Noche 6 La Goulette #8
El aire del camarote se espesa. Sabrina siente que podría cogerlo con una cucharilla de postre, echarlo en un tarro enorme y tener proteína para seis meses de crossfit .
—Por eso tienes que parar esto. Jacobo no lo va a hacer.
En los ojos de Jimena, Sabrina no interpreta una señal de ayuda o una petición de complicidad. Está aferrada a su bolso con las dos manos. Ni un músculo fuera de lugar. Al fin y al cabo, es una Meier.
Y ella una Díaz.
—¿Yo? —a Sabrina le sale una risa aguda que no sabe muy bien de dónde sale—.
Ah, claro, soy una Díaz y nosotros no tenemos nada que perder.
Los Meier, en cambio sí. Un Meier nunca se saldrá del redil, nunca pondrá en riesgo su patrimonio, nunca renunciará a su apellido, por muy manchado que esté. Mírate, por favor.
Jimena se gira para encontrar un espejo y ver eso que ve Sabrina en ella. Sin embargo, sólo encuentra las paredes aterciopeladas del camarote.
—¿Puedes dejar de jugar a la pobre niña pobre?
—Lo haría si vosotros no me pusierais en ese papel.
—Y bien que te encanta.
—Oye, que yo estaba de puta madre en Londres, eh. A ti sí que se te ha ido la olla con el papel de la hija descarriada. ¡Pero si pareces una caricatura de ti misma!
De nuevo, Jimena busca un lugar donde verse reflejada. Empieza a dudar de su propia identidad.
—No decías lo mismo anoche.
—Anoche estabas desnuda, Jimena. Y antes de que preguntes no, no me arrepiento. Sé que tú sí.
—Yo tampoco me arrepiento.
La sangre le zumba a Sabrina en los oídos.
—¿Entonces para qué me mandas a Jacobo con los churros? ¿Qué fue eso? ¿Otro jueguecito de los tuyos?
—No es así… —Jimena se quiere acercar a ella, pero Sabrina recula.
—Nunca es así. Tú siempre tienes una excusa, una justificación.
—Tú tampoco has sido la más valiente, que digamos.
—Joder, Jimena, lo tuyo siempre vale, pero el resto estamos siendo infieles a nosotros mismos.
Ninguna de las dos pronuncia las palabras reales: coacción, miedo, renuncia, presión. En su lugar, se lanzan “y tú más” que rebotan en las paredes, multiplicándose hasta sonar como un coro de reproches.
Sabrina abre la puerta de golpe e invita a Jimena a salir. Le ve la espalda despejada, se muere por besarla, por arrastrarla de nuevo adentro y repetir la noche de amor. Pero es hora de que Jimena entienda que Sabrina no es una pieza de su ajedrez. Es la Reina y con la Reina no se juega.
LA orquesta rasga un foxtrot de manual. Sabrina baila como puede con Jacobo, giran como dos principiantes aplicados, esquivando a los bailarines expertos con pasos medidos. No hay química, pero sí una complicidad que ha ido gestándose durante todo el viaje. Son un desafío para los músicos.
—Jacobo, por favor, que pareces una abuela a la que se le ha roto la cadera.
—Y tú un pingüino cojo.
A la mesa debe llegar el ruido de sus risas. Y a Sabrina le llega el rechinar de dientes de Jimena que, aunque se vista de gala, sigue sentándose con las rodillas separadas y los codos sobre los muslos.
La música se detiene para dejar sitio al postre y la pareja vuelve a la mesa. Sabrina resuella mientras Jacobo se afloja la corbata. Ahora tiene la excusa para desabrocharse un par de botones y respirar.
—Espero que dirijas la empresa mejor de lo que bailas —dice Vicuña y, sin darle tiempo a réplica, levanta su copa—. Por los novios, ¿no?
Todos salvo Jimena levantan su copa.
—El que no apoya no folla —suelta—. Y aquí nadie ha apoyado…
—Jimena, por favor —le reprende su madre.
A Vicuña le ha hecho gracia y se ríe. Martín le sigue en la carcajada, como un eco.
—Señoras… —comienza el socio—. Permitidme que hable de negocios.
Será sólo un momento. Creo que debemos aprovechar las próximas horas para hacer una reunión de trabajo, definir las líneas, preparar tu salida, Martín.
Y de paso definir la estrategia de los próximos ¿dos, tres años?
—dice esto mirando a Jacobo con el colmillo afilado.
Jacobo se desinfla en la silla. Nota el peso del deber. Tanto gimnasio para nada. ¿Será capaz de cruzar el estrecho de Mesina o se ahogará en el intento? Aprieta la mano de Sabrina. Sabrina le devuelve el gesto.
—Por supuesto —responde Jacobo con voz grave.
—De hecho, ya hemos pensado en algunas líneas estratégicas —dice Sabrina.
Jacobo le sonríe. El resto la miran con extrañeza.
Vicuña examina a Sabrina. Hasta ahora no había prestado atención a la figura de esa joven que parecía una actriz secundaria, una princesa sin corona, lánguida y triste, atrapada en una familia, en un apellido que le venía grande.
Sabrina le aguanta la mirada con un gesto calculado entre esa princesa insulsa que Vicuña tiene en su cabeza y la bruja malvada del cuento que le quiere arrebatar la voz.
Si pensaban que se iba a quedar al margen de la empresa, lo llevaban claro.
Las clases de interpretación ha sido la mejor inversión que ha hecho en su vida. Y además, se las pagó ella.
—Al fin y al cabo, no he estudiado un MBA ni he estado casi cuatro años en una gestora londinense para que el Grupo Meier desaproveche mis conocimientos, ¿no?
Jimena se pellizca el labio para no reírse. Martín observa a Vicuña, que sigue escudriñando a la joven Díaz, y debe disimular una media sonrisa de satisfacción. Luego, le guiña un ojo a Ramón. Al final, los Meier siempre caen de pie.
—Vamos a pisar unos cuantos cayos, Sabrina —le dice Jacobo sacándola de nuevo a bailar.