Noche 3 Génova y Portofino #3
—¿Has probado alguna vez esta naranja? —le pregunta cogiendo una naranja como otra cualquiera: redonda, rugosa, naranja—. Por dentro no es como te la imaginas.
—¿Otra metáfora, Jimena?
Sin embargo, Sabrina sabe perfectamente cómo es Jimena por dentro.
Y la naranja también. Estuvo en Florencia hace un par de años y sabe que por dentro es roja y su sabor es algo más amargo que la que pueden encontrar en España.
Si Jimena piensa que puede abrirle un mundo nuevo, está muy equivocada.
Le arrebata la naranja y, sin quitarle ojo a Jimena, clava sus uñas en la piel.
Pese a su grosor, consigue hacer una hendidura por la que saltan unas gotas ácidas de zumo.
Sonríe. Con maestría introduce el dedo en el hueco y lo mueve para abrir la naranja por la mitad.
El rojo de su interior es brillante, granate en la parte más pegada a la piel.
El olor las inunda. El sonido se detiene.
Son ellas dos y la naranja abierta por la mitad, como unos labios esperando su beso.
Sabrina abre la naranja un poco más y los gajos se separan, algunos pierden la forma, otros mantienen el tipo.
Se lleva la naranja a la boca y muerde un gajo.
No puede evitar cerrar los ojos cuando la mezcla de sabores le inunda la lengua.
Un dulzor intenso, meloso, estalla en su boca.
Poco a poco le van viniendo otros matices como a pomelo, a azahar, incluso a fresas, hasta que finalmente le llega el retrogusto ácido del limón que le limpia el paladar.
—Mmm —gime. Eso no lo tenía planeado.
—¡Qué recuerdos! —dice Jimena con sorna.
—Muy graciosa.
—¿Sabes qué me trae recuerdos también?
Sabrina no quiere sonreír. Sabe a lo que se refiere.
Se muerde los carrillos para que la piel de sus mejillas no se expanda, no espachurre sus ojos y le hagan mostrar los dientes.
El recuerdo de ellas dos cogiendo manzanas de la finca de al lado, corriendo delante del dueño y saltando la valla del internado le llega nítido y terso.
Guarda pocos recuerdos de aquella época y de los pocos, la mayoría fueron antes de que se llevaran a Jimena.
Jimena levanta las cejas. Sabrina le devuelve el gesto con complicidad. Están pensando lo mismo.
—Chicas, tendremos que irnos si no queremos…
A lo que Jacobo se da cuenta, Jimena y Sabrina corren hacia la salida con un par de naranjas cada una.
Cruzan a la otra acera y ríen entre resuellos. Son las niñas del internado otra vez, aunque en esta ocasión no va a haber ninguna superiora que les eche la bronca mientras ellas ríen por lo bajo.
—Dios, ya no puedo hacer estas cosas —dice Jimena.
Instantes después, Jacobo sale del mercado con calma, como si la cosa no fuera con él.
—Claro —dice Sabrina—, así no llama la atención. Nadie va a creer que un pijo como él ha robado unas naranjas.
Jacobo llega a su posición con el cuaderno cerrado y las manos manchadas de acuarela.
—En realidad, las he pagado —Luego mira el reloj y empieza a correr—. Que perdemos el bus a Portofino.
A Tina se le va a dislocar la muñeca de tanto girarla. Mira el reloj con nerviosismo. El microbus va a salir y los chicos aún no han llegado. El conductor se gira y la mira. Todos la miran. El runrún del motor en marcha impacienta a los viajeros.
—Un minutito más y nos vamos, ¿sí? —dice.
Su marido le sujeta la mano, no tanto para calmarla como para que deje de mirar la hora.
—Arranque, caballero, ya espabilarán —dice Martín.
El conductor asiente. Está metiendo marcha cuando se escuchan unos golpes en la parte delantera.
— Finalmente —exhala. Abre la puerta y los tres jóvenes entran entre jadeos y disculpas.
Sabrina y Jacobo pasan hacia la parte de atrás. Huelen a naranjas. En cuanto Jimena pasa a su lado, Tina le agarra de la muñeca.
—Siéntate ahí —le señala un asiento vacío junto a un desconocido—. Es hora de que dejes a la pareja tranquila.
Contra todo pronóstico, Jimena le obedece. Tampoco hay más sitios libres.
—Almorzaremos nada más llegar —informa Tina como si se lo dijera a todas las personas del microbus. Cree que decir almorzar es más fino que comer—, y luego daremos un paseo por el pueblo.
—A sus órdenes —contesta Jimena. Luego abre una naranja.
—Jimena, por favor, no se come en el autobús —La voz de su madre suena igual a cuando era niña: timbre dulce, tono agresivo.
Jimena deja escapar un suspiro exagerado mientras se mete un gajo en la boca. Por el rabillo del ojo ve cómo Sabrina aprieta los labios para contener una risa.
—Pero mamá, es que tengo hambre —protesta con la boca llena de zumo, alargando la última palabra como cuando tenía doce años.
Tina se desata el pañuelo de seda del cuello, gesto que todos reconocen: le deja ganar este punto por no querer montar un espectáculo.
La carretera que lleva a Portofino es sinuosa, de doble sentido y carril estrecho.
Cruza pueblos enteros y en ocasiones va a ras de acantilados que llevan a la playa.
Aunque el microbus se mueve ágil, muchas personas en su interior no están acostumbradas a tanta curva y debe hacer un par de paradas para tomar aire.
—Tendríamos que haber ido por la autopista —dice Ramón al bajar. Él está bien, disfruta del paisaje y valora la conducción suave y eficiente del chófer, pero entiende que los Meier lo estén pasando mal. Los rostros del matrimonio poco a poco vuelven a su tono de piel habitual.
—Pero nos habríamos perdido el paisaje —le responde Sabrina. Luego le da un beso en la mejilla.
—Ahora esa pasta frutti di mare no suena tan apetecible, ¿verdad, mamá? —dice Jimena al pasar junto a ella—. Yo me comería un buey.
A Tina casi le sale un eructo. La reserva está hecha así que, con el estómago aún revuelto por el viaje, se acercan al restaurante.
El camarero les ubica en una mesa en la terraza.
Los seis se sientan bajo una gran sombrilla azul con vistas al pequeño puerto de Portofino.
Las casas de tonos ocres, naranjas y amarillos contrastan con el verde de la montaña y el azul del mar.
El bamboleo de las barcas apacigua la tensión.
Las raciones son deliciosas y caras, y la conversación escasa e insulsa, como si las palabras fueran tan costosas como el pappardelle de la casa. Ni el Vermentino alegra la mesa. Jimena está callada, rumia algo y eso siempre es mala señal.
—¿Lo habéis pasado bien en Génova? —pregunta Ramón por animar un poco el ambiente.
—Me ha encantado el contraste entre las grandes avenidas y las callejuelas —responde Sabrina.
—Si te ha gustado Génova, te encantará Roma, Sabrina. ¿Has estado alguna vez? —le pregunta Tina llevándose a la boca un minúsculo pedazo de pescado, un plato que trata de alargar al máximo posible para no parecer que engulle su escasa ración.
Sabrina asiente. Comenta que pasó un fin de semana con una amiga pero que apenas pudo ver nada porque les llovió gran parte del viaje. Jimena la mira a través del líquido de su copa de vino y se imagina a Sabrina con su amiga pasando el fin de semana metidas en la cama del hotel.
—Pues me temo que en esta ocasión no será muy diferente —apunta Martín—. Parece que dan lluvias en la zona, por lo que me ha comentado el capitán esta mañana.
Tina le mira como si él tuviera la culpa de traer la tormenta y deja caer su tenedor sobre el plato. Apenas ha comido un filete de pescado y ya parece que se ha quedado satisfecha.
—Vaya chasco —dice. Se limpia los labios y deja la servilleta sobre la mesa.
—Bueno, hay muchas cosas en el crucero que podemos hacer —dice Jacobo.
—No pienso pisar el gimnasio —le advierte su hermana antes de apurar su copa.
Portofino es una de esas localidades que se están vaciando para llenarse de visitantes y trabajadores, un pueblo pesquero que el siglo pasado vivía ajeno al tsunami de turistas que arrasaría con su población.
Pero por supuesto, los turistas son otros; no los Meier o los Díaz. Ellos pasean como si el pueblo les perteneciera, como si sus pies hubieran caminado por el suelo empedrado durante años, durante siglos.
Siguiendo la estrategia de su mujer, Martín y Ramón amarran con su conversación a Jimena.
Han encontrado un tema que le interesa y que la mantiene alejada de la pareja: su punto de vista desde la distancia del día a día sobre el Grupo Meier.
Si Jimena no se ha perdido ninguna de las reuniones de la junta de accionistas es porque le sigue interesando el mundo empresarial por mucho que lo niegue, y así se lo hace saber.
—En realidad estoy disfrutando del hundimiento. A veces, la mejor ofensiva es dejar que el enemigo avance… hasta que se quede sin recursos. Pregúntale a Rommel.
—¿Rommel? Por Dios… —Martin sabe que la alusión al general nazi no es casual.
Por el contrario, Ramón ríe de manera franca pero sin resultar estridente.
—¿Sabes qué creo? —le dice a Jimena—. Creo que pretendes desligarte de tu pasado, pero sigues anclada a él más que tu padre mismo, aunque sólo sea para definirte en contraposición a él, lo sigues necesitando.
De repente, Portofino ya no parece tan apacible.
Jimena tiene a Ramón en mejor estima que Martín, por eso el golpe duele el doble.
Su mujer le habría puesto bien firme hace años, a él y a Sabrina, por venderse de esta manera al capital.
Gira la cabeza ligeramente y se encuentra a Tina en medio de la pareja.
Ríen, hablan de manera relajada. Jacobo tiene abierto su cuaderno de acuarelas.
Tina ha pasado del pavor a la calma en cuanto Sabrina ha alabado su trazo y su uso de los colores. Su hermano se siente pletórico.
—No estoy aquí para ser parte de la historia familiar —sentencia Jimena—. Estoy aquí para escribir el epílogo.
Ramón y Martín se miran preocupados.
EL ascensor del Castelletto sube lento, como si supiera que lo que importa es el viaje, no la llegada. O como si estuviera cansado de subir y bajar tras más de un siglo funcionando.