Noche 6 La Goulette #5
El piloto es un joven que se afana en ordenar los aperos. No lleva camiseta y el sol remarca en su piel cada músculo, cada tendón, cada hueso. Es un ejercicio de anatomía humana que pondría a prueba el pulso de Miguel Ángel para tallarlo en ébano.
—Este es Yassine —Nour se agacha y le alcanza la camiseta—. Es mi primo, hijo de Reda, la tía que os he mencionado antes.
Yassine sonríe despreocupado mientras se viste.
—Hola —dice en español—. Bienvenidos al Nomade.
En efecto, en el lateral de la lancha, unas letras pintadas a mano grandes y azules indican el nombre de la embarcación.
La madera desportillada ha saltado en algunos lados y ya no es blanca por completo, sino que tiene algunas rayas en los laterales.
Tiene el timón en el centro, uno de esos timones de barco pirata que marcan los puntos cardinales.
Sobre la zona del piloto, un toldo, y en la parte delantera y trasera, unos banquitos con una barandilla alta para evitar caídas al agua.
Sabrina no es experta en embarcaciones pero diría que esta debió construirse entre los años 80 y el siglo III antes de Cristo.
—¡Es chulísimo! —escucha que dice Jacobo con voz de pito. Carraspea.
Sabrina le lanza una mirada de terror. ¿Dónde está el Jacobo exquisito y tiquismiquis que conoce? Su novio carraspea y recompone su postura.
—¡Vamos! Os vamos a enseñar la costa como nunca la habéis visto.
Nour ayuda a Jimena a subirse a la lancha. Un tropiezo les hace juntar las caras más de lo legalmente permitido. De nuevo, las risas cómplices que exasperan a Sabrina.
—En realidad eso es fácil —dice Sabrina que prefiere la ayuda del joven piloto—, porque nunca la hemos visto desde ningún otro lado.
Jacobo tira de potencia y salta a la barca. Cuando cae sin ningún traspié, levanta los brazos como si fuera un gimnasta. Yassine le aplaude la hazaña y las mejillas de Jacobo se sonrojan.
Sabrina vuelve a censurarle con la mirada.
Una vez todos en el barco, Jimena se sienta en la parte trasera y hace mover la embarcación.
—¿Esto es seguro? —pregunta.
—Jimena preocupada. ¡Vaya novedad! —dice Nour. Se sienta a su lado obligando a Sabrina a sentarse a su derecha, sin poder ponerse en medio—. Digamos que esta lancha ha hecho viajes más peligrosos con éxito.
En las cabezas de los pasajeros empiezan a saltar terribles ideas de narcotráfico, persecuciones policiales o mafias. Los primos ríen cómplices.
—El más peligroso fue cuando un grupo de jubilados decidió “tomar un atajo” en medio del mar —Yassine cercena así cualquier atisbo de convertirse en protagonista de una saga cinematográfica—. Cada día es diferente. Me encanta —sonríe y encuentra la sonrisa de Jacobo.
—Yassine es mi primo. Pero no de esos primos que solo ves en bodas, circuncisiones y el Aïd. Él y yo crecimos juntos. Mientras yo jugaba a explorar la Medina con su madre, él ya soñaba con tener su propia lancha y vivir del mar.
—Quería ser pescador, pero el turismo da más dinero —dice él acompañado por el rugido del motor.
Se ríen.
—Yassine hace tours para gente que busca algo más... “auténtico”. Les lleva a rincones que no salen en Instagram. Y si pagan bien, a veces hasta les deja tocar el timón —Nour mira directamente a Jacobo cuando dice esto.
—Pero hoy es distinto —añade el primo, mirando al grupo—. Hoy no hay clientes. Hoy vamos con familia. Así que relájense. Yo conduzco, y Nour les va a llenar la cabeza de leyendas y piedras que hablan.
—No son piedras que hablan, son piedras que te reconocen.
Yassine sonríe de nuevo. Quizá no ha dejado de sonreír desde que el grupo ha subido a su barco. La lancha arranca y, tras el leve impulso inicial, la navegación se adivina tranquila y disfrutable.
TURBACIÓN, confusión, desconcierto, perturbación, azoramiento, timidez, rubor, sonrojo, apocamiento…
Jacobo desconocía que tenía en su cabeza tantas palabras para describir lo que estaba sintiendo.
Imagina que vienen del mismo lugar oculto del que provienen las cosas que se aprenden sin saber, que se sienten sin querer.
Está amarrado al muslo de Sabrina como quien se aferra a un salvavidas en mitad del mar.
De reojo, mira a Yassine maniobrar en su lancha, agarrar el timón con el puño, firme pero gentil.
¿Gentil? Otra palabra que le sale sin saber de dónde.
¿Se estará amanerando? Descruza las piernas.
Su miembro le delata. Las vuelve a cruzar.
—¿Estás bien? —le pregunta Sabrina.
—Sí, sí, sólo un poco mareado.
—Ve donde Yassine. Estar al mando de la lancha te dará más sensación de estabilidad.
—¡No! —grita. Luego baja el tono—. No, gracias, aquí estoy bien. ¿Quién querría desprenderse de estas compañeras tan bellas, verdad?
Suda. Nota cómo la gorra se le va empapando. Una gota le resbala por la sien. Se la quita con el dorso de su índice. Observa la gota en el dedo. Se ha quedado atrapada como si su piel repeliera el agua salada del mar.
Yassine habla una mezcla de inglés y español para contarles cosas de la costa tunecina.
Cuenta que en verano el agua se vuelve tan clara que puedes ver los peces desde la orilla, y que el viento del norte trae un aroma salado mezclado con jazmín.
Explica cómo los pescadores salen al amanecer, cuando el sol apenas pinta de oro las olas, y cómo, si sigues la costa hacia el este, encuentras pequeñas calas escondidas donde el Mediterráneo parece un secreto compartido solo por quienes se aventuran a buscarlas.
—Y hacia allá vamos —dice.
A Jacobo le llegan esas palabras como un eco.
No sólo su piel repele el agua del mar, también sus oídos son ajenos a la poesía.
Se sacude la gota, que cae al agua. Mira ese “espejo enorme” que es el mar, como lo ha llamado Yassine, y se ve.
Ha pasado de ser Hércules a un Narciso que apenas se reconoce, que se ve feo, monstruoso: una frente demasiado amplia, la sombra de unas ojeras que parecen grietas, la boca torcida como si no supiera qué gesto elegir.
La cabeza le dice que retire la mirada antes de herir su ego, pero su cuerpo desobedece y permanece con los ojos clavados en el agua.
El vaivén de las olas suaviza los bordes, y en el reflejo empieza a aparecer otra cosa: una mirada que no había notado antes, curiosa, tibia, viva.
Y entonces entiende por qué no ha dejado de mirar de reojo a Yassine desde que empezaron a hablar: no es sólo admiración, ni esa simpatía fácil que a veces siente por la gente abierta. Es otra cosa, más eléctrica, más íntima.
Cuerpo y mente vuelven al barco. Observa a Yassine que ya está maniobrando para atracar. Las sombras del sol del mediodía juegan con sus abdominales. No es fuerte como él, fruto del gimnasio y las proteínas, sino que es una fuerza natural, cincelada por el trabajo en el mar y la dieta mediterránea.
—¡Jacobo! —escucha que le llama Jimena—. Jacobo, ¿estás bien?
Cuando toma conciencia de su cuerpo, descubre que está medio tumbado en el banquito de la lancha, apenas puede abrir los ojos y siente frío y calor al mismo tiempo.
—Está pálido. Se ha mareado.
—Tanto gimnasio, tanto gimnasio y al final es un flojo —dice Jimena.
Yassine les pide que se aparten, que le dejen respirar. Jacobo siente algo en los labios. Es metálico, fresco, líquido. Siente deseo. Un sabor a café intenso le inunda el paladar. Está tibio pero está mil veces más rico que los que se toma en el Starbucks.
La cafeína le devuelve el color, el ánima vuelve a su cuerpo. ¿El ánima? ¿Ahora de repente, se siente Bécquer?
—¿Mejor? —le pregunta Yassine. Su pelo le tapa el sol, unas gotas de su sudor le salpican el pecho.
—Maravilloso.
Está definitivamente perdido.
EL sol se cuela entre las lonas de la cubierta del barco y dibuja líneas doradas sobre la piel de Yassine.
Jacobo está a su lado, muy cerca, con una mano apoyada en la barandilla.
El timón, entre las manos de Yassine, parece formar parte de su cuerpo.
Jacobo lo mira con una concentración que no es la de un aprendiz de navegación.
Sabrina lo ve. Ve cómo Jacobo se ríe de algo que Yassine murmura, cómo inclina la cabeza un poco demasiado, cómo su hombro roza el del otro hombre con un descuido estudiado.
Jacobo intenta disimular. Lo intenta de verdad.
Pero hay algo en la manera en que Yassine agarra el timón, firme, seguro, como si lo hubiera estado entrenando toda su vida, que le provoca sensaciones incómodamente localizadas, a juzgar por cuánto se recoloca el bañador.
Sabrina casi siente sus mariposas en el estómago y el enjambre de avispas en su cabeza.
Más que un sentir es un recordar las suyas propias la primera y única vez que las sintió.
No han recalado en una cala tranquila, desconocida y desértica, precisamente. El ambiente está animado, hay gente joven, familias, pescadores remendando redes, pero son gente local que ha ido a pasar el día lejos de la vorágine del crucero.
Apenas han pisado la arena cuando Yassine le propone a Jacobo enseñarle el fondo del mar, los peces que se esconden entre las piedras sumergidas. A Jimena le nace una línea vertical cuando arruga la nariz al oír la propuesta del primo. Algo le huele raro y decide unirse.
—Voy con vosotros —dice, cogiéndose el pelo en una minúscula coleta. Luego se dirige a las chicas—. No vaya a ser que ese “fondo del mar” venga circuncidado.