Noche 6 La Goulette #2
—Eres guapa sin maquillar —Jacobo se acerca y le mira el pelo. Le hace gracia verle el cuero cabelludo, los pelos saliendo claramente de los poros, lo oscuro que parece el color cuando está mojado—. Esta noche…
Jacobo va a tocarle el pelo y Sabrina se agacha en un movimiento digno de un danzante de capoeira. Jacobo ríe. Está nervioso, se le nota a la legua. Sabrina se sienta en un sillón y abre uno de los vasos de chocolate. Está tibio, pero aún se puede tomar.
—Esta noche es la noche de gala —dice Jacobo sentándose en el sillón de enfrente.
Sabrina se ha dejado el bigote marrón a propósito. Arde en deseos de ser fea, de no ser deseable, de que Jacobo la deje en paz. Pero produce el efecto contrario. A Jacobo le hacen gracia las fealdades de Sabrina porque la hacen real. Y él arde en deseos de tener algo real, algo suyo, algo sincero.
Está atrapada.
—Sí, tengo un vestido pensado —dice Sabrina, rendida ante su destino… una vez más.
Jacobo le toma las manos y la mira con ansia.
—Que le den al vestido, que le den a la cena de gala, escapemonos en La Goleta.
—¿Qué dices?
A Sabrina se le van a salir los ojos de las cuencas. ¿Quién es ese tipo y qué ha hecho con Jacobo Meier?
—¡Piénsalo! Aquí estamos atrapados, sólo agua por todas partes. Hagámoslo a nuestra manera.
Ay, pobre. Si Sabrina lo hiciera a su manera, él no estaría en la ecuación. De hecho, la ecuación sería el sumatorio de pasar media noche de gala con la cara entre las piernas de Jimena y la otra media con la cara de Jimena entre las suyas.
—Jacobo yo…
El chico la mira con ansia. Le tiene cogidas las manos mientras los churros se siguen enfriando. Están totalmente perdidos. Los churros también.
—… tengo que cambiarme.
Por alguna razón, Jacobo parece que interpreta eso como un sí a sus planes porque se levanta y sonríe de manera alegre. Se disculpa y se marcha del camarote sin dejar de mirar y sonreír a Sabrina, a la que se le ha quedado congelada la expresión de la cara.
SAbrINA se pone un vestido claro y toma su Birkin para completar el estilo de lujo relajado que le prometió la dependienta.
Esa pieza se ha convertido en una especie de amuleto, un fake it til you make it , un complemento a juego con su personalidad: valiente, poderosa, una diva salvaje a la que no le van a decir con quién debe casarse.
Camina deprisa por el pasillo de habitaciones. Sus sandalias golpean el suelo. Un cla, cla, cla amortiguado por la moqueta.
Y en cada paso, una duda. La misma duda de siempre: ¿qué significa ella para Jimena?
El barco está detenido en el puerto y el vaivén apenas se percibe.
La gente sale de sus camarotes listos para visitar La Goleta, Túnez, Cartago, lo que sea.
Nadie sabe muy bien qué esperar de esa parada.
Han oído que es como un Santorini al estilo árabe, piensan que en algún lugar debe haber un zoco, dudan en si deben llevar velo o no, ¿hablarán inglés?
Sabrina esquiva a los turistas y a la vez se deja arrastrar por ellos. De manera inconsciente, busca el pelo rojo de Jimena. Y a la vez, lo rehuye.
Y en ese buscar, da con la media melena recta y gris de Tina.
Desde la lejanía, la mujer se retira las gafas de sol y con el dedo índice la atrae.
La figura de la mujer es esbelta, elegante, impertérrita a los jadeos.
Juega con su anillo de casada de manera delicada mientras posa como una modelo de los años 40.
De hecho, a Sabrina le parece verla en blanco y negro: el tono perla del vestido ajustado en el talle por un cinturón negro, la oscurecida tez por el contraluz del sol del amanecer y el cabello gris, brillante, casi blanco.
En su camino hacia ella, Sabrina es un pez que nada a contracorriente y se gana varias quejas de personas a las que les entorpece el paso.
—Buenos días, Tina —la saluda.
—Buenos días, querida.
Tina estaba sentada en una mesita tomando un café con hielo. Vuelve a sentarse cuando recibe a Sabrina.
—¿Qué plan toca hoy? —pregunta.
La mujer sonríe con calma.
—Yo hoy no bajo. Estoy agotada.
—Vaya.
Sabrina agarra el Birkin como una niña buena, con las manitas por delante.
—Creo que Jimena os ha preparado una aventurilla de las suyas.
—Espero que no sea volar por los aires de nuevo.
—Cualquier cosa —responde Tina con displicencia. Mueve la cabeza y un rayo de sol se pasea por el borde de sus gafas. Luego la gira de nuevo hacia Sabrina—. Esta noche es la gran noche —dice.
—Sí.
—No la olvidarás jamás.
Hay un tono oscuro en la voz de Tina, como si quisiera tantearla, ser ambigua, no terminar de aclarar si se refiere a la noche de gala o a Jimena y ver si Sabrina cae en su trampa.
—Bueno, todo este viaje está siendo muy… memorable —dice.
Tina sonríe despacio. Sabrina ha esquivado la mina. Tendrá que ser más fina con sus puntadas con hilo.
—Sólo eres un divertimento para Jimena. De hecho, para Jimena todos somos su divertimento —suelte Tina como si llevara rumiando la frase durante años—. Lo único que quiere Jimena es hacerme rabiar. Y hará lo necesario para conseguirlo.
Sabrina mueve la cabeza de manera indefinida para no delatarse. ¿Está afirmando o está estirando el cuello? ¿Su sonrisa es cómplice o simplemente educada? Ella también sabe jugar a eso.
Aunque es Tina la que sigue sentada y Sabrina de pie, esperando que le de su beneplácito para salir del barco, es Sabrina la que se siente pequeña, en una posición inferior.
La mujer gira de nuevo la cabeza hacia la cubierta. Desde su asiento, sólo se ve el azul del cielo.
Se ha quedado un silencio raro, espeso, que Tina sabe cómo romper.
—Me acuerdo cuando vi a Martín en cubierta el día que lo conocí.
Alto, ojos azules como el mar que rodeaba el barco, copa de champán en mano…
y algo en su forma de estar de pie. Como si el mundo ya le perteneciera —Entre los atributos de Martín que enamoraron a Tina, obvia deliberadamente su fortuna.
Luego gira de nuevo la cabeza—. Jacobo tiene mucho de su padre.
Más de lo que él cree. No sé si ya te diste cuenta.
Quizás no sea tan evidente aún… pero un día le miraras, quizás después de una discusión tonta o cuando te traiga un té sin que se lo hayas pedido, y vas a entender que eso es lo que importa.
Que lo esencial no es estar convencida… sino saber elegir de manera inteligente.
Sabrina sonríe. No sabe qué responder. Cuando habla con Tina le da la sensación de que cualquier cosa que diga será usada en su contra.
El silencio se estira como un chicle. Sabrina se inclina sobre las puntillas de sus pies; una despedida amable antes de marcharse.
—Sabrina —la llama Tina. Ella se gira—. Eres una mujer inteligente.
—Gracias —murmura Sabrina.
Le da la espalda y camina.
“No era un cumplido”, escucha antes de volver a quedar engullida por la corriente de turistas.
LA pasarela del Yacht Club cruje bajo los tacones de Tina mientras el barco se mece suavemente en el puerto de La Goulette. Pasa sus dedos por la barandilla y se los limpia con un breve gesto de asco en los labios.
No piensa poner un pie en Túnez.
Si tan sólo supiera lo bien que le sienta la brisa del mar, que eleva sus cabellos como si fuera Moisés, y la luz del sol de mañana que ilumina su cara mejor que la Vitamina C de 200 euros el bote, dejaría de poner cara de culo y sonreiría. Hace tiempo que olvidó la suerte que tenía.
Tampoco disimula el espanto al ver acercarse a Jacobo con la camisa abierta y el pelo recogido. ¡Qué manía le ha dado ahora por parecer un cantante latino de los 90!
Los buenos días de Jacobo quedan ahogados en las quejas de su madre.
Parece que Tina, más que abrocharle la camisa hasta el último botón para hacerle parecer un hombre decente, quisiera estrangularlo.
Jacobo deja que termine y se desabrocha el último botón.
No quiere demandar a su madre por tentativa de homicidio por asfixia.
—¿Vas a ir con esa coletilla de rata?
—¿No te gusta?
Tina examina el peinado. La goma, que a saber de dónde la habrá sacado, apenas le recoge cuatro pelos. El resto quedan sueltos como caracoles en la nuca. De nuevo, pone cara de culo, pero no dice nada más.
—No sé por qué os empeñáis en bajar. Podríais divertiros en el crucero.
—Ya no pudimos bajar a Roma y aquel día me aburrí como una mierda.
—Esa boca.
—Deberíais bajar —Jacobo acaricia la mandíbula de su madre. Dicen que los hombres buscan en sus parejas el reflejo de su madre, pero no hay nada en Tina que le recuerde a Sabrina.
—No lo verán tus ojos. No quiero que me obliguen a llevar velo.
Él la mira, parpadeando con lentitud.
—Mamá, no digas disparates. Me he informado. En Túnez no es obligatorio llevar velo —responde mientras se desabrocha otro botón—. Ni para las turistas ni para nadie. Solo es necesario cubrirse dentro de las mezquitas, y aún así… ni eso es obligatorio si no entras.
Tina no responde de inmediato. Mira hacia el puerto con aire de suficiencia. No es propio de Jacobo que le desmonte sus prejuicios.
—Además —añade el hijo—, Túnez es de los países más progresistas del norte de África. Prohibieron la poligamia hace décadas, las mujeres pueden divorciarse, votar, estudiar lo que quieran… No estamos en los años cuarenta, mamá.
—¿Y a ti por qué te interesa tanto Túnez?
—Porque me gusta saber más de los países que visito —Jacobo se apoya en la barandilla hasta que Tina le reprende. Revisan que no se haya manchado las mangas de la camisa. Todo en orden—. Es como si fuéramos puerto por puerto haciendo check .
—Ya sabía yo que Jimena te metería estas ideas hippies en la cabeza. En fin. Portaos bien. Esta noche es importante y tiene que salir perfecto.
Tina se marcha dejando como estela su perfume y una amenaza velada que no termina de concretarse.
Jacobo se desabrocha un tercer botón. Observa a los pasajeros cruzar la pasarela, arremolinarse en grupos para alguna excursión.
Esa noche es la gala. La cena formal, las copas brillando, las risas forzadas. La noche en la que él y Sabrina formalizarán su relación.