7 noches por el Mediterráneo Noche 5 Mesina #2
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Noche 5 Mesina #2

Un aplauso espontáneo surge de las manos de Ramón, encandilado por la guía. El resto le siguen con más discreción. La mujer hace una reverencia exagerada y luego murmura, como si compartiera un secreto:

—Dicen que el mar todavía lo recuerda. Que cuando un barco se balancea extraño o el agua se retira de repente… es porque Caribdis ha despertado. O porque Escila, allá en su cueva, huele carne fresca.

La guía recupera su tono alegre y da dos palmadas al aire.

— ¡Andiamo! Vamos a ver el Duomo y su campanario mecánico. Tiene santos, gallos y leones que bailan a las doce. ¡Menos sangrientos, pero igual de teatrales!

Sabrina se abraza a sí misma, de pronto helada bajo el sol ardiente.

EL tour continúa por Mesina. El calor empieza a pegarse en sus pieles.

Se nota el cansancio en los rostros de Sabrina y su grupo pero deben seguir fingiendo que disfrutan de la ciudad, del crucero, que no tienen ganas de volver a Barcelona, a sus vidas, a sus oficinas y casas con aire acondicionado, sin necesidad de hacer guías por una ciudad que tienen muy vista.

Ramón se pasa un pañuelo por la frente antes de acercarse a Vittorina para comentarle algo (la belleza impresionante de la catedral o lo curioso de su reloj astronómico).

—Es el más grande del mundo —alardea Vittorina mirando a Ramón, pero dirigiéndose al resto del grupo.

Quedan unos minutos para que den las 12 en punto.

En la plaza, decenas de turistas están parados, con sus móviles en alto, los brazos temblando por la espera.

Martín Meier protesta por lo bajini incapaz de comprender cómo un hombre de su posición tiene que esperar a que un reloj marque las doce.

Son unos minutos aburridos y angustiosos en los que miran cómo un par de saetas se mueven lentamente.

Entonces, el rugido de un león y el canto de un gallo rompen la espera.

El entusiasmo de la gente se expande por la plaza entre ¡ohs! y ¡ahs!

Durante un par de minutos una serie de escenas incrustadas en la torre cuadrada de la catedral se mueven.

A veces se ve el truco, otras se pueden dejar llevar por la magia.

En cualquier caso, son dos minutos con el cuello encogido para mirar hacia arriba.

Sabrina se marea cuando vuelve a su posición normal y Jacobo, siempre atento, se atreve a posar una mano en su nuca y masajearla suavemente.

De nuevo, Sabrina le sonríe complacida y vuelve la mirada al suelo.

Lo último que quiere es cruzarse con los ojos de Jimena o los de Tina.

No hay mucha sombra en Mesina y el calor sigue escurriéndose por la piel. Caminan pegados a los edificios (el palacio del zodiaco, el del Monte di Pietà, el teatro Vittorio Emmanuele), han perdido la cuenta de las fuentes que han visto, y de sus nombres.

Vittorina se esfuerza por mantener el relato, la teatralidad, la frescura, pero el grupo ha perdido totalmente el interés y la guía se centra en la única persona que le atiende: Ramón.

Sabrina sonríe al verlos reír. Antes de irse a Londres se habría enfadado con él por mancillar la memoria de su madre.

Hoy no está enfadada; está… ¿aliviada? Por fin su padre podrá dejar de estar anclado a una ausencia. Y si su padre puede, ella también.

Ya nadie, salvo Ramón, hace caso a Vittorina, que, en vista de su falta de público ha rebajado su teatralidad y es ahora una persona más mundana y cercana.

Nota una mano en su cintura. Sabrina mira a un lado. Jimena sonríe traviesa, como si quisiera decirle algo, pero no es su mano la que está en su cadera. Jacobo la retira de nuevo para abanicarse un poco el cuello de la camisa.

—Parece que el amor está en el aire —Jimena choca hombro con hombro con Sabrina.

—¿Puedes darme un respiro, Jimena? Tu hermano y yo no nos hemos liado ni nada.

—Lo decía por tu padre y la guía, pero ya que sacas el tema… —Jimena se pone delante, caminando de espaldas con las manos atrás—. ¿No os besastéis anoche? No lo diría a juzgar por los mimos que os estáis dando.

—Jimena… —dice Jacobo entre dientes.

—Sólo está siendo amable. Y no, no nos besamos —Y consciente de que eso supone darle una bala extra a Jimena, añade—: No nos íbamos a besar borrachos, ¿verdad, Jacobo?

—Eso es.

—Así que esta noche…

—¡Jimena! —vuelve a decir su hermano.

—Tranquilo, Jacobo. Lo harás bien.

Jacobo no sabe dónde meterse. Se ha puesto de color rojo bermellón y los sudores por la vergüenza se le suman a los de la humedad.

—¿Sabes qué, Jimena? Tienes razón —empieza Sabrina.

—Sabrina —dice Jacobo.

—El amor está en el aire —Sabrina ignora a su prometido—. Justo lo estaba pensando. Si mi padre puede superar una ausencia de años y volver a enamorarse, yo también puedo hacerlo.

Jimena encaja el golpe y asiente apretando los labios.

—Pues ya está claro, entonces —La sonrisa de Jimena esconde algo que Sabrina no sabe interpretar—. Bienvenida a los Meier. ¡Disfruta del show!

Jimena se aleja de su lado dando saltos acrobáticos como si fuera una mala bailarina.

DE fondo, siempre de fondo, Sabrina escucha la música de una de las piscinas unas plantas más abajo.

El diseño del barco y el personal se han esforzado por dividir la zona VIP del resto, como si fueran dos mundos totalmente diferentes; una frontera invisible pero infranqueable separa la algarabía del silencio, la plebe del privilegio.

Ella daría su mano izquierda por bajar, pedirse una pinta y echarse cuatro bailes con algún alemán torpón.

La piscina del Yatch Club es una masa negra y mansa que refleja la luna llena como si fuera un espejo de obsidiana.

Sólo está ella y una pareja más en el otro borde.

Como ella, están tumbados en las hamacas, dejándose mecer por el vaivén del barco.

Se dan codazos entre risas para despertarse.

Sabrina sospecha que están en su viaje de novios.

Escucha unos pasos y, sin levantar la vista, ya sabe quién es.

—Le he traído una manta, señorita Díaz —dice Jeeves—. En alta mar el aire es más fresco y puede resfriarse.

Sabrina le da las gracias. Otro butler le deja un par de mantas a la pareja de enfrente, que las rechaza. Prefieren irse ya al camarote.

—¿En el Yatch Club no hay bailes latinos? —pregunta Sabrina.

—Me temo que no, pero puedo acompañarla abajo, si lo desea.

—¿Bailarías conmigo, Jeeves?

Al mayordomo se le escapa una risita nerviosa.

—Lo haría con sumo gusto, pero me temo que no puedo, señorita Díaz.

—Está claro que esta no es mi noche de suerte —dice Sabrina cogiendo la manta y echándosela por las piernas.

—La noche todavía es joven —responde Jeeves. Señala a la luna como si fuera a emitir un mensaje—. Puede ir al espectáculo del teatro o a la bolera—. Mira el reloj—. Bueno, a la bolera ya no.

Sabrina chasquea los dedos y simula fastidio por haber perdido la oportunidad.

—En realidad, estoy bien aquí.

—¿Otra vez escondiéndose?

Jeeves sigue de pie, con las manos entrelazadas a la espalda, apurando el tiempo de conversación cortés que puede tener con un cliente.

El tiempo extra que le solicitó a Jacobo ya ha terminado así que sí, técnicamente, está escondiéndose otra vez.

Se ha disculpado en la cena con un dolor de barriga y ha vuelto a su camarote.

El dolor es real, pero no es por un empacho o una intoxicación.

Son los nervios estrujando las cuatro esquinas de su estómago.

—¡Ah, aquí estás!

El mayordomo se hace a un lado y la figura de su padre, pantalón azul cielo nocturno, camisa azul cielo diurno, se hace clara.

—¿Desea algo, señor Diaz?

—Oh, no, lo decía por ella. No, no quiero nada. Gracias.

Ramón se queda junto a Jeeves. Aunque el butler le saca una cabeza, se siente intimidado por el aura del señor Díaz, como si reconociera a uno de los suyos que ha conseguido alcanzar el sueño dorado.

Su padre se sienta a su lado, en el borde de una hamaca. Le pone una mano sobre la tripa.

—¿Estás mejor?

—Sí, ya estoy mejor —dice Sabrina.

—En ese caso —Ramón se dirige al mayordomo—. ¿Podría traernos un par de pintas de Guinness, por favor?

—Por supuesto —Jeeves se inclina ligeramente antes de marcharse a por las cervezas.

Ramón se sienta en la hamaca de al lado emitiendo un resoplido.

—Ha sido un día movido. Unos días movidos. Pero sólo quedan un par de noches más —Ramón le agarra una mano y la estruja, como si le quisiera imprimir la fuerza necesaria para este último esfuerzo. Sabrina mira la mano. O la sombra de ella.

La oscuridad se come los detalles y Sabrina debe fiarse de su oído para interpretar que la voz de su padre suena serena y confiada con su respuesta. Su conversación en susurros contrasta con la bachata y las risas de la gente que sigue de fiesta.

Jeeves vuelve con sus pintas. Padre e hija se incorporan y despiden al mayordomo.

Brindan. Su padre no lo sabe, pero los ecos que llegan de la cubierta inferior son de la canción Las cosas pequeñas de Prince Royce.

Resulta absurdo, casi un chiste de mal gusto: la bachata canta alegremente que el amor no necesita lujos ni dinero para ser feliz, justo ahí, en la zona VIP del piso catorce, donde el amor se compra y se vende.

La vida es un absurdo, la vivas como la vivas.

El resto son capas de colorines para hacerla más bonita. Aunque siempre hay colores más bonitos que otros y eso es lo que quiere su padre para ella: una capa de un color dorado.

La bachata sigue sonando de fondo. Quiere reivindicar su papel de capa embellecedora de la vida.

—¿Te ha gustado Mesina, ¿papá?

—Está bien, la verdad.

—Un buen sitio para vivir, ¿no crees? —insiste Sabrina. No sabe cómo sacarle el tema de Vittorina y está segura de que su padre no lo va a mencionar.

—Bueno, salvo por el italiano…

—El italiano se aprende hablándolo. Además, ya sabemos un montón de palabras.

—¡Todas las de la carta! —bromea Ramón.

Sabrina da otro trago y se le queda un bigote de espuma en el labio. Su padre ríe y le pasa una servilleta.

—Ahora que tienes bigote blanco sí que eres clavadita a mí —bromea.

Sabrina se limpia.

—Y la gente es muy simpática, a que sí.