7 noches por el Mediterráneo Noche 6 La Goulette #3
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Noche 6 La Goulette #3

Como si fueran combatientes en un ring, Martín entra por Tina. Mira extrañado el pecho descubierto de su hijo y le recuerda a su propia juventud. Le golpea un par de veces el hombro para cerciorarse de que Jacobo está lo suficientemente fuerte para aguantar los envites de la vida.

—Hoy es el gran día, muchacho —En su cabeza había sonado mejor—. Vicuña y su hijo cenarán con nosotros. Su hijo es un cenutrio, te vendrá bien conocerle para que sepas a qué tipo de gente debes evitar.

—Pensé que sería algo familiar —se queja Jacobo.

—Bueno, así matamos dos pájaros de un tiro.

Dos gaviotas cruzan el cielo graznando, como si huyeran del inminente disparo.

—Hubiera preferido algo más tranquilo, una cosa detrás de otra, papá.

—¡Claro, hijo! —Martín vuelve a golpearle y esta vez nota a su hijo más blando—. Y así será. Esta noche lo de Sabrina y mañana lo de Vicuña.

—¿Qué es lo de mañana de Vicuña?

—Nada, una tontería. Hemos reservado una sala y definiremos la línea estratégica de la compañía para los próximos dos años. Así nos aseguramos su apoyo en la Junta.

El terror asoma en la cara de Jacobo. Puede llevar más o menos una charla banal con Vicuña, pero no está listo para una reunión de negocios.

Vicuña huele el miedo y él apesta. En dos años pueden pasar muchas cosas.

Dos años son 720 días, uno detrás de otro, con el aliento de Vicuña en el cogote, como si fuera un becario o una marioneta con los hilos bien cortos. Un heredero en prácticas.

Se desabrocha un último botón y se agita la camisa. La humedad de la ciudad le ha agarrado bien al pecho, al cuello, se escurre por los caracoles de la nuca que parecen babosas sedosas que amenazan con bajar por su espalda.

—Todo irá bien —dice Martín con un nuevo golpe. Su hijo es ahora una mala almohada—. Todo irá bien —se repite.

El barco bufa aliviado por el peso que se ha quitado.

EL cielo tiene ese azul grisáceo de los lunes londinenses, un azul que no es de tormenta, pero tampoco deja que te emociones por tener un día espléndido.

Las sombras desaparecen, los verdaderos colores emanan de los objetos y los defectos quedan expuestos con toda su crudeza.

El desgaste de las telas de la bandera tunecina ondeando con esfuerzo, el amarillo del césped que les da la bienvenida, las bolsas de Sabrina tras una noche más en vela que en letargo.

—Tenía que haberme maquillado —se abronca a sí misma.

Luego se abronca por abroncarse. Seis noches con los Meier y ya ha perdido la indulgencia que aprendió en la capital británica, donde no se juzgaba tanto a sí misma aunque tomara las peores decisiones personales siempre.

Todavía con la mirada de Tina pegada a la espalda (“Dios, ¿me ha visto con estas ojeras?”) cruza la pasarela que le llevará a tierra firme.

Tiene el barco encima. El puerto de La Goulette es pequeño y profundo.

La pasarela son apenas unos peldaños que sigue vomitando gente.

El brillo crudo del barco es cegador. La excusa perfecta para ponerse las gafas de sol hasta que sus ojos vuelvan a ser reconocibles.

Pese a estar pisando asfalto, siente el oleaje bajo sus pies. Sabrina echa la vista atrás para ubicarse. Ha quedado con los hermanos Meier en un punto indeterminado a una hora indeterminada y se siente perdida entre tanta gente.

Por fin, entre las cabezas que salen del barco, el pelo rojizo de Jimena.

Una llamarada que hace que todo el mundo se aparte de ella, no sea que les incendie con alguna chispa.

Tiene el gesto enfurruñado por el efecto de la luz exterior, pero en cuanto ve a Sabrina entre la multitud su boca se abre en una sonrisa inacabable, como esos vídeos virales que graban las parejas donde muestran la felicidad al verse.

Sabrina también sonríe. Todavía no lo sabe, pero las bolsas de sus ojos han desaparecido de golpe. Piel tersa, papada recogida, pómulos arriba, parece que dice el capitán general de su cutis poniendo firme a cualquier cuelgue despistado para pasar revista.

Tina no tiene ni idea, no conoce a su hija. Cree conocerla, pero no es cierto. Ella sí la conoce, cada recoveco de su piel, cada pelo de sus piernas, cada arruga de su rostro. Se ha pasado la noche en vela inspeccionando “el recipiente que alberga su alma”, en palabras de la propia Jimena.

Suspira ante el inminente encuentro. Jimena le explicará por qué la ha dejado sola al amanecer, le dirá que manden todo a la mierda y que huyan en el interior de Túnez arruinando todo el plan de los Meier.

Jimena se acerca a su posición y cuanto más cerca está, más sonríe…

y más eleva la mirada. La eleva tanto que ya no es a Sabrina a quien mira, sino más allá, más arriba.

La tiene a un par de pasos cuando entiende que es obvio que no la miraba a ella, sino a alguien a su espalda.

Sabrina se gira cuando Jimena pasa por su lado sin verla.

Una mujer con un pañuelo en la cabeza está subida a un banco de piedra y agita la mano.

Da un salto y abraza a Jimena tan fuerte que parece que se van a fusionar.

Se retira las gafas de sol para ver mejor. Jimena se desprende del cuerpo de la desconocida, le pide que espere y avanza hacia su posición. Sabrina vuelve a colocarse las gafas. Tras el desconcierto ha llegado el bochorno y ninguno de los dos es muy fotogénico.

—¡Sabrina! —la llama Jimena, ahora sí, mirándola.

Puede que tras seis noches con los Meier, Sabrina haya perdido la indulgencia, pero también ha aprendido una cosa, una cosa que se le revela como una Polaroid (primero los bordes, luego el centro mismo de la imagen, de la idea, algo confusa al principio, pero llena de luz y de color después) conforme se acerca a Jimena y su amiga: tiene que ser implacable con quien le hace daño.

—Buenos días, Jimena —dice Sabrina—. ¿Cuál es tu excusa esta vez para haberme dejado sola en la cama?

Jimena se ríe. Falsa. Alta. Peligrosamente cerca del histerismo.

Pide a gritos su complicidad, un flotador al que amarrarse y sobre el que emitir unas disculpas que le permitan subir de nuevo al bote de la relación.

Mira a la mujer del pañuelo como disculpándose y esta le resta importancia.

Jimena está hasta el cuello y sin flotador.

Mujer al agua. S.O.S. Incapaz de mirarla a los ojos, le mira las manos de Sabrina.

Una sostiene el bolso, la otra está desnuda.

—Sabrina, no es lo que crees… —dice Jimena antes de morderse la lengua y volver a entonar con la misma excusa de siempre.

De repente, la mano desnuda se viste. Otra mano, grande, bronceada, de uñas cuidadas y muñeca dorada, la cubre.

Los dedos se acoplan con los de Sabrina.

Un acople perfecto, como si llevaran años haciéndolo, como si hubieran nacido para hacerlo.

Sabrina se sobresalta. Jimena desvía la mirada. Jacobo sonríe victorioso.

—Bueno, hermanita, ¿qué nos tienes preparado para hoy? Estamos sin padres, ¡yuhu!

Como invocada por la incomodidad, la amiga desconocida de Jimena se presenta.

—Hola —Ofrece su mano a Sabrina y Jacobo, lo que les obliga a soltarse, momento que Sabrina aprovecha para agarrarse al Birkin con las dos manos y deshacerse por el momento de Jacobo—. Me llamo Nour y voy a ser vuestra guía hoy. También soy una vieja amiga de Jimena.

—La última vez que nos dejamos llevar por una amistad de Jimena, Sabrina y yo acabamos volando a 90 metros sobre el nivel del mar —bromea Jacobo.

—Bueno, de momento haremos un paseo a pie, pero sí que os tengo reservada una pequeña sorpresa.

Jimena mira a Nour sorprendida.

—Eso no me lo has contado —dice.

—Tengo que dejar algo a la imaginación, ¿no? —responde la mujer, y lo hace con un tono que a Sabrina le suena juguetón, demasiado íntimo, algo que hubiera podido decir ella la noche anterior, si es que no lo dijo.

No, no lo dijo. Fueron demasiado evidentes, las ganas les podían.

No estaban para juegos, ni para fingir que se reprimían o hacer como que vacilaban ante la duda.

Anoche, lo único que tambaleaba era el vaivén del barco y los pechos de Jimena sobre ella.

Sabrina sacude la cabeza para desprenderse del recuerdo antes de que sus labios vuelvan a hacerse caramelo.

—¿Estás bien, cielo? —le pregunta Jacobo—. Estás ardiendo.

Hundida en el recuerdo, Sabrina no se ha dado cuenta de que Jacobo le ha cogido de nuevo la mano.

—Sí, sí. Habrá sido el calor —se excusa Sabrina.

—O el subidón de azúcar de los churros, eh —bromea Jacobo tocándole la barriga.

Sabrina ríe de malagana mientras busca la mirada de Jimena, que la esquiva deliberadamente. Las dos mujeres emprenden la marcha, y la parejita les sigue unos pasos por detrás.

Un par de camellos les pasan por al lado y por el otro una fila de coches. Las hojas de las palmeras se mecen por el aire y los edificios blancos y avejentados anticipan un paisaje desértico que busca la sombra por pura supervivencia.

Sabrina puede entender por qué los padres no han querido bajar del barco; en las calles de Túnez no hay aire acondicionado.

A Jimena le cuesta desprenderse de Nour.

La tunecina la busca con la mirada, con el cuerpo.

Le recuerda el viaje en el que se conocieron.

Hacía bastante más frío que ahora, en otra latitud, en otro idioma.

El francés no es el idioma favorito de Jimena pero en aquel viaje se esforzó por aprenderlo en la lengua de Nour.

Hoy su antigua amante usa un esforzado español que ha ido aprendiendo viendo a escondidas películas de Almodóvar y escuchando boleros en un viejo tocadiscos le dio su abuelo y que solo funciona cuando llueve.

Algo raro en Túnez. Nour lleva un colorido hiyab en los hombros y se lo va poniendo o quitando dependiendo de la situación.

Cogen un taxi. Jacobo se coloca en el asiento de delante y las mujeres van detrás. Sabrina se las ha arreglado para colocarse en medio de las amantes, de manera que Nour y Jimena tienen que hablar con su nariz en medio.