7 noches por el Mediterráneo Noche 6 La Goulette #9
79%

Noche 6 La Goulette #9

Con el trote, tiene el pelo revuelto. Ya tiene el aspecto que quería desde el principio: sin corbata, con la camisa abierta y el peinado descuidado.

—¿Has visto la cara de mi padre? —le pregunta mientras bailan ¿un swing?

Sabrina ríe. Está totalmente dentro y fuera de la pista.

La música le llega como un eco y aún así es capaz de seguir el ritmo.

Ha bebido más alcohol del que debía. Cuanto más le miraba su padre, más vino pedía.

¿O ha sido al revés? No hay tiempo para pensar.

El ritmo cambia a ¿una polca? Oh, dios. Los pies se mueven solos aunque no por ello baila bien.

Ella sólo baila salsa y adapta los pasos que se sabe al ritmo que propone la orquesta.

Jacobo simplemente mueve los pies de un lado a otro y vuelta al mismo lado.

Ahora la música se relaja y suena un vals. Esta orquesta debería actualizarse. Jacobo apoya la cabeza en su hombro como un niño pequeño agotado en una boda.

—Quiero y no quiero que acabe esta noche —confiesa rendido por el cansancio.

—Lo sé —dice Sabrina.

Ella siente lo mismo.

La mirada censora de Tina espabila a Jacobo que se yergue y toma a Sabrina de la cintura para guiarla en los cuatro pasos del vals. Se inclina en su oído.

—Ahora tienes que reírte como si te hubiera dicho lo más gracioso del mundo.

Sabrina se ríe porque le hace gracia de verdad que Jacobo juegue así con el cliché.

—En realidad, esto sí es lo más gracioso que he oído últimamente.

—¿Todo bien?

—Sí. Sólo que estoy cansada de no tocar tierra. ¿Y tú? ¿Todo bien?

—Sí, sólo que estoy cansado de no tocar el cielo.

Casi se le rompe la voz a Jacobo. A Sabrina se le humedecen los ojos, le cosquillea la mandíbula. Traga saliva. Nota su corazón acelerado, como si una pregunta aporreara por salir.

Sabrina no puede echarle en cara a Jacobo que se case con ella aunque sienta cosas que no ha terminado de explorar cuando ella misma también siente cosas por Jimena que tampoco ha dejado de explorar.

Los dos jóvenes deben hacer un pacto maduro, adulto.

Seguir adelante y respetarse el uno al otro.

Un auténtico matrimonio de conveniencia más real y consciente que un matrimonio cualquiera.

—Sabrina —la voz de Jacobo suena temerosa—, ¿volveremos a Túnez?

—Técnicamente, aún no hemos salido —dice Sabrina que sabe que según el itinerario, el barco saldrá de las aguas tunecinas en unos minutos.

El comentario recibe de Jacobo una mirada entre cómplice y suplicante. Suspira. Lo que Jacobo le está preguntando es: ¿me dejarás volver con Yassine y explorar con más calma esto nuevo que siento?

—Sí, tranquilo, volveremos a Túnez.

Entonces se da lo que todo el mundo esperaba y ellos no han hecho más que retrasar.

Los ojos de Jacobo brillan, por el sueño, por el alcohol, por esa ventanita de esperanza que Sabrina le ha abierto, por lo que sea, pero brillan.

Los de Sabrina también, por el orgullo, por el amor propio, por el alcohol, por supuesto.

Se acercan despacio, tanteándose. Por fin, sellan el acuerdo con un beso breve, suave, que para cualquiera en la sala es romántico, pero que para ellos es la rúbrica de un contrato sellado en silencio.

Para cualquiera de la sala… salvo para una persona.

A Jimena, el beso le ha aguijoneado el trasero y se ha levantado de la silla.

Avanza hacia el centro de la pista de baile con seguridad.

Sus pasos la llevan en línea recta hacia Sabrina.

Tina, atenta, contiene el aliento y la cucharilla del café con los hombros crispados como si esperara un choque inevitable.

Sabrina la ve acercarse a ellos. Su media sonrisa esconde algo.

¿Es odio? ¿Es decepción? ¿Es miedo? Se tensa como un palo y Jacobo la agarra de la espalda, prevenido también para esa fuerza de la naturaleza que es su hermana, cada año más impredecible y virulenta.

El huracán Jimena se acerca, tanto que por un segundo parece inevitable: el gesto, la invitación, el roce.

Sabrina aguanta la respiración cuando Jimena tiende la mano.

No puede creerse que lo vaya a hacer, que la vaya a arrebatar de los brazos de su hermano.

Ahí, delante de todos. Por fin. Sin más juegos ni indirectas.

Lo siente tanto por el pobre Jacobo… Seguro que lo entiende; seguro que entiende que si ellos volverán a Túnez, ella podrá volver al internado y ser una adolescente insegura en los brazos de su hermana.

Sabrina ya se ve poniendo la mesa en la cocina de una camper, los vasos de plástico duro, los cubiertos de aluminio, la encimera de aglomerado vinilado, una vida ligera, cuando en el último instante Jimena pasa de largo.

Sabrina se queda con el aire detenido en los labios.

Tina suspira aliviada, la cucharilla cae suave sobre la mesa.

La mayor de los Meier ha llegado a la otra punta de la pista. Se inclina sobre una mujer y le pregunta algo al oído. Tras el rubor inicial, la mujer acepta y las dos salen a la pista a bailar.

—Vamos a sentarnos —dice Jacobo, que guía a una confundida Sabrina hacia la mesa.

2 Escucha, querida… Aquí, las paredes te están observando.