7 noches por el Mediterráneo Noche 6 La Goulette #6
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Noche 6 La Goulette #6

Sabrina busca signos de crisis a su alrededor, esa crisis que tanto vaticina su padre.

Sigue con la mirada las figuras de sus compañeros de viaje adentrándose en el mar hasta que se convierten en un borrón luminoso.

Es difícil identificar la crisis cuando vas de puerto en puerto, metiendo apenas los pies en las ciudades que visitas, como si no quisieras sumergirte del todo, y metida hasta el cuello en un escenario ficticio lleno de lujo hortera, brillos y dorados, y actividades a todas horas.

Necesita ver esos signos de crisis inminente que sí ve su padre, esa crisis para la que nadie está preparado, que nadie quiere ver, y de la que solo los ricos, una vez más, saldrán más ricos todavía.

Sin embargo, Sabrina está en el paraíso.

Un momento de placer suspendido en el aire.

Una playa, unos amigos, una hoguera donde asan pescados ensartados en palos, una música a veces lánguida, a veces animada de fondo, saliendo del cassette de algún viejo coche.

El sol desperezándose en lo alto del cielo.

Puede que no sea el paraíso que muchos anhelan, sin embargo, para ella no hace falta más.

Que se pare el tiempo, que se detengan las intrigas, las decisiones, las rayadas.

Jimena y Jacobo chapotean en el agua; ella los observa de lejos sintiendo que forma parte de sus juegos, fingiendo que todo está bien.

—Entonces, ¿qué onda con los Meier? —le pregunta Nour.

Apenas la conoce y la guía ha osado a lanzar esa pregunta interrumpiendo su pequeño paréntesis de la realidad.

No la culpa. En el fondo, la entiende. Tiene una única bala, la bala del cotilleo ajeno, y piensa utilizarla.

¿Qué le importará a Nour quedar de entrometida si no va a volver a ver a Sabrina en la vida?

Ella haría lo mismo. De hecho, ella ha hecho lo mismo muchas veces.

—¿Qué onda?

—¿No se dice así?

Sabrina quiere responder que no, pero se traga sus prejuicios coloniales sobre la lengua española y se encoge de hombros.

¿Qué le importará a Sabrina que Nour sepa su debate interno?

De hecho, puede usarla a modo de oráculo.

¿En Túnez tenían oráculos? Podría preguntárselo.

¿Los oráculos veían el futuro porque realmente eran mágicos o porque todos les confiaban sus inquietudes y tenían más información que nadie?

—Anoche nos acostamos y esta mañana me ha dejado plantada en la cama —confiesa Sabrina. A ver qué le dice el oráculo de Nour.

La guía levanta las cejas. Seguramente no se esperaba este ataque de sinceridad.

—Típico de Jimena.

Las dos mujeres se miran con complicidad. Hay un silencio largo. El olor a pescado les va despertando el hambre y sus estómagos lo hacen notar.

—Igual Jimena se ha rajado, igual no apuesta por vosotras porque no piensa que sea una mano ganadora.

—¿Una mano ganadora?

Nour se despereza como un gato. Sabrina se fija en la cicatriz de apendicitis que tiene en el vientre y se imagina a la guía retorciéndose de dolor de camino a urgencias. De alguna manera, le cambia su perspectiva sobre ella.

—Claro, ten en cuenta que salir contigo la acerca a sus padres de alguna manera. Si debe volver bajo el ala de los Meier, debe estar segura de que merece la pena.

Uy, lo que ha dicho. ¡Que Sabrina debe merecer la pena! No, si ahora será ella la que tenga que dar las gracias por que Jimena se haya dignado a darle una noche de amor.

—Tú… ¿Lo has hablado con ella?

—No, no. Hasta que me llamó porque iba a venir a Túnez hacía días que no había hablado con ella. Pero, bueno, no sé, quizá me estoy metiendo donde no me llaman, y muy probablemente esté equivocada. ¡Qué sé yo!

“Sí, no sabes nada”, quiere responder Sabrina, pero se calla. Mete el mentón entre las rodillas y se hace una bola.

Sea lo que sea, esta noche, en la puta cena de Gala, se resolverá todo.

EL sol es implacable, Jimena lo siente como un hacha que golpea justo el centro de su cabeza.

Su hermano y Yassine han nadado mar adentro y ella se ha quedado colgada, varada como una sirena de Aliexpress.

El aire huele a sal y a pescado recién asado, a carbón húmedo y especias que llegan desde un chiringuito improvisado.

Le cuesta abrir los ojos. Cada vez que sale del agua, la sal se le seca en el rostro y lo nota cuartearse.

Coge un puñado de arena del fondo del mar y se lo coloca en la cara.

Mascarilla gratis. También en los hombros, su zona más sensible al sol desde que se quemara jugando al tenis toda una mañana sin ninguna protección.

Ahora que el sol queda absorbido por el barro, puede abrir los ojos.

Desde su posición ve a Nour y Sabrina sentadas cerca de la orilla.

Charlan, se ríen, se palpa la complicidad desde lejos.

Nour exprime un hilo blanco de crema solar en la palma y lo esparce con calma sobre la espalda de Sabrina.

Siguen hablando. La tunecina se inclina para ver la cara de Sabrina.

Sus dedos avanzan despacio, cuidadosos, y Sabrina se estremece con un escalofrío leve que termina en una risa breve, luminosa y clara en medio del bullicio de la playa.

Jimena observa desde el agua, con el mar hasta la cintura.

El barro se ha secado y comienza a desprenderse.

Caen cachos al agua con su plof, plof que le salpican el vientre.

Celos. No debería sentirlos, pero los siente, como una piedra que alguien ha lanzado a su mente.

Hasta el fugaz paseo de la palabra por su mente le delata.

Mira a su alrededor como si alguien pudiera haber escuchado ese pensamiento.

No es por Nour, claro que no; es por Sabrina.

Por cómo inclina la cabeza hacia atrás cuando ríe, por el brillo en sus hombros bajo la luz, por la naturalidad con que se deja tocar.

Jimena lo sabe y al mismo tiempo lo niega.

Se muerde el labio inferior, intentando contener lo que la desborda.

Le sabe a sal, a barro. Le molesta reconocerse vulnerable, le duele aceptar que ese deseo, ese filo de posesión, la atraviesa con tanta facilidad.

Ella, que ha vagado por el mundo convencida de ser incorpórea, de vivir en la ligereza de lo efímero, se siente ahora atada a Sabrina con una goma elástica cada vez menos elástica, más reseca, a punto de romperse.

Mira otra vez, y cada caricia de Nour en la piel de Sabrina se le clava en el estómago como un golpe suave, insistente.

Agradeció que Ramón la pillara comprando churros para su hija, que le diera una excusa para no volver a la habitación de Sabrina, de no ser ella quien tomara esa decisión que le latía dentro. Como en el internado.

Alrededor, la vida sigue. Los niños corren dejando estelas de risas, los pescadores discuten sobre la marea, una mujer habla con otra bajo una sombrilla torcida. Todo sigue igual, pero todo ha cambiado.

Ella, que creía que iba al crucero con la misión de salvar a su hermano de un matrimonio infeliz, ha naufragado. Su barco ha chocado con algo que no apareció en los radares y se hunde, se hunde inevitablemente. Debe saltar al mar si quiere seguir con vida.

¿Qué vida?

La que tiene en la mochila. Lo justo para pasar el día: desodorante, tampones y cepillo de dientes. Nada de jabón, de acondicionador, ni de ataduras.

Jimena se sumerge en el agua en un desesperado intento de ahogar su miedo.

HAN pasado apenas unas horas y el recuerdo de su paso por Túnez es un recuerdo. Todavía no sabe si imborrable, confuso o fugaz, porque todavía lo tiene pegado a la piel y al paladar. Sabrina aún siente el espesor del café en la lengua, aún capta su sabor cuando expulsa aire por la nariz.

Sea lo que sea, esta noche se resolverá todo, repite.

Espera y desespera. Quiere que pase ya y a la vez que no ocurra nunca.

Hay una veta en el mármol del baño. Una veta que antes no estaba.

Sabe que no estaba porque lleva tantos días encerrada en ese barco que ya se sabe todos sus recovecos.

Recuerda, también como algo lejano, su primer día en el crucero, perdida sin la omnipresente ayuda de Jeeves.

Ahora el mayordomo apenas aparece, como si supiera que ya no la necesita, que ya la puede dejar volar.

Sabrina frota la veta y esta desaparece. Era pasta de dientes.

Se mira al espejo y despliega su maquillaje donde antes estaba la falsa veta.

Una vez hizo clases de interpretación. Acababa de llegar a Londres y le pareció buena idea para conocer a gente y aprender inglés.

Al final, acabó aprendiendo más de sí misma que otra cosa.

Por aquella época, se miraba mucho al espejo.

Lo hacía para practicar expresiones, voces, miradas.

Algunas veces, se miraba de reojo en los reflejos que le devolvían diferentes superficies que se encontraba en su día a día: tintada de negro en un portal, deformada en la chapa de un coche, partida en dos en un escaparate.

Aprendió que en su posición de descanso encorva algo la espalda y la boca, como derrotada por la vida.

Aprendió también que cuando sonríe la expresión de la gente cambia, que si imita los gestos de la otra persona es más fácil que se abran a ti, que hasta cuando comes comunicas.

Dejó de ir cuando dominó el idioma y su vida social ya no consistía en ver series en versión original en su pequeño apartamento compartido de Croydon.

Cuando recibió la llamada de su padre, hace aproximadamente ocho siglos, volvió a tomar algunas clases más en las que se pidió el papel de joven pija y estirada.

Lo está bordando.

Unos delicados nudillos tocan su puerta.

El primer fantasma la visita.

Ya sabe quién es y se imagina a qué viene.

Abre la puerta de su camarote con el maquillaje a medias. Su rostro ahora mismo es inexpresivo, la base le ha borrado los poros y las sombras. Una máscara pálida para recibir a su futura suegra.

—Pasa, Tina.