Noche 5 Mesina
LA brisa del estrecho de Mesina apenas refresca el calor que se enrosca en el cuello como un pañuelo de lino húmedo. Los rayos del sol rebotan en la Madonnina situada en lo alto del faro que emite un fulgor propio de una reina.
Tina carraspea.
—Hoy vamos a pasar el día como una gran familia —dice con solemnidad.
Ha agrupado a su familia en el puente del barco.
Los observa a través de sus enormes gafas de sol.
Jacobo ha bajado con un recogido en el pelo y un botón de más desabrochado, pero con una gran sonrisa.
Va pegado a Sabrina, que se deja querer envuelta en su vestido blanco, y con su Birkin de lona al hombro.
Tina sonríe. Da por hecho que están en ese momento en el que ya han “formalizado” la relación pero creen disimular para guardar las apariencias antes de contarlo.
Le da un codazo a Martín, que sonríe al verlos.
Le encanta que los planes salgan bien. Tiona le dirá a su hijo que lo haga oficial en la cena de gala, la noche siguiente, para darle el empaque que merece.
Algo despegada del grupo, Jimena mira a la pareja mientras masca chicle con desgana. A ella no le hace tanta gracia. Su estrategia de hacer pasar a Jacobo por un sieso ha tenido el efecto contrario: lo ha envalentonado.
Tina sigue con su sonrisa triunfal hasta que un orificio de su nariz capta un olor que no descifra pero que sabe que le va a acompañar durante todo el día.
Ha oído que el sur de Italia es muy diferente al del norte, más humilde, más crudo.
Desde luego, desde el puente del barco Mesina le parece chata y gris.
—He contratado un tour privado y he reservado en un restaurante —dice Tina que ya señala la dirección que deben tomar.
—Apasionante —protesta Jimena.
El sol cae a plomo sobre el puerto, envolviendo los adoquines en un resplandor blanco que obliga a entrecerrar los ojos. El grupo formado por los Meier y los Díaz avanzan animados hacia una plaza donde les espera una figura imposible de ignorar.
— ¡Benvenuti a Sicilia! Soy yo, Vittorina, vuestra guía de hoy —anuncia una mujer de vestido floral, gafas de sol de carey y un sombrero de ala ancha decorado con limones bordados.
En la mano lleva un abanico que parece más una extensión de su cuerpo que un accesorio—.
Preparados para un viaje por Mesina… y por el tiempo —Despliega el abanico y se cubre la boca y la nariz, dejando únicamente a la vista unos ojos con demasiada máscara de pestañas.
Ramón es el único que le ríe la gracia.
La mujer recoge el abanico, resignada. Tiene unos cincuenta largos, piel color cobre, y un carisma que no se puede enseñar en ningún curso de turismo.
Habla como si el pavimento fuera un escenario y ella, la protagonista absoluta.
Todos la miran, entre encandilados por su presencia y algo avergonzados por el cuadro que tienen delante.
—Bueno, al menos la guía va a dar juego —susurra Jimena a Sabrina, que le devuelve una sonrisa educada.
Vittorina examina al grupo con ojos entrenados, detectando en segundos quién va a hacer muchas preguntas, quién no entiende nada y quién se cree más listo que ella. Se planta con fuerza frente al semicírculo que han formado y alza su voz como quien lanza un hechizo:
—Antes de empezar con templos, relojes medievales y monstruos marinos, ¡una pregunta rápida para romper el hielo! ¿Qué es lo primero que les viene a la mente cuando oyen la palabra “Sicilia”? ¡Vamos! Sin filtro. La primera imagen. Quien hable primero, gana un bombón de pistacho.
Se hace un silencio corto y tenso. Se miran entre ellos, cohibidos. Jacobo murmura El Padrino . Tina dice “cannoli” pero su voz no alcanza más allá del pañuelo de su cuello.
Jimena levanta una ceja. Siempre hay que aprovechar las oportunidades que te da la vida.
—Corrupción, mafia y hombres sudando en camisas de algodón.
Se hace un silencio. Los ojos de Tina están a punto de dar la vuelta en su propia cuenca.
La guía pestañea. Sonríe como quien reconoce a una adversaria con estilo.
— ¡Mamma mia! —exclama con una carcajada—. Y yo que pensaba empezar con algo suave. ¿Cómo te llamas, guapa?
—Jimena —dice ella, con una media sonrisa que es más una advertencia que una presentación.
—Jimena, por favor… —le advierte su madre.
Pero la guía lo disfruta. Vittorina chasquea la lengua y alza el abanico como si saludara a una flamenca.
—Bueno, Jimena no gana el bombón, pero gana mi respeto —Mira al grupo—. Al menos alguien dice lo que piensa. Sicilia no es una postal; es una tierra de belleza, lucha y contradicción. Y eso es justo lo que vamos a ver hoy: historia, mito y verdad mezclados como en una buena salsa.
Jacobo suelta una risa por lo bajo.
—Qué guay, eh —le dice a Sabrina que ha instalado en su cara su sonrisa educada de manera permanente.
El grupo empieza a caminar tras la guía por callejuelas de piedra caliente donde ha quedado atrapada la sal del mar.
Vittorina se detiene en un mirador elevado, donde el mar se extiende azul y afilado, con remolinos suaves como espirales de aceite.
Desde allí, se ve la línea ondulante de Calabria al otro lado, y entre ambas orillas… un abismo.
— ¡Signore, signori… e Jimena! —canta con una voz firme, teatral, que delata sus clases de interpretación.
La guía turística se planta ante el grupo como una actriz a punto de entrar en escena. Es una mujer robusta que usa el abanico para espantar el calor, pero también como instrumento de puntuación dramática.
—Bienvenidos al lugar más traicionero del Mediterráneo. —Se gira hacia el agua con una sonrisa de media luna—. Ustedes ven mar, olas, barcos… ¡Pero yo veo una trampa! Una prisión líquida entre dos monstruos.
Sabrina parpadea expectante. Necesita evadirse por un momento de la realidad y cualquier historia que le cuenten, por muy fantasiosa que sea, le vale. Jacobo pone los brazos en jarra y golpea sin querer a Sabrina. Se disculpa.
—Este es el Estrecho de Mesina —continúa la mujer—. Y si hubieran nacido hace tres mil años, habrían rezado al cruzarlo. Porque aquí vivían dos horrores… ¡dos criaturas salidas del estómago de la pesadilla!
—Esto me está sonando a un libro que leí de niño —le dice Jacobo a Sabrina.
Usa cualquier excusa para hablarle, para acercarse a ella.
Puede que no se hayan besado (todavía) pero Jacobo ya actúa bajo una política de hechos consumados.
Jimena es la única que no mira a Vittorina porque no puede apartar los ojos de la pareja.
Sabrina se aparta un poco de Jacobo. Quiere escuchar la historia por la guía, no por él, momento que aprovecha Jimena para meterse en medio.
Nota la mirada de su madre socarrándole la nuca.
La guía da un paso adelante. El abanico se cierra de un golpe, como una sentencia.
—A un lado, Escila. Imaginaos una joven hermosa malcriada por una bruja celosa. Convertida en una criatura con seis cabezas de perro, seis fauces llenas de colmillos, que salían de su cintura como tentáculos. Vivía en una cueva oscura, en la costa de Calabria, esperando.
Hace una pausa demasiado larga.
—¿Esperando a qué? —pregunta Ramón. Asume que alguien debía hacer la pregunta para seguir con el teatrillo.
Vittorina se le acerca lista a seguir con el guión. Sin embargo, al reducir la distancia con el hombre, pierde la concentración. Los ojos vivarachos de Ramón la han seducido. Agita su abanico. Su cuerpo le está diciendo que espabile.
—Esperando que los barcos pasaran cerca… para devorar a los marineros de uno en uno. Sin aviso. Sin compasión. Como un impuesto a la importación.
—¡Ja! —Martín suelta una carcajada—. El monstruo era Hacienda.
El resto, por supuesto, le ríen la gracia.
—Y aquí —Vittorina gira en redondo hacia la costa siciliana —en el lado donde estamos ahora…
Caribdis. Una vez fue una ninfa del mar.
Bella. Rebelde. Hija de Poseidón que robaba agua para su padre.
El gran Zeus, harto de su insolencia, la maldice.
¡Y zas! —Cierra el abanico de golpe— Se convierte en un remolino eterno.
No de viento, sino de sed. Traga, traga y traga el mar entero tres veces al día para luego vomitarlo.
Una ráfaga de viento levanta un pliegue del vestido de Sabrina. El grupo permanece en silencio, hipnotizado. Hasta Jacobo parece fascinado. En su cabeza aparecen los dibujos de aquel cuento infantil. Ya sabe quién aparece ahora.
—Y entre esos dos horrores —dice la guía, abriendo los brazos como Moisés separando el mar—, tuvo que pasar Hércules.
— Él nunca ha dado un paso atrás, de cero a héroe en un pis pas —le canta Jimena a Sabrina.
Pese a que lo intenta, Sabrina no puede evitar reírse.
—Sí, sí. Nuestro querido Heracles —continúa de fondo la guía—.
Había robado los bueyes de Gerión en uno de los doce trabajos que le había impuesto la diosa Hera como castigo por haber matado a su mujer y su hija.
Heracles volvía por este camino con su botín, pero cuando llega al estrecho…
lo encuentra así: Escila gruñendo desde los riscos, Caribdis girando como una diosa de la destrucción.
Vittorina abre su abanico y lo usa como timón imaginario.
—¿Y qué hace el héroe? ¿Espera a que se calmen? ¿Rodea Sicilia? ¡No! Hércules toma los remos con sus propias manos —Vittorina se acerca a Jacobo y le toca el bíceps. Jacobo dobla el brazo y lo pone duro—. Se pone en medio de los dos monstruos, suelta un grito que parte el aire, y rema.
Golpea el suelo con el tacón. El grupo da un pequeño respingo.
—Rema con tanta fuerza que el mar, por un instante, se aparta. Caribdis falla su succión. Escila lanza sus cabezas, pero sólo alcanza a morder aire. ¡Y Hércules cruza!
Pausa. Los ojos de la guía brillan como brasas.
—Y así, mis amores —dice Vittorina mirando a Ramón—, aprendimos algo que los griegos ya sabían: a veces la única salida es pasar por el centro del peligro. No evitarlo. No rogar. ¡Remar con fuerza y no mirar atrás!