Noche 4 Civitavecchia y Roma #2
Comienzan a sonar los primeros acordes y Jacobo se arranca con una voz rasgada que se gana al público de inmediato cuando reconoce All for love .
Sabrina siente que el suelo se inclina, aunque no sepa si es por el oleaje o por el absurdo de la situación.
Jimena, a su lado, está cruzada de brazos fingiendo disgusto, pero sus labios esbozan una sonrisa que delata más de lo que desea admitir.
Sí, van a cantar la canción de los tres mosqueteros y ya se han repartido las voces de Rod Stewart, Sting y Bryan Adams.
Jimena se inclina hacia Sabrina, su voz es un susurro que acaricia sus orejas. Apenas puede disimular el escalofrío que siente en todo su cuerpo.
—¿En qué momento hemos permitido que esto sucediera?
—Creo que ha sido en el tercer chupito.
Aunque tiene a Jimena en sus oídos, Sabrina no puede apartar la vista de Jacobo, que se balancea como un péndulo entre la pasión y el ridículo.
Es D’Artagnan, el mosquetero joven y ansioso de aventuras.
Se ha recogido el pelo como se lo recogió su hermana en el ascensor del Castelletto de Génova y toda su expresión corporal ha cambiado.
Hasta parece que le sale una tripita bajo sus abdominales cincelados. Mira a Sabrina. Es su turno.
— I’m the one who'll stand by you... —canta tímidamente.
— I'm the one who'll be true... —entra Jimena metida en el papel. Si va a morir en la batalla del karaoke, lo va a hacer a lo grande.
El estribillo llega como una ola imparable.
Jacobo, transfigurado en un héroe de opereta, les empuja los micrófonos hacia las bocas.
Sabrina murmura las palabras como si rezara un requiem, mientras Jimena grita el love con más intensidad de la que requiere la canción pero que entusiasma al público.
Sus voces chocan, se mezclan, se contradicen:
— All for love.
— It's all for love.
— LOOOOVE.
Jacobo las mira extasiado, Sabrina intenta no reírse y Jimena disfruta demasiado de ese caos.
Cuando llega el “ all for one, one for all ”, Jacobo, en un gesto que parece sacado de una película de aventuras, agarra las manos de las chicas y las une sobre las suyas. Las palmas se encuentran: la de Sabrina, fresca y tensa; la de Jimena, cálida y desafiante.
—Esto es patético —murmura Sabrina, pero no retira la mano ni deja de cantar.
Ha encontrado su encaje, su ser. Hace como que no le gusta, pero está disfrutando de la canción, del momento, de esos segundos de conexión consigo misma en los que, si alguien la está juzgando, es por lo que es, no por lo que finge no ser.
—Lo sé —responde Jimena, apretando ligeramente los dedos de Sabrina—. Pero mira a Jacobo. Está viviendo su mejor momento.
Y es cierto. Jacobo canta como si el destino del mundo dependiera de esta canción, como si, por unos minutos, los tres fueran realmente inseparables. Jimena sonríe. Está llevando a su hermano al lado oscuro y eso es algo que va a martirizar a su madre.
La música termina. Los aplausos son escasos pero sinceros. Jacobo suda felicidad. Sabrina respira hondo, como si acabara de salir de una batalla. Jimena sonríe, maliciosa, y acerca los labios al oído de Sabrina:
—La próxima canción la elijo yo. A ver si aguantas.
Lejos de achantarse, Sabrina la reta.
—¿Te vas a poner romanticona?
Jimena la mira con complicidad. Se sientan en una mesa a escuchar a otras personas desgañitarse en público como lo han hecho ellos hace un momento. Jacobo se inclina hacia su hermana.
—Creo que me voy a lanzar.
—No seas pesado, ya has cantado una canción y has dejado huella —le dice Jimena tras dar un trago largo a su cerveza.
—No, no, me refiero con Sabrina.
Jimena se gira. Tiene que sonreír, pero no le sale. Jacobo abre los brazos y la camisa se ahueca para enseñar parte de su torso torneado por horas de gimnasio.
—En realidad, tengo que darte las gracias, Jimena. Sin ti, no podría haberlo hecho. Me has dado el empujoncito que necesitaba.
—Pero, pero… Igual te estás precipitando.
Tienen que gritar para hacerse entender y Sabrina se gira porque le ha parecido oírles discutir. Cuando los mira, los dos hermanos sonríen como si hubieran hecho una travesura.
—Para nada. Me gusta, le gusto —Jacobo susurra de nuevo a su hermana. Aunque el susurro es más bien un gallo descontrolado—. ¿Sabes que ofician bodas en este barco?
Eso sí lo ha oído Sabrina que evita girarse. Jimena la mira de reojo. Las luces azules y rojas, la oscuridad del lugar, las risas de la gente hacen difícil pensar con claridad.
—Luego la acompañaré al camarote. A ver si hay suerte —dice Jacobo en un tono más bajo. Se reclina sobre su asiento con las piernas abiertas y una seguridad en sí mismo inédita. Parece transmutado en un criptobro con la autoestima hinchada.
Una encerrona así será difícil de eludir para Sabrina, y Jimena se pregunta si tendrá las armas necesarias para afrontarla… si es que quiere.
JACOBO está frente a ella. Su camisa blanca arrugada, remangada y algo abierta para dejar ver los trazos marcados de sus pectorales y sus brazos que tanto esfuerzo le cuesta esculpir en el gimnasio.
Marco Aurelio.
M-a-r-c-o-A-u-r-e-l-i-o.
Aunque sepa qué es lo que toca hacer, el heredero del Grupo Meier tampoco sabe muy bien quién es.
A Sabrina le llega el olor a licor procesado por un cuerpo que todavía se mantiene en pie a pesar del cansancio.
—¿Te lo has pasado bien? —le pregunta Jacobo con la voz ronca de Brian Adams.
Sabrina asiente. Muestra sus dientes sonriendo, pero no sabe muy bien a qué. Tiene un pequeño tic en la comisura del labio, el reflejo de un impulso de huida que se esfuerza por contener.
—¿Y tú?
—Ha sido una noche casi perfecta —responde su pretendiente con seguridad.
—¿Casi? —Sabrina pregunta aunque al instante ya sepa la respuesta. Se castiga a sí misma por no haber sido capaz de saltarse esa línea del guión de novela romántica.
Jacobo asiente mientras se agacha un poco, sus ojos, oscurecidos por la penumbra, buscan la boca de Sabrina. La tensión se vuelve densa en el pasillo. Se oyen ecos de pisadas, conversaciones que emanan de las puertas. El joven se inclina, se humedece los labios y cierra los ojos.
Es evidente lo que quiere para que la noche termine de ser perfecta, aún así, Sabrina no se aparta de inmediato.
Hay un segundo, quizá apenas medio segundo, donde lo deja avanzar.
Porque sí, porque es guapo, porque es amable, porque, a pesar del alcohol, huele bien, porque es un Meier.
Porque su padre se emocionaría. Porque podría repetir ese día de lujo y despreocupación las veces que quisiera.
Solo tiene que cerrar los ojos y firmar el contrato.
Justo cuando él roza el aire junto a su boca, Sabrina apoya una mano firme contra su pecho.
No lo empuja, pero sí planta un límite en su avance.
Con los dedos de la otra mano, empieza a juguetear con el segundo botón de su camisa, un gesto aparentemente coqueto que en realidad le ayuda a mantener la distancia.
—Jacobo —dice suave—. ¿De verdad quieres que nuestro primer beso sea así, con los dos medio demacrados, con este aliento a alcohol?
—Sabrina le sostiene la mirada, forzando una sonrisa sugerente, jugando la carta de la mujer que espera algo “especial” para ocultar su pánico—.
Creo que nos merecemos algo mejor que el pasillo de un camarote a las tantas de la madrugada.
Él se detiene. La mirada le cambia. No es enojo pero es difícil de definir: algo entre decepción y respeto, con una pizca de la autocomplacencia que tienen los hombres que creen haber entendido el juego de la seducción.
—Tienes razón —dice él, retrocediendo con una sonrisa casi perfecta—. Tienes razón. No hay que precipitarse. —repite para convencerse más a sí mismo que otra cosa.
Sabrina le abraza para evitar que se rompa. Jacobo es un Marco Aurelio de juguete, caro y delicado, que hay que manejar con pinzas.
Él se despide con un beso en la mejilla, ceremonioso y leve.
Cuando Sabrina cierra la puerta, el camarote se queda en silencio. Se deja caer de espaldas sobre la cama, los ojos abiertos en la penumbra. Con el dorso de la mano se frota los labios, ahí donde Jacobo ha estado a punto de rozar los suyos. Luego se muerde a sí misma como un perro rabioso.
Sólo quiere una noche, una noche más para ella misma antes de convertirse en una Meier.