Noche 5 Mesina #4
Sabrina ve la mano extendida de Jimena. Sabe perfectamente cómo va a terminar eso.
Si se levanta y toma la mano de Jimena, van a bailar bachata, salsa, merengue o lo que sea que pinche el DJ después.
No va a poder evitar aspirar el aroma de Jimena, y Jimena el suyo.
Así empieza el deseo. Primero la visión de la piel desnuda, luego su olor.
Después vendrá el tacto. No van a poder evitar tocarse, mirarse, arrimarse cada vez más.
Vendrán los recuerdos, y aunque no son las mismas que en el internado, sí mantienen intactos los mismos instintos y eso…
eso es difícil de parar. Desde el momento en que vio aparecer a Jimena sabía que este momento llegaría, que debía ser fuerte para mantenerse firme.
El oído. Después llegaría el oído. El suave jadeo de Jimena en su oído respirando cada vez más de manera apurada por la exigencia del cardio (porque después de la bachata pondrán un merengue). Y esos jadeos arrastrarán a Sabrina cada vez más profundo, cada vez más lejos de la cordura.
O quizá más cerca de ella.
Ahí todo el mundo cumple su papel, pero ¿y si están mal repartidos? ¿Y si todo ese teatrillo no es más que la obra de un mal director, un primerizo al que los actores le van grande?
Jimena tiene la mano tendida, sus caderas siguen moviéndose. Los ojos le brilla como dos faros y Sabrina parece un conejo asustado por su destello en mitad de una carretera antes del atropello inminente.
La vida es un teatro que hay que interpretar para fingir que, en realidad, todo es absurdo, más instintivo de lo que creemos, más animal de lo que desearíamos.
La vida nos entra por los sentidos y nos atraviesa el cuerpo antes de que nuestro cerebro sea incapaz de decidir qué es lo que nos conviene. La vista, el olor, el tacto, el oído, y…
JIMENA sabe a chicle de fresa y sal de mar.
Sí, Sabrina ha cogido la mano tendida de Jimena porque ¿qué daño le iba a hacer un bailecito?
Después de la bachata han pinchado una salsa.
Se han reído, se han sacudido los miedos, los prejuicios y el pasado a golpe de cadera y Sabrina ha comprendido eso de que el baile es reparador porque libera.
Se ha reído con ganas, de esas veces que se te abre la boca y se te inclina la cabeza hacia atrás y si te hacen una foto en ese momento parece que te ha dado una embolia.
Cuando estaba convencida de que podía bailar con Jimena sin ir a más, al DJ le ha parecido bien pinchar un bolero.
Al principio no oían nada, parecía que se había acabado la fiesta, todos a sus camarotes que mañana hay que madrugar para probar el café tunecino.
Pero nada más lejos de la realidad. Aunque viniera de unas cubiertas más abajo, les pareció que la voz de Los Sabandeños les llegaba como bajada del cielo.
Un coro de ángeles que cantan al amor. Jimena ha zanjado las dudas de Sabrina cogiéndola de la cintura y acunándose en su pecho.
Ahí Sabrina se ha asomado al abismo. O lo que es lo mismo, a la espalda semidesnuda del vestido improvisado de Jimena.
Iluminada por la luna, la piel es plateada, pero de una plata que nunca ha visto, azulada y llena de brillos, como si Jimena fuera un animal mitológico salido del mar.
Quizá sea una encarnación de Caribdis.
¿O era Escila?
¡Ay, qué vértigo!
Sabrina tenía a Jimena agarrada del cuello, podría jurarlo con una mano en la Biblia, o sobre un ejemplar de Carol , que es la biblia de las sáficas, pero ahora ve que tiene la mano en su espalda.
Se le ha debido de caer en algún momento, rendida al cansancio de luchar contra lo inevitable.
Se le ha caído la mano y ha ido a parar a la espalda azul de Jimena.
Lejos de detenerse ahí, las yemas de sus dedos siguen bajando, adaptándose a la curvatura del inicio del trasero.
Jimena ronronea en su cuello y le besa suavemente en la yugular.
Por cada beso, Sabrina bajaba un centímetro más sus dedos.
Para cuando Jimena le muerde la barbilla, Sabrina ya tiene la mano metida en la manta, agarrando con firmeza uno de sus glúteos.
Está dispuesta a continuar ahí mismo. Quiere hundir su cara entre sus piernas, que Jimena la toque, montarse encima suya ahí mismo, encima de esa hamaca, o contra esa pared, o en las baldosas del suelo, mismamente.
Es Jimena la que pone un poco de cordura, de romanticismo, de comodidad. ¿Quién se lo iba a decir?
Y ahora están besándose como dos salvajes contra la puerta ya cerrada del camarote de Sabrina.
La elección ha sido hecha por la urgencia: es el que más cerca está.
Ahora que no le llega la música, ahora que la oscuridad de la noche no es su cómplice, Sabrina no se siente tan liberada, tan suelta.
Los miedos la acechan, le miran a los ojos desde la cama.
Los pechos de Jimena son dos señales de alerta que se erigen como faros rojos en la penumbra.
Cada peca es una señal de advertencias: “Peligro de derrumbe”.
Su sexo, una baliza entre arbustos que corta el paso.
La manta hace rato que descansa en una butaca.
Jimena conoce esa mirada, la ha visto antes.
—Estoy desnuda en tu cama, Sabri. No es el momento de dudar.
—Esto no está bien.
Finalmente, Sabrina se incorpora. Jimena se pone de rodillas en la cama y se acerca a ella.
—Es sólo un polvo, un último polvo antes de que te cases con mi hermano.
—No es sólo un polvo, Jimena, lo sabes de sobra.
En ese “lo sabes de sobra” hay todo un histórico de idas y venidas que sólo comparten ellas dos.
La soledad de las mujeres sáficas en el armario, dos jóvenes manteniendo una relación lésbica encerradas en un entorno nada amigable.
Si explotaban de amor, no podían compartirlo con nadie.
Si al día siguiente peleaban por cualquier chorrada, no podían hablarlo con nadie.
—Tienes razón —Jimena baja la mirada para alcanzar los dedos temblorosos de Sabrina—, pero sea lo que sea que sea esto, ya es tarde para pararlo.
Jimena juega con sus dedos. Siempre le han llamado la atención.
Puede que, después de los suyos, hayan sido los dedos que más ha visto de cerca.
Ahora son unos dedos “adultos”: largos y rectos, con las uñas cuidadas y un ligero vello cerca de los nudillos.
Juega con ellos demasiado cerca de su coño, los acerca a su entrepierna.
Los nudillos de Sabrina rozan el vello de su pubis.
Los dedos de Jimena se enredan en los rizos oscuros del pubis de Sabrina como si lo hubieran hecho toda la vida.
Se engaña pensando que sabrá salir de esa maraña después.
Sabrina se humedece el labio y cierra los ojos.
Jimena le besa el cuello otra vez, le muerde la barbilla.
Mientras tanto, va adentrándose en la vagina de Sabrina, completamente mojada, abandonada.
A Sabrina, la lengua de Jimena le sabe a menta y sal, y también le sabe a problemas, de esos en los que quieres meterte porque sabes que los saborearás durante todo el tiempo que dure su penitencia.
Claudica. Primero cae de rodillas en el colchón, rogando un segundo más de cordura que no llega; luego, empujada por el brazo de Jimena, queda tendida sobre ella.
El olor a sexo comienza a emanar. Es salino, no podía ser de otra manera, pero además huele a regaliz, a tierra mojada, a corteza de árbol húmeda.
Un bosque tras la tormenta las cubre y tienen que calentarse con el frote de sus propios cuerpos.
Jimena le desabrocha la camisa con urgencia, como si en lugar de desear beberse sus pechos, lo que quisiera fuera salvarle la vida.
Operación a corazón abierto.
En cierto sentido, lo está haciendo. En ese camarote, que a veces es bosque y a veces quirófano, dos mujeres se follan sin saber qué hacer con sus vidas. Igual que cuando eran unas crías en el internado, tan inseguras de lo que se esperaba de ellas, tan perdidas y torpes bajo las sábanas.
Los jadeos que se confunden con los crujidos del barco. Ya desnudas, sus piernas y dedos se enredan. Ya no saben si hacen el amor o si follan.
Ya no saben si importa.
El vaivén del crucero les marca un ritmo lento, cómplice, que ellas se empeñan en neutralizar con embestidas salvajes para convencerse de que sólo es sexo.
Una se abre, la otra entra, y todo es carne.
Los gemidos de Jimena suenan a terciopelo, sus dentelladas duelen.
Se respiran en la boca cuando sus lenguas descansan.
Las cortinas se abren y dejan entrar la brisa marina.
Entre ellas no hay pudor, ni palabras, ni ternura evidente, pero todo está ahí, en esa habitación de paredes acolchadas, en cómo Jimena se curva para ofrecerse, en cómo Sabrina se detiene justo antes de correrse, solo para mirar a su amante antes de desvanecerse y caer, por fin, rendida sobre el colchón.