Noche 4 Civitavecchia y Roma
A pesar de que lo espera, el corazón de Sabrina da un brinco cuando escucha el toc-toc en la puerta.
No ha dormido bien. Su colchón, lejos de parecerle la nube de las últimas noches, parecía más bien una cama de pinchos sin ser ella un faquir ni nada de eso.
La inquietud, los rayos y las dudas han hecho de su cuarta noche por el Mediterráneo un templo a la turbación.
Su padre ha sabido durante todo este tiempo que ella y Jimena tuvieron una aventura en el internado.
Entiende que para él ha podido ser complicado lidiar con esta información, que incluso sentiría como una traición no poder decírselo a los Meier, pero es su padre, joder.
Han hablado horas y horas por teléfono. ¿No se lo podía haber dicho antes?
¿No podía haberle contado qué había sido de Jimena después en lugar de dejar que pensara que pasaba de ella, que la había abandonado?
A no ser que eso fuera lo que su padre quería que pensara.
Puede soportar que los Meier jueguen con su disponibilidad, con su agenda, pero no su padre.
Evita el reflejo del espejo de la entrada de su camarote. Los pelos de loca son sus rezos y las ojeras, su penitencia. El latido de su corazón parecen pasos de Semana Santa.
—Buenos días, señorita Díaz —dice Jeeves. Su tono ha ido menguando, del buen ánimo a la preocupación al ver a Sabrina.
Sabrina le agarra del brazo y lo arrastra adentro.
—¿Está usted bien?
—Perfectamente —Sabrina se peina un poco con las manos—. La tormenta no me ha dejado dormir.
El butler da por buena la excusa.
—Necesito que me planees el día. Quiero estar sola. O con gente que no me conozca —le pide—. Quiero hacer cosas, y a la vez estar tranquila. No pensar, o pensar en otras cosas. Y sobre todo, no quiero cruzarme ni con los Meier ni con mi padre.
Jeeves se cuadra como un militar que ha recibido una orden.
—Y quiero el desayuno aquí.
—Sí, señorita. Vendré en treinta minutos con su desayuno y su planning . Así usted puede prepararse para un día completo de actividades.
—Bonita manera de decirme que me duche y me adecente —responde Sabrina.
Tal y como se han prometido, Jeeves está de vuelta y Sabrina ha mejorado su aspecto considerablemente. La idea de tener un día completo sin saber qué va a hacer le ha devuelto la ilusión. Aún así, las ojeras persisten.
—¿Cuál es el plan? —le pregunta al mayordomo mientras este empuja el carrito de su desayuno.
—Sorpresa. Va a ser todo sorpresa —dice Jeeves—. Desayune tranquila. Vendré a buscarla en otros treinta minutos. ¿Le parece bien?
Sabrina ve las bandejas que componen su desayuno: tostadas, fruta, huevos, salmón…
—Mejor en una hora.
Jeeves vuelve a cuadrarse y se despide con un “Hasta luego” que no le sale natural, pero sí gracioso.
Sin embargo, Jeeves no vuelve. Sólo le desliza una tarjeta por debajo de la puerta. Sabrina se agacha, con cuidado para no aplastar toda la comida que tiene en el estómago, y es capaz de oír los pasos del mayordomo alejándose por el pasillo.
09:30 – Spa: sesión relajante integral
Sabrina asiente complacida. Es una opción obvia, pero es cierto que si no se hubiera tomado un tiempo para ella sola en aquel crucero, no la habría disfrutado.
Además de la hora y el texto, hay un par de notas a mano.
Una de ellas es un plano muy sencillo del camino que debe recorrer Sabrina para llegar al spa.
La otra es un comentario hecho con una letra redonda, casi infantil: “Me he asegurado de que ningún Meier tenga la misma hora a la misma actividad”.
El spa es una oda al mármol blanco, con aceites cítricos flotando en el aire y personal que se comunica en susurros como si estuvieran custodiando secretos antiguos.
Primero, un masaje. La masajista, con unas manos capaces de deshacer nudos físicos y emocionales, deja a Sabrina flotando. Cuando baja de la camilla y toca el suelo le parece mundano, ofensivo, como si sobrara en ese mundo etéreo en el que se ha metido.
Luego, limpieza facial, exfoliación, mascarilla con textura de mousse de nube. Huele a café, a chocolate, a madera mojada.
En la sauna, el mundo desaparece en vapor. Y el jacuzzi … ¡Oh, el jacuzzi ! Burbujas, una copa de agua de pepino, vistas al mar embravecido por la tormenta que se despeja y vuelve a aparecer rompiendo con las esperanzas de los turistas.
Sabrina se hunde hasta los hombros, cierra los ojos y piensa que así deberían empezar todos los lunes de la humanidad. Seguro que los de Jimena son así… O muy parecidos.
Ahora el espejo le devuelve un reflejo mucho más amable y sin ojeras.
Una trabajadora le da un sobre con membrete del crucero. Sabrina lo abre:
12:45 – Taller de cocina: pasta fresca.
De nuevo, un mapa para llegar al taller y una nota a mano: “Al finalizar, os coméis lo cocinado, así que sirve también como restaurante exclusivo”.
El chef se llama Lorenzo, lleva un pañuelo rojo en el cuello y habla como si cada frase fuera una declaración de amor a los carbohidratos.
—La pasta no se hace con las manos —dice—. Se hace con el alma.
Sabrina amasa, estira, corta. Ríe con sus compañeros de taller. Hace tortellini con forma imperfecta y los mira como si fueran sus hijos.
Lorenzo la mira con orgullo profesional.
— Bravissima . ¡Pareces italiana!
Y, por un momento, ella también lo cree. Se ve viviendo en una casa de campo, con una huerta y una vieja cancha de tenis donde Jacobo juega con sus amigos, organizando cenas temáticas y diciendo cosas como “esto necesita más salvia”.
Come con desconocidos con quienes no tiene que fingir lo que no es. Es la Sabrina divertida y desenfadada que creía haber olvidado.
15:30 – Cine: “Vacaciones en Roma”.
—¿Hay un cine?
“Sí, hay un cine”, responde Jeeves en la nota a modo de respuesta adelantada.
No han podido bajar a Roma por culpa de una tormenta, pero el crucero proyecta la película en su pequeño cine de terciopelo rojo.
Audrey Hepburn en Vespa. Gregory Peck con su sonrisa irresistible. Sabrina se arropa con una manta y se deja llevar por la historia.
No puede terminarla porque se queda dormida en la butaca soñando que ella es Audrey y que Jacobo tiene las picardías de Gregory Peck, sólo que no las tiene.
Jimena sí las tiene, y en un hipotético remake de Vacaciones en Roma , además de gentrificación del Trastévere y selfies en la fontana di Trevi, las protagonistas serían dos mujeres independientes.
Sabrina se despierta sobresaltada por un carraspeo grave. El acomodador le entrega un sobre. Sabrina lo abre con entusiasmo, pero se le cae el ánimo cuando lee su próximo destino.
18:00 – Biblioteca: lectura libre.
No es lo que tenía en mente, pero desde luego le ayudará a mantenerse alejada de los Meier. No recuerda haberlos visto coger un libro en todo el viaje.
La biblioteca es silenciosa, acogedora, con sillones que te abrazan y una luz de atardecer que se cuela por la ventana. El cielo se despeja, a escasas horas de que el crucero se aleje rumbo a otro puerto.
Aunque se ha perdido Roma y Civitavecchia, se ha encontrado a sí misma.
O eso quiere creer.
Sabrina hojea una revista de diseño escandinavo, luego un libro sobre jardines japoneses. Lee despacio, sin prisa, semitumbada en un sofá blanco. Nadie la espera, nadie la interrumpe.
En la página 27, se ve de nuevo inmersa en un jardín de piedra y césped perfectamente cortado.
Casi puede olerlo. Podría vivir así todos los días.
Despreocupada, pero ocupada. Lenta, pero plena.
Leyendo en un sofá de ratán. Puede notar las manos de su pareja acariciándole las piernas desnudas.
Empieza a admitir sin dramatismo, casi con alivio, que la forma más sencilla de sostener esa vida plácida sea aceptar el realismo elegante de su padre y casarse sin más melodramas con…
—¿Jimena?
La mayor de los Meier está sentada a su lado leyendo El tambor de hojalata . Sabrina mira a sus piernas y sobre ellas está la mano de Jimena. Las encoge de manera rápida para desprenderse de ella.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú —Jimena levanta el libro dando por obvia la respuesta.
—¿Crees que podría llevarme este libro? —pregunta Jacobo con un tomo enorme de pintura en las manos-. Ah, aquí estabas —le dice a Sabrina—. Te hemos buscado por todo el barco, ¿verdad, Jimena?
—Sí, pero creo que Sabrina nos ha evitado hábilmente.
—Crees bien.
—Si querías haber hecho un detox de los Meier me lo podrías haber dicho, que soy una experta.
—Jimena, te guste o no, eres una Meier. Vas en el pack —le dice Sabrina.
—Ouch.
—Ey, ey, tengo un plan genial para esta noche —dice Jacobo.
Sabrina mira a la bibliotecaria como esperando que se levante y le de un sobre con la siguiente actividad que la salve de “un plan genial” con los Meier.
Le sostiene la mirada demasiado y la bibliotecaria se toca la cara.
No, ella no es la que tiene el sobre. Busca a su alrededor.
¿Aquel asiático que busca en la sección de relatos?
¿El niño que garabatea un libro? ¿En quién habrá delegado Jeeves la entrega de la nota?
Nadie se acerca a ella y sin saber cómo, por la costumbre de verse acompañada por los hermanos, ha terminado aceptando el plan genial de esa noche.
HAN tenido que bajar unos cuantos pisos para llegar adonde querían, como un descenso a los infiernos de Dante pero con toboganes de plástico y pulseras todo incluido.
La sala en la que están respira el aliento rancio de mil fiestas pasadas, iluminada por luces de colores parpadeantes.
A Jacobo le han coronado con una diadema de plumas que parece arrancada del sombrero de algún duque veneciano decadente.
Empuña el micrófono como si fuera un arma de destrucción masiva contra el buen gusto.
Sí, el plan genial era un karaoke y ahora Sabrina se quiere tirar por la borda.
—¡Esto es por el honor, por la amistad y por el amor! —anuncia con la solemnidad de un general antes de la batalla.