Noche 5 Mesina #3
Ramón se coloca delante de ella y le escruta con la mirada, todo lo que le dan sus ojos.
—¿A qué viene tanto venderme Mesina, Sabrina?
Sabrina da un sorbo a su cerveza para ganar tiempo. ¿A dónde le quiere llevar? Al mismo sitio donde está ella. El amargor del lúpulo se le queda en la lengua.
—Te ha gustado Vittorina, ¿verdad? —pregunta por fin.
—Es una mujer muy divertida e inteligente. Ha sido agradable conversar con ella —reconoce él.
La cautela de su padre le dice a Sabrina que no lo va a reconocer fácilmente. Hay en su voz una melancolía honda.
—Vittorina —repite Sabrina, y los ojos de su padre bailan—. Vittorina, Vittorina.
Con cada repetición, más chispas aparecen en los ojos carbón de Ramón. El rostro se le relaja.
—Yo… —pretende disculparse. Parece que hay algo de brillo en su tono.
—Te lo mereces, papá —se adelanta su hija—. Te mereces la alegría, mereces el descanso, mereces la complicidad. Alguien con quien hablar, con quien reír. Con Vittorina... ¡o con quien tú quieras! Yo también quiero verte feliz. Y si crees que con ella lo vas a ser, adelante.
El hombre permanece callado.
—No voy a decir que es lo que querría mamá, porque mamá lo que querría sería no estar muerta y poder haber hecho este viaje los tres. Pero mamá no está y tú hace tiempo que vives solo, y yo…
Le deja la puerta abierta. Sabrina deja la frase inconclusa a propósito.
Le está entregando la llave de su libertad para que él, por fin, le entregue la suya.
Espera que él le diga que ella también es libre, que no tiene que atarse a Jacobo, o que al menos le agradezca el enorme sacrificio de haber cumplido con su papel de hija perfecta y dócil hasta el momento, pero que ya está, que es suficiente, que todo esto es un absurdo y que si él puede soñar con mudarse a Mesina con una guía un poco destartalada, ella puede decidir con quién definir su futuro.
—Tú tienes tus responsabilidades también, lo entiendo —dice Ramón dando en el centro de la diana equivocada.
—Sí, mis responsabilidades —repite Sabrina antes de dar otro trago a la cerveza. Con la de tiempo que llevaba deseando ese momento y le está sabiendo más amarga que nunca.
—Qué bien —dice él entonces, con una sonrisa que no alberga dudas— que los dos hayamos encontrado a alguien con quien ser felices.
¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que ese hombre haya escalado socialmente por su capacidad de leer las intenciones de las personas y no sea capaz de leer a su propia hija? ¿En qué clase de inopia vive? ¿Tan atolondrado te deja el dinero?
—Que ambos hayamos hallado la fortuna en el amor.
Y encima se pone poético.
El corazón de Sabrina se desploma. Su padre no la escucha; solo ve el reflejo de sus propios deseos. No hay comprensión, no hay honestidad, ni una sola palabra de agradecimiento por el peso que ella carga sobre los hombros para mantener el estatus familiar.
La sonrisa de Sabrina tarda demasiado en aparecer y, cuando lo hace, es apenas un gesto artificial.
—¡Qué esquivo es el destino del que obedece, que ni el perdón ni la gratitud de quien manda recibe! —dice Sabrina porque si van a ponerse poéticos, ella también sabe. Su padre la mira sin saber muy bien qué entender—. Sí, qué bien —zanja finalmente Sabrina.
Ramón sonríe.
Está claro que con su padre debe ser más directa, decirle que sabe que nunca será feliz con Jacobo.
O no al menos con esa felicidad que ella espera, sin tener que dar cuentas ni preocuparse por la continuidad de la estirpe.
Sabrina abre la boca para hablar, se le acumulan las palabras en la garganta y debe detenerse un momento para armar su discurso y no parece una niña caprichosa.
Hasta con su padre tiene que pensar cómo expresarse.
Ya ha elegido sus primeras palabras cuando nota unas gotas gordas salpicándole la cara.
Una en un ojo y parte de la mejilla, otra en la boca, que ahora le sabe a sal, otra en el pecho, otra en el brazo.
Su padre se seca la cara con la mano, desconcertado. No entiende cómo una ola puede alcanzar el piso catorce del crucero. Los gritos de dos muchachos les alertan de que el agua no viene del mar, sino de la piscina. Ramón se va a girar para abroncarlos cuando se da cuenta de quiénes son.
Bajo el agua oscura de la piscina, con el reflejo de la luna llena roto en mil pedazos, Jimena y Jacobo juegan a salpicarse.
Están totalmente desnudos.
EL chapuzón y los gritos han tenido que oírse en las cuatro cubiertas del Yatch Club. Sin embargo, el silencio impera, como si el escándalo que han montado los hermanos al tirarse al agua fuera un paréntesis que hay que omitir para continuar la narración sin distraerse.
Ramón y Sabrina tienen los ojos clavados en el agua.
Todavía no se creen que son los Meier quienes chapotean y se salpican dentro.
La espuma que hacen distorsiona sus cuerpos desnudos.
La oscuridad de la noche actúa de cómplice.
La piscina, hace unos minutos un plato de plata, es ahora una obra surrealista en la que los cuerpos se fragmentan, se entremezclan con el brillo de la luna reflejado en el agua, y es difícil saber si lo que se mueve bajo las aguas es una ola o un pene, como si fueran dos cuerpos mutantes en un escenario onírico.
—¡Salid de ahí! —les abronca Ramón. Su voz sale rota y aguda, y le lleva a las primeras veces que llevaba a los Meier al colegio y se inventaban una pelea en el coche para no salir de él. Como entonces, los niños no le hacen caso, así que Ramón tiene que echar mano del viejo truco—. Cinco… cuatro…
Como un perro mirando una salchicha, los hermanos miran a Ramón. Primero con miedo, luego con nostalgia.
—Treeeees… —El viejo chófer alarga la e para darles la oportunidad de enmendarse antes de pasar al dos.
Nunca tuvo que llegar al uno; los Meier siempre salían antes por miedo a una amenaza invisible.
Tampoco Ramón hubiera sabido qué hacer al terminar la cuenta atrás.
Pero ahora los hermanos son adultos, saben que tras la cortina no hay nada.
Una bronca más alta o una amenaza de aviso a sus padres.
Cualquier cosa que antaño podría ser convincente ahora ya no tiene la misma validez.
Ellos lo saben, Ramón lo sabe y Sabrina lo sospecha.
Los Meier se miran, se ríen.
—Doooooooooooos…
La cuenta atrás se ha tornado en súplica. Los ritmos latinos que llegan de lejos tampoco ayudan a Ramón a imponer autoridad.
Jacobo, que siempre fue el más piadoso, se acerca al borde del agua y se impulsa para salir.
Con una agilidad olvidada, Ramón tira de la manta de su hija para cubrir el cuerpo desnudo del joven.
Sabrina nota el frío de manera inmediata.
Luego le entran los calores al ver que Jimena también se acerca al borde. No hay manta para tanto cuerpo desnudo.
Un grito grave se escucha al otro lado de la piscina.
La figura blanca de un miembro del staff emerge en la noche.
Advierte en varios idiomas que está prohibido bañarse desnudo en la piscina.
Jacobo se desprende de la manta y huye corriendo.
Es un niño y ha descubierto por fin lo que traía la cuenta atrás.
La adrenalina le hace correr, reír, saltar. El trabajador corre tras él.
—Voy tras ellos, no sea que pretendan expulsar a Jacobo en el siguiente puerto —le dice Ramón a Sabrina. Luego lanza la manta en una hamaca y sale corriendo, de nuevo, con una vivacidad renovada. ¿Será que Mesina y su guía le han rejuvenecido?
Sabrina lo sigue con la mirada. Tiene secuestrados a sus ojos para que no vean lo que realmente quieren ver.
Sólo sus oídos son testigos de la salida de Jimena de la piscina.
El agua chorreando por su cuerpo desnudo (casi advierte las gotas que saltan desde sus pezones al suelo), los pies descalzos y mojados pisando la baldosa, acercándose a ella, el roce de la manta arrastrándose por la hamaca.
Cuando Sabrina oye que Jimena ya está tapada, da permiso a sus ojos para mirarla.
—Parece que tu misión de llevar a Jacobo al lado oscuro ha terminado con éxito.
Pese a la oscuridad, Sabrina puede vislumbrar el rostro de Jimena. Se ha pasado la manta por la cara para quitarse el agua, un hombro descubierto. Jimena coge una esquina de la manta y se frota el pelo. Miles de gotitas salen despedidas.
—¡Ay! —protesta Sabrina con la boca pequeña. En realidad agradece un toque de frescor en esa noche intensa.
—No te quejes —La boca de Jimena se ensancha y sus dientes relucen en la oscuridad—, este Jacobo es mejor. Está más suelto y es más divertido. Ya no es el muermo del primer día, ¿verdad?
Sabrina se encoge de hombros. No sabe qué opinar.
—¿Ves? Al final, le he hecho un favor a mi madre.
Jimena suelta el anzuelo y Sabrina pica.
O más bien, le pica.
—Todos cumplimos nuestro papel aquí —responde con retintín—. Incluso tú.
La mayor de los Meier se pone en pie.
—Exacto. My job here is done —dice. Se levanta de la hamaca y mueve la manta como si fuera una capa mágica y Sabrina no puede evitar echar un ojo a la porción de piel que asoma. El ritmo lento de una bachata suena de fondo.
Tum - tá - tum - chka.
Tum - tá - tum - chka.
Se le mete en el cuerpo a Sabrina. A su jefa le encantaba la bachata y era muy graciosa verla bailar con su ritmo anglosajón, marcando los pasos que una animadora le había enseñado en un crucero por el Caribe.
Su jefa lo hacía de manera mecánica, como si fuera un robot al que le habían insertado cuatro instrucciones que debía repetir al son de la música.
Tum - tá - tum - chka.
Tum - tá - tum - chka.
Jimena sin embargo se mueve suave, siente la música, sigue el eco de la canción. Con la gracia y habilidad de haberlo hecho otras veces, se ha anudado la esquinas de la manta al cuello y la ha convertido en un pesado vestido que le permite soltar las manos.
—¿Bailas?