Noche 3 Génova y Portofino #4
Las paredes de cristal empañadas por el aliento de mil turistas revelan una Génova entre postal vintage y caos de lavadora sin frenos: techos rojos oxidados, cables colgando como espaguetis pasados de cocción, y en el puerto, el crucero blanco y plastificado como un férula dental.
Jimena apoya la frente contra el vidrio frío.
Huele al desodorante Versacce de Jacobo, que lucha por tapar su transpiración y a panissa recién frita que alguien lleva en una bolsa de papel grasienta.
Ver el agua a mar abierto le da sed de aventuras, de evadirse.
Su frente rueda por el cristal y mira a Sabrina, que mira al horizonte, quizá con las mismas ganas de huir que ella. La mira, se sonríen.
Los adultos han vuelto al barco, agotados por el trote de la jornada.
Los tres jóvenes apuran las horas y han subido al castillo de Génova para ver el Mediterráneo con perspectiva, que les hace falta.
La excursión a Portofino ha sido breve, lo justo para hacerse unos selfies de postal y meter los pies en el agua.
Ya en lo alto del castillo, en el mirador, cada uno toma un rumbo. Jacobo busca un punto de apoyo sobre el que pintar; Sabrina un espacio libre de turistas que le permita pensar, y Jimena… Jimena va donde Sabrina se detenga.
—¿Esto aguantará nuestro peso o nos dará tétanos gratis? —dice cuando nota a Jimena a su lado. Sabrina agarra con fuerza la barandilla, como si temiera que el viento que sopla en lo alto y que le revuelve el pelo se la pudiera llevar.
Jimena le sonríe de nuevo.
—¿Qué? —pregunta Sabrina nerviosa—. ¿Tengo monos en la cara?
—Conozco esa mirada.
—¿Qué mirada?
—Esa —le señala con el dedo y le toca la punta de la nariz—. La mirada de “¿Y si no subimos al barco?”.
A Sabrina se le escapa una suave carcajada.
No puede fingir que Jimena no la conoce cuando es eso perfectamente lo que está pensando.
Siete noches por el Mediterráneo le parecieron idílicas hace un par de días; ahora parece un eterno retorno del que no sabe si quiere fugarse.
Desde pequeña arrastra una sensación de vivir enclaustrada, como si su paso por el internado la hubiera dejado encerrada en una celda de por vida.
Sabrina vive en constante lucha contra esa claustrofobia existencial que le ha llevado siempre a tener un plan de escape (salir de puntillas en mitad de la noche, psicosomatizar algún dolor hasta la náusea o fingir demencia).
Así que sí, no subir al barco le parece un buen plan.
—¿Qué pasa por esa cabecita? —pregunta Jimena.
Sabrina tiene la tentación de abrirse pero a esas altura de la vida ya ha aprendido que debes cuidar mucho a quién le confías tus pensamientos más profundos.
—¿No me conoces tanto? Ya deberías saberlo.
Jimena se toma eso como un reto. Hace de su mano un puño y lo frota en la parte alta de la cabeza de Sabrina. Luego se lo lleva a la nariz.
—Huelo a… pensamientos confusos.
—Todos los pensamientos son confusos.
—Huelo a pensamientos confusos, acondicionador de Pantene e impaciencia.
—Dos de tres, no está mal.
—¿No estás impaciente?
—¿Impaciente por qué?
—Porque acabe todo este paripé, volver a casa y empezar a vivir tu nueva vida —La mirada baja de Sabrina le indica a Jimena que ha tocado hueso. Se apoya en la barandilla, alarga una mano y toma la de Sabrina.
Ese tacto inconfundible, esa mano que la arrastraba a cualquier rincón en un descuido de las monjas para besarla y que luego buscaba en el interior de la falda la goma de su braga.
—Jimena…
—Sabrina…
Se atreve a mirarla. Casi puede notar los dedos de la Meier apretándole el trasero.
El sol está de medio lado, iniciando su lento descenso hasta que se lo trague el mar.
Medio rostro de Jimena arde (sus ojos son fuego), el otro es terciopelo puro.
Le dan ganas de acariciarlo. Es como un reflejo de su doble personalidad: la gamberra que sólo quiere atormentar a sus padres y la responsable que quiere redimirse y hacer obras de caridad por todo el mundo.
—¿Entonces? —insiste Jimena.
—¿Entonces qué? —Sabrina sigue acariciando los dedos de Jimena.
—¿Y si no subimos al barco?
Podría. Podría quedarse en Génova con Jimena, comer pasta, tomar el sol todo el día, quizá sumarse a un colectivo formado por estudiantes anarquistas y viejos pescadores cabreados que denunciara a esos monstruos blancos de 20 pisos que vomitan turistas en manadas que son los cruceros.
Sabrina retira la mano.
O podría asumir que si esto es el eterno retorno, mejor será que lo viva de manera plácida y a gastos pagados.
—Eso te encantaría, ¿verdad? Quedarnos, ser la comidilla de la jet-set (¿se sigue diciendo jet-set ?), todos los dedos con la manicura perfecta apuntando a tu madre durante el brunch en Le Château —Sabrina casi se corta con su lengua afilada—.
Lo único es que te perderías su cara. Y es eso para lo que estás aquí, ¿no? Para torturarla.
¡Ras!
El filo ha rozado la cara de Jimena que tuerce el labio para sobrellevar el escozor. Son un par de segundos imperceptibles para todo aquel que no se haya acostado con ella en la penumbra del cuarto de las escobas.
—¿Qué cara?
Jacobo llega con el cuaderno todavía abierto para que se seque la acuarela.
Lo lleva sobre las palmas de las manos, como si fuera una ofrenda.
Las chicas echan un vistazo. A pesar de que su pequeña paleta sólo tiene ocho colores, se aprecian los tejados y calles de Génova, el cielo azul rasgado por nubles blanquecinas, y hasta los tentáculos de Il Bigo del puerto antiguo elevándose en el horizonte.
—La cara de mamá cuando descubra que no nos hemos subido al barco —dice Jimena.
—¿No os vais a subir? —Jacobo hace maniobras para que no se le caiga el cuaderno de las manos por el susto.
—Alquilaremos un coche e iremos a Roma por nuestra cuenta —dice Jimena.
—Como un crucero pero por carretera —dice Jacobo pensativo. Intenta abarcar de una todo el mundo nuevo que se le ha abierto—. Pero sin el bufé de desayuno. Y sin el gimnasio. Y sin…
—Sí que nos vamos a subir, Jacobo —le corta Sabrina. Le agarra por el brazo y se lo lleva al ascensor.
—Pero podría ser, ¿no? Es decir, si un día nos perdiéramos la salida, podríamos hacer eso.
—Claro, hermanito —entran al ascensor. Ya no huele a panissa y el desodorante Versacce ha perdido la batalla. Jimena ve en los ojos de Jacobo un fulgor hasta ahora desconocido—. Puedes hacer todo lo que desees.
Mueve una mano en el aire mostrando un catálogo invisible de libertades a su disposición. Sabrina sabe lo que está haciendo Jimena: está plantando en su hermano la semilla de la independencia. Luego Jimena le acaricia el pelo, se lo echa para atrás.
—Mira qué guapo —le dice a Sabrina. Jacobo tiene el pelo recogido en una minicoleta cuya goma son los dedos de Jimena. Algún bucle se escapa, pero muestra un rostro más despejado, con una sonrisa todavía colgada en el escaparate de libertades.
—Muy guapo —responde Sabrina mirando a su pretendiente.
Jacobo se mira en el espejo. ¿Será verdad eso de que puede hacer todo lo que quiera?
LA cubierta está casi en silencio. Solo se oye el oleaje, lejano y rítmico, y las voces suaves del guía que señala constelaciones con un puntero láser verde.
Sabrina está tumbada en una hamaca junto a su padre, cubiertos ambos en mantas del crucero, mirando el cielo como si en él hubiera respuestas.
Tras una larga jornada de un lado a otro, agradecen una actividad donde sólo tienen que estar tumbados y fingir que ven animales en el cielo.