Noche 6 La Goulette #4
—Así que un crucero —dice la tunecina—. Veo que sigues sin encontrar un sitio donde hacer nido.
—No creas, estoy en ello.
—¿Ah, sí? —pregunta Jacobo sorprendido.
—Sí. Hay una mujer que…
Sabrina chasca la lengua con fastidio. Ya sólo le falta que Jimena se ponga a hablar de alguna amante que haya puesto en espera a saber dónde mientras hace el crucero.
—En cada puerto una mujer. O dos, depende de la escala.
—Eso está bien—responde Nour—. Te mereces encontrar tu sitio y ser feliz. ¿Y de dónde es esa mujer que te ha robado el corazón?
—Pues es muy parecida a mí. Le cuesta identificar de dónde es.
—Vaya, dos mujeres perdidas que se han encontrado. No sé si eso suele funcionar.
—A nosotras nos funcionó —dice Jimena.
—Sólo durante un par de noches.
—¿Jimena dos noches con la misma mujer? Le debió parecer un compromiso —dice la nariz de Sabrina—. Ya le cuesta terminar una noche con la misma mujer.
Jimena se reclina. Se muerde el pulgar y mira por la ventanilla.
—¡Mira, un camello! —señala Jacobo.
—Dos noches, eh… Así que lo vuestro tampoco fue muy intenso —insiste Sabrina, que se aferra a esa conversación como a un clavo ardiendo en su pecho.
El cuello de Jimena gira como el de un búho al notar el retintín de ese “tampoco”. La tunecina arruga la nariz para sintonizar con sus recuerdos.
—Estuvo bien, divertido —dice Nour—, pero las dos sabíamos que sería fugaz.
—Qué trágico. ¡Mira, otro camello!
—¿Trágico? ¡Para nada! —se defiende Nour—. Cuando sabes que algo es fugaz, lo vives con más intensidad.
—Entonces sí fue intenso —dice Sabrina.
—Yo siempre vivo las cosas con intensidad, Sabri —le dice Jimena.
—Con mucha intensidad —repite Nour mientras alza las cejas.
Sabrina le dedica una mirada incendiaria.
—Sí, Jimena lo da todo y luego sólo quedan cenizas.
—Bueno, hay gente que ni arde.
—Haha, cuántos camellos por la calle —dice Jacobo ajeno al comentario de su hermana.
—Así nadie se quema. Otra vez.
—La gente cambia, Sabrina.
—Pues a mí me parece que, pasen los años que pasen, tú eres igual.
—Sí, la verdad es que no has cambiado nada —apunta Nour, a la que, como cualquier persona no hispanohablante, no entiende los matices que diferencian el estar y el ser.
—No creas, Nour. Los años pasan y creo que he madurado.
A Sabrina se le escapa un pfff de entre los labios que declara su incredulidad de manera demasiado obvia para lo que era su intención. Nour la mira con las cejas arrugadas. Hay que ver lo que habla esta mujer con las cejas.
—Sin embargo, parece que la gente no parece que no quiere ver a la nueva Jimena.
—¿La nueva Jimena? —pregunta Jacobo, se gira hacia atrás. El aire que entra por la ventanilla le ha secado los caracoles de la nuca.
—Sí, Jacobo, la nueva Jimena.
—Ahora con más fibra —bromea Sabrina.
Jacobo le ríe la gracia.
—¡Ya hemos llegado! —salta Nour antes de que a Jimena le de tiempo a mandar a la mierda a su hermano y a su última amante.
Bajan del vehículo junto a la Medina de Túnez.
En seguida Jacobo agarra a Sabrina de la cintura.
Son los privilegios que siempre negará que tiene: el de adueñarse así del cuerpo de su novia, el de poder hacerlo sin temor a un castigo o a las miradas censoras.
Sabrina no parece incómoda en ese privilegio y se deja llevar.
Jimena camina junto a Nour. La quiere separar de la parejita, refugiarse en la tunecina que nunca accedió pero que siempre se dejó querer.
Nour explica su ciudad. Se gira y camina hacia atrás para que Sabrina y Jacobo la oigan. Se internan por callejuelas de paredes blancas que les protegen de un sol que juega a colarse por las celosías.
—Bienvenidos a la Medina de Túnez. Como veis, aquí, cada paso es un salto entre siglos, entre imperios, entre civilizaciones que dejaron su huella en mosaicos, maderas talladas y patios secretos —dice Nour que señala de un punto a otro llevando la mirada de sus invitados adonde ella quiere—.
Esta medina fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.
—¿Eso cuántos siglos tiene? —pregunta Jacobo señalando una cúpula cubierta de azulejos—. ¿Y eso? —dice señalando una puerta azul con clavos dorados sin darle tiempo a Nour a responder tan rápido como su curiosidad requiere.
—La Medina no es para recorrerla con prisa —le advierte la guía.
Algo recorre a Jacobo por dentro. Si no estuviera cogido de la mano de Sabrina, sus pies se despegarían del suelo. Por fin, se desprende de Sabrina y se acerca a Nour.
—Hay algo en el aire… ¿Te ha pasado alguna vez sentir que un sitio te llama? Como si te conociera antes de que tú lo reconozcas.
La amiga de Jimena lo mira con sus ojos negros que se extiende por el rabillo del ojo por obra y gracia del eyeliner y el buen pulso. Lleva el pañuelo sobre la cabeza, pero sólo se la cubre parcialmente dejando al aire su flequillo.
—Lo has dicho como un tunecino, Jacobo. Aquí creemos que hay lugares que te hablan sin voz, una llamada que se despierta en ciertas personas. Tal vez tú estás empezando a escucharla.
Sabrina corre hacia Jacobo y le agarra de la mano antes de que salga volando.
—Vendremos con más calma y recorreremos cada rincón de esta ciudad —le dice.
Jacobo parece quedarse contento.
Pasean por la Medina de Túnez como si hubieran caído en otra dimensión: el aire espeso de especias calientes, el tintinear de metales, y los gatos callejeros que maullan y ronronean haciendo que parezca que las paredes murmuran.
Jimena toca esas mismas paredes encaladas como si buscara grietas por donde escapar, por donde volver al lugar en el que fue feliz por última vez.
¿En la última isla paradisíaca? ¿En el camarote de Sabrina?
¿O fue cuando recibió los últimos dividendos?
—¿Sabéis qué? Cuando era niña, mi teta Reda, la hermana de mi abuela, me traía aquí, a la Medina, cada jueves por la mañana —explica Nour—.
Me llevaba de la mano por estos mismos callejones, pero entonces, todo parecía más alto, más inmenso…
Me encantaba y a la vez me intimidaba. No me separaba de ella ni un minuto—.
Hace una pausa para asegurarse de que la escuchan.
Se han adentrado en mercado y los decibelios han subido de intensidad—.
Mirad allí, a esa puerta de madera con tachuelas de bronce.
Era la entrada a una medersa , una escuela del saber.
Aquí venían estudiantes de todas partes del mundo musulmán: de Kairuán, de Fès, incluso de Córdoba, cuando Andalucía aún hablaba árabe.
Los textos que leían eran como conjuros.
Filosofía, astrología, medicina, poesía sufí…
Nour les sigue contando la huella que dejaron las diferentes poblaciones que por Túnez pasaron.
Los fatamíes con su saber y misticismo, los otomanos con su arquitectura de cúpulas y patios frescos, los franceses con sus bulevares hechos con escuadra y cartabón en un vano intento de poner algo de orden.
—Los franceses aislaron la media, la encerraron.
Pero eso fue lo que la protegió, irónicamente.
Mientras todo cambiaba afuera, aquí adentro seguían los mismos pasos, los mismos saludos, el olor del pan horneado por las mismas manos.
Cuando tenía catorce años, una tarde que llovía en silencio, mi ammati Reda me hizo entrar a la Zaouïa de Sidi Ben Arous.
Una zaouïa es una pequeña tumba-santuario de los santos del Islam popular —se acota a sí misma—.
Me acuerdo del olor a incienso, del murmullo de los rezos…
y del pañuelo de seda que ella me ató en la cabeza —dice señalándose el suyo—.
Me dijo: ‘Écoute, ya binti… Ici, les murs te regardent’ 2 .
Yo ya empezaba a dar muestras de rebeldía y ella pretendía advertirme para que fuera buena, para que me comportara bien. Por eso huí.
—¿Huiste? —pregunta Jacobo con curiosidad.
—Sí. Mi ammati vio algo en mí que yo aún no reconocía. ¿Te suena? Crecí y la ciudad entera me observaba, no podía ser libre —se explica la tunecina—. Así que me marché a conocer mundo.
—Así os conocisteis Jimena y tú —concluye Sabrina. y Nour asiente. Luego añade—: Dios las cría y ellas se juntan.
Jimena va a defenderse, pero no sabe exactamente de qué. Nour se adelanta.
—Así es, ella también huía cuando nos conocíamos. Creo que acababas de salir del internado de Suiza, ¿no?
Sabrina abre los ojos y mira a Jimena, que la obvia deliberadamente mientras asiente.
—Dos corazones perdidos se reconocen al instante —explica la tunecina apelando a la complicidad de Jimena—.
Tardé tiempo en aprender que podía ser que la ciudad me vigilara, pero también era la única que me conocía, como si las piedras me reconocieran, sin rencor por el tiempo perdido.
Estoy segura de que Jimena también ha encontrado el lugar que la reconoce —Túnez quiere subrayar sus palabras y de una callejuela emana una brisa que le retira el pañuelo y trae un suave olor a azahar que los envuelve—. Bueno, o la persona.
Nour vuelve a colocarse el pañuelo y une con su mirada los ojos de Sabrina y los de Jimena.
—¿Quién quiere un poco de aventura?
EL puerto se abre ante ellos como una postal demasiado perfecta: agua brillante, grúas inmóviles y un sol que parece dispuesto a fiscalizar cada uno de sus movimientos.
O quizá es Tina asomada a la cubierta quien les está vigilando.
En cualquier caso, Sabrina va preparada. Saca una gorra de béisbol del bolso y se la da a Jacobo. Este interpreta el gesto sin cruzar palabra, como si ya fueran un matrimonio que lo sabe todo el uno del otro. Jacobo se quita el Fedora y se lo cambia.
Ahora sí: con las gafas, el sombrero y el Birkin, Sabrina se ha mimetizado en una niña rica. Siguiendo el papel levanta el labio con desagrado cuando ve la lancha que tienen delante. ¿Cómo se supone que van a entrar ahí los cinco, piloto incluido?