7 noches por el Mediterráneo Noche 6 La Goulette
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Noche 6 La Goulette

SAbrINA se despierta. El camarote está en silencio, salvo por el rumor constante del mar siempre de fondo, ese rumor grave que parece venir de dentro de su propio cuerpo.

Tarda unos segundos en situarse. Ha pasado la noche con Jimena; los recuerdos le llegan como olas.

Todavía tiene caliente el interior de los muslos.

Se voltea sobre el colchón y Jimena no está. Extiende el brazo, su lado todavía está tibio.

La megafonía avisa de la llegada a La Goleta. Por el altavoz se cuela el sonido de unas campanas. Sabrina sospecha que no son reales, que son producto de su imaginación. O más bien, de su recuerdo.

Su mente ha dado un salto hacia atrás.

De la calidez del camarote ha saltado a los fríos pasillos del internado.

Las noches en que Jimena se deslizaba en su cama y el mundo parecía menos hostil.

Pero siempre, inevitablemente, llegaba el momento en que Jimena se levantaba en mitad de la noche, sin decir palabra, y volvía a su cuarto como si nada hubiera ocurrido, dejándola a ella con el cuerpo encendido y el corazón en vilo, preguntándose si se volverían a encontrar, si esa vez sería la última.

Siempre le daba la sensación de que esa sí, esa sería la última

La precariedad de su relación la hacía todavía más excitante.

Una vez escuchó que en una relación de pareja hay, en realidad, seis personas. En aquel internado no solo estaban Sabrina y Jimena, sino también la imagen que cada una tenía de sí misma y la versión idealizada (o distorsionada, o editada) que cada una veía en la otra.

Menuda orgía.

Era un amor adolescente caótico, un "follón" de identidades donde, sin saber aún quiénes eran, ya estaban fingiendo ser alguien distinto para gustar a la otra.

A ese mapa de reflejos, Sabrina le sumaba una capa más de seguridad y dinero que fingía tener pese a que tenía la cuenta a 0 en ambos casos. Jimena, por su parte, también performaba una identidad incipiente, intentando desesperadamente alejarse de su apellido. Con tanto disfraz, apaga y vámonos.

O apaga y ocultémonos, que era lo que hacían. Bajo las sábanas de la cama del internado, no sabían muy bien quiénes eran, pero al menos se lo pasaban bien descubriéndolo.

En aquella época del internado, Jimena acababa de descubrir el origen de la fortuna de los Meier y se propuso dilapidarla de la manera más ridícula, extravagante o vergonzosa posible para sus padres.

Sabrina se dormía escuchando a Jimena inventarse un plan tras otro y así descubrió de lo que la imaginación de la mayor de los Meier era capaz de idear.

Lo mismo ahora. En ese crucero flotando sobre ningún sitio, en un camarote que huele a sal y a sexo, Sabrina siente la misma punzada conocida: que todo eso forma parte de su plan y ella, además de ser Sabrina, la Sabrina que cree que tiene que ser para los ojos de Jimena y la Sabrina que es cuando está con ella, es una colaboradora necesaria de sus planes.

Así que, lejos de sentir el mismo miedo a los finales que sentía cuando se despertaba sola en el internado Sabrina respira despacio; sabe que Jimena volverá.

Aunque sólo sea para culminar su plan de terminar con este despropósito de una vez por todas.

Alguien tiene que hacerlo.

JIMENA camina como una autómata por los pasillos del crucero. Va de salón en salón con un rumbo fijo. No se deja distraer por los llamativos colores o por las actividades que tienen lugar. Ella tiene una misión y piensa cumplirla.

Llega al bar. Las puertas francesas que dan a la cubierta están abiertas y el frescor de la mañana entra y le refresca las pantorrillas. Es agradable.

—¿Qué desea, señorita? —le pregunta una camarera.

—Chocolate con churros, por favor.

La camarera la mira con extrañeza. No sabe si ha entendido bien o si le han fallado los idiomas.

—Chocolate con churros —repite Jimena más despacio—. Para llevar.

—Voy a preguntar, a ver si tenemos —responde la camarera.

Jimena se apoya en la barra. Ha bajado unas cuantas plantas para encontrar la cafetería donde cree que le pueden servir.

Hay ajetreo en cubierta. Familias de pijos desayunando tostadas con aguacate, granola o cualquier mierda cara y presuntuosa que les aleje del resto de la plebe.

Ignoran que están más cerca de esa plebe que de gente como los Meier.

También hay niños en bañador que no quieren saber nada de Túnez y sólo quieren ir al parque acuático del barco, padres desesperados porque se pongan la crema solar, parejas jóvenes que disfrutan del lujo hortera de esa parte del crucero, amigos con pulsera todo incluido que beben mojitos desde el punto de la mañana.

Una vez le prometió a Sabrina que le llevaría churros con chocolate a su habitación y nunca cumplió.

Era una de esas promesas que las dos fingían que podían cumplir.

En una de aquellas madrugadas de frío y miedo que pasaron en el internado, Jimena se enamoró de Sabrina.

En esa habitación, las dos podían ser ellas mismas, o al menos aprender a descubrir cómo eran.

Divertidas, desenfadadas, cariñosas. Sin lastres ni futuro.

Descubrieron que no les hacía falta mucho más para ser felices que ellas dos, una habitación y media docena de churros con chocolate.

Sobre esa buena base, ya irían descubriendo el resto.

El olor a aceite frito y chocolate caliente le avisa antes que la voz de la camarera.

—Aquí lo tiene.

En una pequeña caja han metido dos vasos de cartón con chocolate y un cucurucho de papel de estraza con media docena de churros. La camarera añade un par de sobre de azúcar.

—Mucho azúcar de buena mañana, ¿no? —le dice una voz.

La voz le ha entrado por el vacío del estómago y le ha retumbado en el pecho.  Ramón se acerca y apoya un codo en la barra. Jimena no responde. No sabe qué decir sin delatar a su hija.

Tampoco hace falta, Ramón pone las cartas sobre la mesa.

—A Sabrina le gustan sin azúcar —Coge la caja y se la arrebata de las manos—. Ya se los llevo yo.

Jimena traga saliva. Toda su valentía huye ahora mismo en un bote salvavidas.

—Yo…

—Ya habéis jugado bastante, ¿no crees? Ahora es momento de que asumáis cada una vuestro sitio.

—¿Le… le has preguntado a Sabrina cuál es el sitio que quiere? —pregunta por fin Jimena.

Ramón mueve las cejas.

—Mira, Jiemena. Esto no es Romeo y Julieta.

O Julieta y Julieta —responde atolondrado—.

Esto es la vida real. Y Sabrina se merece algo mejor que lo que tú puedas ofrecerle —Ha vuelto a su tono pausado, cargado de razones—.

Algo más estable. Más real. No un futuro improvisado entre coworkings y nómadas digitales.

No alguien que no sabe ni qué dirección poner cuando hace la declaración de la renta.

¿Tú sabes dónde vas a ir pasado mañana, cuando te bajes de este crucero?

El silencio de Jimena es una respuesta.

—No la conviertas en lo mismo que tú.

Eso la rompe un poco por dentro. Pero lo que más duele es que, en algún rincón oscuro de sí misma, sabe que él tiene razón.

El hombre da un paso atrás.

—Si realmente la quieres, no vuelvas al camarote, evítala, déjala que viva la vida que merece.

Y se marcha. Dejándola sola, con las manos vacías y las palabras atascadas en la garganta.

Jimena se queda quieta unos segundos, el barco tiembla levemente bajo sus pies. Lo único que podría salvarla es que se hundiera con todos dentro, niños, parejas y pijos incluidos.

EN el cristal empañado sólo se veía su figura como un borrón.

Mucho camarote de lujo pero el espejo del baño se empaña como cualquier otro.

Sabrina pasa la mano y su cara aparece reflejada.

Una toalla enrollada en la cabeza, otra enredada en su cuerpo.

Demora el momento de ponerse la ropa para que Jimena “la pille” así.

Ya se imagina cómo va a fingir que se le cae la toalla y deja entrever su cuerpo desnudo.

Sin embargo, pasan los minutos y ahí no vuelve nadie.

¿Será que de verdad sólo iba a ser un polvo?

Sabrina inicia su skincare matutino para despejar sus pensamientos.

No, Jimena va a volver. Habrá ido a su camarote a ducharse y cambiarse, pero en cuanto esté lista bajará a buscarla e irán al desayuno cogidas de la mano.

O mejor aún: irán juntas, sin cogerse de la mano pero con una complicidad incuestionable, sospechosa.

Se acariciarán por debajo de la mesa, luego por encima.

Se harán bromitas, enervarán a Tina y a Martín, confundirán a su padre y a Jacobo, pero nadie preguntará por temerse la respuesta.

Y entonces…

Toc, toc, llaman a la puerta.

Sabrina lamenta haberse puesto la ropa. Ha elegido para hoy el vestido blanco que queda tan bien con el Hermès, que sigue sin devolver, y que duda que lo haga ya.

Va hacia la puerta dando saltitos. Se muere de hambre y le parece oler a chocolate.

Abre la puerta con brío y el aire que levanta le mueve el pelo mojado.

—Ya era hora de… —comienza a decir. Las palabras se agolpan al filo de los labios al comprobar que no es Jimena quien está al otro lado de la puerta.

—Te he traído el desayuno —le dice Jacobo con una sonrisa triunfal.

Pobrecito, cree que Sabrina se va a creer que ha sido idea suya y va a ganar puntos con ella cuando en realidad es sólo un recadero de unas disculpas que ya llegan frías y chiclosas.

—Sí… claro, pasa —La voz de Sabrina sale rasgada, como si sus cuerdas vocales fueran una pared de pinchos que impidiera su paso.

Jacobo se planta en mitad del camarote. Se ha recogido el pelo de las sienes en una coleta y le tira ligeramente, rasgándole la mirada.

Viste una camisa de lino blanca y unos chinos beige.

Está rematadamente guapo, feliz, extasiado.

Sabrina, por el contrario, tiene cara de ajo y el pelo mojado y chupado.

No le ha dado tiempo a maquillarse. Con Jimena no le hubiera importado mostrar su cara despejada, pero con Jacobo es diferente, con él debe estar perfecta, siempre.

—Estás muy guapa, Sabri —le dice él como si le hubiera leído la mente.

—Calla, si aún no me he maquillado.