina. La alusión tan directa le ha penetrado en el cuerpo como una anguila. Tarda unos segundos en domarla y poder contestar.

—No es mi sexualidad lo que me martiriza, Sabri. Es no saber si voy a poder explorarla. Y no quiero serte infiel.

Sabrina se echa hacia atrás en la silla.

—Una cosa es ser infiel y otra desleal.

Jacobo la mira confuso. Luego comprende.

—Esto —dice Sabrina señalándose a los dos— es un engaño para los demás, pero debe ser sincero para nosotros. Nuestra relación, nuestras reglas. Al final, sólo somos dos jóvenes bailando salsa mientras suena un foxtrot.

Ríen. Una corriente de brisa marina entra por la terraza. Es el barco en movimiento que deja Túnez atrás. El siguiente destino ya será Barcelona, final de trayecto.

—Bueno, sí, es un engaño, pero yo me juego demasiado. Tiene que salir bien. Y estoy renunciando a muchas cosas.

En el tono de Jacobo, Sabrina nota el cansancio, años de jugar al escondite le han llevado a un resentimiento que no es capaz de esconder.

Sabrina lo observa. Sus pupilas parecen carbones húmedos, brillan pero no calientan.

Sabe que detrás de esa mirada hay miedo disfrazado de falsa seguridad en sí mismo.

Y lo sabe porque su mandíbula tiembla apenas, porque sus dedos se crispan contra la mesa como si no pudiera aferrarse a nada más que a esa idea de control.

Jacobo se lleva un rollito a la boca para alimentar a la anguila.

—No eres el único que está haciendo renuncias, ¿vale? —le dice Sabrina. Ella también está cansada de tener que estar agradecida así que mejor poner las reglas claras antes de empezar el juego.

—Tú sales ganando —dice con medio rollito todavía en la boca. Se lo traga—. Entras en una familia rica, en una empresa poderosa. Lo tienes fácil.

Sabrina repite mentalmente la palabra “fácil”. La paladea y la siente como arenilla en la boca. Fácil sería dejar de respirar, no mantener cada día este teatro de porcelana. Fácil sería ser invisible. Lo que él llama fácil es en realidad una prisión con paredes doradas.

—Me acosté con Jimena —suelta Sabrina. Mejor fuera que dentro.

Jacobo le clava la mirada. Su lengua todavía juega en el interior de su boca y por un momento es eso lo único que se oye. Su gesto se tensa, su respiración se acelera apenas perceptible.

—Lo sé —dice—. Lo del internado me lo contó Jimena una vez.

—Oh.

A Sabrina se le queda la boca en forma de o. Una cosa era que lo supiera su padre. Otra muy distinta que lo supiera su prometido. ¿Habrá algún momento en que ella pueda manejar la información sobre su vida como ella quiere?

Reflexiona por un momento qué le conviene hacer ahora, si dejarlo ahí o confesarle que en realidad hablaba de un tiempo menos pretérito del que piensa.

El corazón de Sabrina late en todas partes: en la boca, en la garganta, en la piel.

Es una batucada de tambores descontrolados.

Se pone en pie. Se pone en pie con el pretexto de lavarse las manos.

Camina de un lado a otro del camarote mientras Jacobo le dice no sé qué de que todo está olvidado, de que eran cosas de crías, de que Jimena volverá a marcharse porque así es Jimena, y ellos seguirán con su vida.

Seguir su vida. ¡¿Qué vida?! Una performance infinita.

—Escucha, Jacobo —Sabrina se lleva la mano al pecho, luego a la garganta. Las palabras le brotan pero tiene que medirlas para no herir a su prometido—. Me acosté con Jimena… en algún punto del mar Mediterráneo, entre Mesina y Túnez.

Jacobo hace cálculos. Una línea le atraviesa las cejas. ¿El internado no estaba en Suiza?

—Hace apenas unas horas. En este mismo barco —le ayuda Sabrina.

El joven parpadea rápido.

—Vale, vale. Echaste un polvo con mi hermana. Ajam —Sigue procesando la información, no sabe cómo encajarla.

—Y muy probablemente esté enamorada de ella. Siempre lo he estado, en realidad, por mucho que lo niegue.

El cuerpo de Sabrina está en el camarote pero mentalmente se está lanzando al mar. De cabeza y sin flotador. Alguien irá a rescatarla, ¿verdad?

Parece que el alma de Jacobo tampoco esté en su cuerpo. Sus ojos se han vaciado, nada sostiene su sonrisa. Sigue sentado en la butaca, las rodillas excesivamente separadas. Sus manos alargadas y delicadas descansan en ambas rótulas; es un rey sentado en su trono.

Exhala a disgusto, como si le molestara respirar el mismo aire que Sabrina.

—Pues empezamos bien.

—¿A qué te refieres?

—A que me has sido infiel.

—Técnicamente, no te he sido infiel porque no nos habíamos besado aún —se defiende Sabrina intentando, sin éxito, relajar el ambiente—. Es lo que te decía antes de que no es lo mismo ser infiel que desleal. Te lo cuento porque no quiero ser desleal contigo.

No sabe porqué pero Sabrina hubiera preferido un grito, un rugido, un ponerse en pie y mostrar enfado. En cambio, Jacobo muestra decepción, tanta que le impide levantarse del asiento.

Se escucha un chasquido en algún punto del camarote. Una madera que cruje, unas cuerdas que corren con esfuerzo, un engranaje mal engrasado. Sabrina desea que el barco se rompa y se hundan todos con él.

Ahora sí, Jacobo se pone en pie. En dos pasos se planta delante de Sabrina. No es una amenaza física, más bien una sombra de decepción.

Y con esa sombra se tiene que casar.

Se podría haber mordido la lengua. Haberse callado y no haberle dicho nada. Continuar la farsa y esperar las reuniones de Navidad para sus escarceos con Jimena.

Pero no, ha tenido que soltarlo. Y sólo se lo explica si realmente quiere ver el barco hundirse, con su padre incluido.

Jacobo de nuevo exhala a disgusto. Pone los brazos en jarra, apenas mira a Sabrina.

—Tengo mucho que pensar ahora —dice y se frota la frente, como si efectivamente los pensamientos se le agolpasen y le martillearan—. Tengo que pensar qué hago ahora.

Sin embargo, en ese “tengo que pensar qué hago ahora”, así, en pronombre personal del singular egoísta y estrecho, sólo cabe una opción: se lo va a contar a su madre, porque ha vuelto el  Jacobo que no mueve un dedo sin el consentimiento de sus progenitores.

El pequeño de los Meier la esquiva y sale del camarote cerrando la puerta de manera delicada.

Un par de horas antes, Sabrina le ha dicho que volverán a Túnez, por petición expresa de Jacobo. Ahora se da cuenta de que da igual lo sinceros que sean el uno con el otro, las reglas que se pongan para llevar una buena relación; ella seguirá siendo una mujer y Jacobo un hombre con dinero y poder.

Se queda sola mirando a la puerta. Repara en ese instante en las molduras de porespán pintado de azul sobre el estampado de tonos beige del papel de las paredes, en la pátina dorada de los pomos, en el falso mármol del lavabo, y se pregunta si en ese crucero lleno de brillos y plástico alguien actúa de manera sincera.

UNOS golpes despiertan a Jimena. Sobre la mesilla, un vaso con el azúcar del alcohol pegado al cristal. Se pone un kimono jamonés que está a los pies de la cama. Los golpes no son en su puerta, pero sí los siente muy cerca. Se mira en un espejo antes de salir y se horroriza con su aspecto.

Al salir de su camarote, se encuentra a su madre roja, golpeando la puerta del camarote de al lado, el de su hermano. A su lado, como una sombra vestido de blanco impecable, está el mayordomo. Sostiene las manos cruzadas a la espalda, rígido, como si quisiera borrarse de la escena.

—¿Qué pasa? —pregunta Jimena, aún con la voz áspera del despertar.

Tina gira el rostro. Su expresión es un látigo.

—Tu hermano debía estar con Vicuña y tu padre hace media hora. La reunión no puede esperar. ¡Y él sigue durmiendo!

La mano de Tina golpea otra vez la puerta. El sonido resuena en el pasillo como un disparo hueco.

—Tu padre se está subiendo por las paredes —dice la madre entre temerosa y amenazante.

Luego se vuelve hacia el butler :

—Ábrala.

El mayordomo duda. Mira la cerradura, luego a la señora, luego al suelo. Jimena percibe en su rostro un destello de miedo.

—¡Abre de una vez! —le grita Tina, y la desesperación se cuela en su voz como una grieta—. Mi hijo podría estar muerto. O peor: podría estar a punto de morir y si no abres serías responsable último de su muerte.