Noche 3 Génova y Portofino #5
—Esa de ahí es el Águila, ¿la ves? —le susurra Ramón señalando una línea leve entre las estrellas.
—¿Desde cuándo eres un experto astrónomo?
Ramón dobla su manta para que le cubra las rodillas. Últimamente, las articulaciones se le quedan frías enseguida.
—He tenido que buscarme mis entretenimientos para no morirme de aburrimiento—responde.
Sabrina le pellizca un carrillo con suavidad. Sabe que su padre se siente solo y que debe buscarse las ganas de vivir.
—Y esa de ahí es Casiopea. ¿Ves la forma de “W”?
Sabrina la ve. Y también ve el nubarrón que se acerca amenazando con borrar todas las estrellas.
—Cuenta la leyenda que era una reina demasiado orgullosa —sigue Ramón, con tono casual, casi didáctico—. Alardeaba tanto de su belleza que los dioses la castigaron. La dejaron ahí, colgada boca abajo en el cielo, girando eternamente.
—¡Oh! Una mujer castigada por ser bella. ¡Qué novedad!
Ramón sonríe e intenta otro enfoque.
—Mira ahí —dice apuntando con el dedo a una estrella reluciente—. Vega —mueve el dedo—, Altair —mueve el dedo de nuevo—, y Deneb. El triángulo del verano.
—Mmm, un trío, esto me interesa más —bromea Sabrina.
—A eso iba —Ramón recoge el guante. Se quita la manta. Ahora está acalorado. No sabe cómo enfocar la conversación.
—Ah, ya —dice Sabrina—. Esto va a ser una metáfora, ¿verdad?
—Claro que sí. ¿Qué clase de padre sería si no usara la astronomía para meterme en tus asuntos?
Su hija emite una risa breve. Se incorpora un poco, apoyando un codo sobre la tumbona, y la mira de reojo.
—Mira, Sabri… A mí no me gusta meterme en tus cosas. De verdad que no. Pero te he observado hoy en Portofino y… lo veo venir.
Sabrina se incomoda. Se arregla la falda, se coloca el pelo detrás de la oreja, mira a su alrededor. Sabía que ese ratito que le había pedido su padre para hablar y estar juntos era una trampa.
Todo el viaje estaba siendo un campo de minas.
—¿Qué ves venir?
Ramón vuelve a señalar a las estrellas.
—Jimena, Jacobo… y tú. Yo ya sabes que no tengo ningún problema con que seas bisexual…
—…siempre y cuando me case con un hombre. Esto es bifobia pura.
—A ver, entiéndeme —Alguien les chista porque están hablando más alto de lo que deben. Ramón baja el tono—. Yo no tengo nada en contra de Jimena, pero no te conviene. No dejes que te distraiga.
—No hay nada entre Jimena y yo.
—Lo sé, lo sé. Voy a ser franco contigo —dice Ramón—.
Jimena es maravillosa. Es divertida, es inteligente, es audaz.
Interviene poco en las videollamadas con la junta de accionistas pero cuando vemos que pide la palabra, todos nos frotamos las manos.
Sabemos que va a soltar algún comentario incisivo, una idea brillante, una perspectiva singular…
que va a sacar de quicio a su padre. Es imposible no enamorarse de alguien así, ¿verdad?
Sabrina se queda callada. No sabe si debe responder a eso.
—Pero el amor no dura para siempre. Da igual lo que hayas visto en las películas o leído en los libros.
El amor se termina, ya sea porque hoy en día nada dura o ya sea porque la otra persona se va.
Y duele. Duele muchísimo cuando se va de tu lado una persona de la que estás profundamente enamorado y sabes que no va a volver.
Es imposible gestionar ese vacío. Imposible —Ramón hace una pausa.
Necesita respirar, traga saliva un par de veces para no llorar—.
Escucha, hija mía, en la vida, en una empresa, en un matrimonio que quieras que dure, necesitas más que belleza.
Necesitas gravedad. Algo que mantenga los cuerpos girando sin salirse de la órbita —Junta las manos haciendo de sus dedos una esfera.
La nube se aproxima. O más bien son ellos los que van hacia la tormenta. El aire ha cambiado radicalmente. Se ha vuelto caprichoso: revolotea entre las mantas, en las sombrillas, en las cadenas que tintinean en algún sitio.
—No es tan simple, papá —dice ella, casi en un susurro.
No puede decir otra cosa porque, como el aire, sus pensamientos también revolotean.
¿Sigue enamorada de Jimena? ¿Podría estarlo de Jacobo?
¿Acaso se puede vivir sin amor? ¿Tina ama a Martín o es simplemente un acuerdo mutuo con más peso y gravedad que el amor?
—Lo sé —responde Ramón—. Pero tampoco es tan complicado.
No te estoy pidiendo que seas infeliz. Te he visto con Jimena, pero también te he visto con Jacobo.
Sonríes. Eso es bueno, ¿no? Solo quiero que pienses en si puedes construir algo.
Algo que dure más que una noche, más que un revolcón en el cuarto de las escobas.
Sabrina lo mira sorprendida. Ramón asiente.
—¿Lo sabías? ¿Todo este tiempo?
El corazón se le va a salir por la boca.
—Pude protegerte una vez, Sabrina. No sé cómo lo hice, pero lo conseguí. Caí en gracia a la directora del internado, supongo —Levanta el dedo y esta vez no es para señalar a ninguna estrella, sino al pecho de Sabrina—. Pero no sé si podré hacerlo más veces.
El barco ha avanzado hasta meterse bajo el cielo grisáceo de la noche latina.