7 noches por el Mediterráneo Noche 6 La Goulette #7
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Noche 6 La Goulette #7

La mujer viene acompañada de su mayordomo. El joven deja una funda con una percha sobre la cama, justo al lado de un vestido de cocktail que se iba a poner Sabrina.

—Es precioso —Tina acaricia la tela del vestido de Sabrina. Luego se frota las yemas de los dedos delicadamente para despegarse cualquier mota de segunda mano que tuviera—. Te he traído este para que pudieras elegir.

La frase parece una señal pactada y el butler atiende: abre la cremallera y levanta la percha para mostrar el vestido.

A Sabrina se le cae la mandíbula y Tina apenas puede esconder su sonrisa triunfal.

Es un vestido verde oscuro con pedrería “para que resalte sus ojos color miel y ese bronceado tan bonito que ha conseguido”, con un corte complejo que Sabrina todavía no entiende pero que sabe que le quedará como un guante.

—Por supuesto, puedes llevar el que te habías traído si te sientes más cómoda —dice Tina mientras lanza una mirada de desprecio a la prenda de Sabrina.

Mensaje recibido.

—Pero no puedo pagarlo —Se odia a sí misma. Sabe que tiene que decir esa frase, está en el guión, y sabe lo que le va a responder Tina, así que se siente más desnuda que nunca en su papel de joven pija.

Tina sonríe con complicidad. Probablemente recuerde cuando ella se sintió igualmente desnuda en su interpretación.

—Ahora eres una Meier. Esto corre a cuenta de Jacobo.

Miente. Sabrina lo sabe, y sabe que Tina sabe que ella sabe que miente.

Jacobo estará demasiado preocupado por ajustarse bien la corbata o por elegir bien el color.

No habrá caído en el vestido de Sabrina.

Es más, quizá Jacobo esté ahora recibiendo la visita de su padre que ha entrado con una corbata verde.

“Para que haga juego con el vestido que le has comprado a Sabrina”, le habrá dicho Martín.

Pobre Jacobo.

Sabrina se lo imagina subiéndose por las paredes, alejándose milla a milla del joven circuncidado que le ha hecho sentir algo . ¿Qué va a hacer con todo eso que tiene ahora en su interior? ¿Podrá ella ayudarle?

—Es muy generoso de su parte —dice Sabrina.

Tina se marcha del camarote con la satisfacción del deber cumplido.

Sabrina también adivina la segunda visita en cuanto escucha llamar a su puerta. Se ha maquillado así que su padre encuentra en la mirada de su hija una expresión viva, feliz, rejuvenecida si eso es posible.

—Llegas justo a tiempo —le dice Sabrina.

Según el guión, la visita de su padre es para reforzarle la idea de que debe hacer lo que tiene que hacer, disiparle todas las dudas y cerciorarse de que ha entendido su papel.

Ramón ayuda a su hija a enfundarse el vestido que le han regalado los Meier.

Tienen especial cuidado para no mancharlo con el maquillaje y para subir la cremallera de la espalda sin que pille ninguna tela o hilo que arruine el corte.

Ahora sí Sabrina puede entender la confección del vestido.

Es un vestido hecho para ella, para su nuevo papel.

La joven huérfana ha completado su transición a rica heredera consorte.

Digna protagonista de una película de los 2000.

—Te queda muy bien —dice Ramón—. A Jacobo le va a encantar.

Sabrina tiene que morderse la lengua para no decir que a Jimena también, por mucho que vaya de alternativa por la vida.

—Serás muy feliz a su lado —se aventura el padre—. Es un buen hombre. Hay cada uno por ahí…

Esta vez, Sabrina quiere no interpretar el papel, no con su padre, su último reducto para ser quien es. Sólo quiere ser ella misma, una Díaz.

—Papá —Sabrina le toma las manos y ambos se sientan en la cama. Baja la mirada—. Papá, dejemos de fingir, ¿vale? Los dos sabemos que esto es por conveniencia. Tú quieres jubilarte tranquilo dejándome bien colocada.

—No hables así, cariño. Haces que suene… sucio.

Ramón se rasca el bigote avergonzado, expuesto.

—Necesito este espacio. Necesito poder hablar las cosas de manera clara, sin interpretar ningún papel. Y ahora sólo puedo hacerlo contigo.

—Pero se viene una crisis económica. De las grandes. Sé que eres una mujer inteligente, muy válida, pero he visto a tantos como tú perecer en cada crisis… En este mundo no sobreviven los más listos, sobreviven los más ricos.

—Ya lo sé, papá.

—Y Jacobo no es un mal chico. Un poco apocado y soso, pero no te hará daño.

—También lo sé. Aunque ahora discrepo un poco —responde Sabrina prensando en Yassine.

—¿Ves? Ya sabía yo que conociéndoos un poco congeniaríais.

Sabrina acaricia la mano de Ramón. Ahora sí, sabe lo que tiene que decir para que su padre se quede tranquilo.

—Sí, seré feliz junto a él.

Ramón se va con una sonrisa bajo el bigote.

Sabrina se queda arreglándose el pelo, a la espera de su tercera visita. Será Jacobo preguntándole si están haciendo bien.

Un nuevo teatrillo en el que ella interpretará su papel.

JACOBO está listo para la noche de gala.

Él también tenía otra idea en mente para su outfit , hasta que ha llegado su padre con la corbatita verde para ir a juego con Sabrina.

Sin embargo, se mira al espejo y no se reconoce.

Él no ha hecho ningún curso de interpretación.

Él vive en un curso de interpretación. Lo sospecha desde hace tiempo.

Se mira en el espejo y no se reconoce. O sólo reconoce una mitad. O acaso sus dos mitades son eso, ese Jacobo que mira con cara de pánfilo su reflejo.

Se peina, repeina, ajusta, deshace. El flequillo ya está perfecto desde hace rato, pero sus dedos siguen buscándole un defecto.

Y encima hoy Vicuña cena con ellos. Otro examen que aprobar.

La raya, recta como una pista de aterrizaje, recibe otra pasada de peine, y otra más.

Ni él sabe si quiere verse mejor o solo necesita algo que hacer con las manos.

Ignora cómo irá Sabrina, pero él parece que va a la oficina.

Traje gris perla, corbata verde y zapatos marrones.

Él había optado por piezas de diferente color, camisa blanca desabotonada, por supuesto, y un cinturón de piel de serpiente que se compró en un zoco de Marrakech (viaje que, oficialmente, nunca ha hecho) y que cada vez que se lo pone parece susurrarle: “hoy vas a tomar decisiones cuestionables”.

Todavía no lo ha estrenado.

Siente mariposas en el estómago y un avispero en la cabeza que no se calma por mucho que se pase el peine.

Piensa en Yassine, en sus brazos dorados, en su mano agarrando el timón con firmeza, en su rostro a contraluz cuando le ha dado café tibio para reanimarle.

Las avispas bajan al esternón, las mariposas, a la entrepierna.

Luego suben ambas, pelean en su interior.

Siente pinchazos en la zona del pecho, en el estómago.

La baklaba que ha merendado le sube por el esófago, empujada por las avispas, y Jacobo reacciona rápido para vomitar en el váter y no arruinarse el traje.

Tiene regusto a miel en la boca. Se mira en el espejo y comprueba que tiene una mancha en la corbata.

—Maldita sea.

Coge papel higiénico y retira unos tropezones de nueces. Lo moja, lo pasa por la seda, le aplica calor con el secador y reza en todos los idiomas para que no se quede mancha.

Eso tiene que ser una señal.

El secador hace su labor y seca la corbata y la mancha. Sólo si te fijas mucho se nota un cerco donde antes había vómito. Se pone la americana. El cerco cae justo en la zona del primer botón. Suspira.

Sobre su cabeza, una nube oscura. Con tanta avispa no puede pensar con claridad.

Vuelve a suspirar. Respira despacio, varias veces. Las pulsaciones bajan poco a poco.

Sale de su camarote.

Jacobo siente que tiene que hacer un visita extra oficial antes de hacer oficial lo que todo el mundo espera de él. Necesita estar seguro de que está haciendo bien.

Antes de salir del camarote mira al cinturón de serpiente que no sabe cuándo se pondrá.

SAbrINA lleva un rato escuchando al barco resollar. Un zumbido grave sube por las paredes, el vaivén suave del casco parece mecerla en una cuna incómoda. Le da la sensación de estar dentro de una ballena que respira de manera pesada.

Por el pasillo flotan perfumes de cenas de gala: un rastro dulce de flores blancas, una ráfaga de colonia amaderada, y, de vez en cuando, unos pasos que se aproximan a su puerta. El corazón de Sabrina se acelera. Es momento de subir al escenario. Pero los pasos se alejan.

Así un par de veces.

Se sienta en el borde de la cama. El camarote es una pecera tibia con lámparas que imitan la luz de un atardecer perpetuo.

Tres golpes secos retumban en la madera. Su corazón le pone en la garganta.

—¡Voy!

Se levanta despacio. Lleva una gargantilla en la mano y fingirá que no se la puede abrochar para que Jacobo lo haga y se sienta útil, necesario en su vida.

—Menos mal que has ven…

El aire que la puerta ha levantado mueve su pelo y la falda de Jimena.

Y ahí se queda Sabrina, con la sonrisa congelada en los labios. Jimena está de gala: vestido negro como una noche sin faros, espalda al aire, piel iluminada por un brillo imposible. Hasta los bucles de su pelo están ordenados. Cumple las normas de etiqueta.

Jimena.

Cumple.

Las normas.

De etiqueta.

El apocalipsis está cerca.

—¿Tú quién eres y qué has hecho con Jimena? —dispara Sabrina, aunque la voz le tiembla con el retroceso.

Jimena entra sin pedir permiso. Cierra la puerta despacio. Se apoya en la pared, cruzando los brazos como si fuera una niña buena.

—Esto es una locura, Sabrina —dice.

Sabrina asiente. Aunque no sepa a qué se refiere con “esto”, sabe que lleva inmersa en la locura desde que se subiera al barco, desde que aceptara el puesto en fondo londinense “recomendada” por Martín, desde que permitiera una “beca” de los Meier para estudiar el MBA…

En definitiva, desde que se muriera su madre. Ahí terminó la cordura.

Ahora sí, Jimena se despega de la pared y camina por el camarote. Ve el vestido de segunda mano descartado tendido todavía sobre la cama, en esa cama donde hicieron el amor hace apenas unas horas.

—Mi hermano ha venido a verme. Está cagado.

—Yo también lo estoy.

—Lo sé —Jimena la mira con firmeza.