7 noches por el Mediterráneo Noche 3 Génova y Portofino #2
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Noche 3 Génova y Portofino #2

LA guía lleva un cartel en alto con el logo del crucero.

Le sigue un reducido grupo de personas, entre ellos, los Meier y los Díaz, que la siguen como un rebaño.

El tour les lleva por la Via Garibaldi. La guía les cuenta que también se le conoce como la Strada Nuova y que representa el primer ejemplo de urbanismo hecho con intención en Europa.

Cuando menciona que era un barrio residencial para las grandes familias genovesas que se estaban forjando en el Renacimiento italiano, a Martín se le hincha el pecho como si formara parte de ellas.

Van paseando de un palacio a otro, pero a Jimena le parece que visto uno, vistos todos y decide salirse del grupo y meterse por un callejón. Antes de hacerlo, echa una mirada furtiva a Sabrina.

—Psst —la llama.

Sabrina hace como que no ha escucha.

—Psst, psssssst —insiste Jimena.

A la joven Díaz se le ahuecan los orificios de la nariz, pero cuando ve a Jimena aislada del grupo, con sus pantalones caídos y su camiseta ancha y desteñida, se le antoja ver de nuevo a la Jimena de 17 años con el uniforme del internado customizado.

Se cosía la falda por la mitad para hacerse una especie de pantalones, pero el pespunte era precario y le faltaba técnica y terminaba descosiéndose y haciendo que Jimena no vistiera ni falda ni pantalón aunque su objetivo, escandalizar a las tutoras, se cumplía igualmente.

—¿Qué quieres? —le pregunta con una fingida irritación. Es imposible enfadarse con la Jimena de 17 años.

—Vamos a callejear a nuestro aire.

El tour les está enseñando la Génova de postal, la que los propios genoveses habían diseñado para ser impresionante, admirable y retratable por los artistas más importantes del Renacimiento, por eso a Sabrina le resulta tan tentadora la llamada de Jimena.

Quiere ver qué hay detrás de tanta fachada.

Por eso, y porque una volada de aire le ha levantado la camiseta a Jimena y ha dejado entrever una porción de la piel de su vientre.

Sabrina se muerde el labio y piensa en su padre, que sigue haciendo fotos mal encuadradas a todo lo que señala la guía.

—Te prometo que a las 12 estarás en tu casa —bromea Jimena.

Sonríe con picardía y Sabrina piensa entonces en su madre.

Lo que recuerda de ella es a una mujer alegre, resuelta y enérgica.

Con las cosas claras y el chocolate espeso, una expresión que le había escuchado decir alguna vez sin entenderla mucho.

Era un contrapunto a su padre, más tranquilo e indeciso, más cobarde o prudente, depende de cómo se viera.

Los polos opuestos se atraían y el magnetismo que les unía sólo pudor romperse con la muerte.

Sabrina vuelve la vista al grupo. Jacobo la está mirando con las cejas en tensión.

De fondo tiene el Palacio Ducal y en su imaginación se transmuta a un aristócrata genovés, un Grimaldi que ha salido de Mónaco para ver cómo avanzan las obras que está financiando antes de volver a la ciudad a ver una carrera de Fórmula 1.

Sabrina sacude la cabeza para despejarse este cacao temporal que lleva.

Sigue sin encontrar su sitio, su época, su polo, pero eso no la va a detener para buscar un poco de diversión.

En cuanto Sabrina sale del grupo con un salto que le levanta el vuelo de la falda, Jacobo va detrás.

—¿CUÁL es el plan? —pregunta Jacobo. Teme la respuesta, pero no puede dejar a Sabrina sola con Jimena.

—El plan es… ¡que no hay plan! —responde su hermana—. Andemos donde nos lleven nuestros pies.

—Vale —concede Jacobo—, pero el autobús que va a Portofino sale a las 12 de Piazza Dante. No podemos perderlo.

—Que no, hermanito. Ahí estaremos como un clavo.

Sabrina y Jacobo se miran y sonríen cómplices porque saben que la palabra de Jimena, como las acciones del Grupo Meier, se han ido depreciando con el tiempo.

Los dos siguen a Jimena que dejan que vaya de avanzadilla por la calle.

Hablan del buen tiempo que hace, de cómo esa gran avenida que están recorriendo le recuerda a Jacobo a Milán, del ruido del tráfico y de las obras que están rejuveneciendo la ciudad.

En una intersección, una moto se salta el semáforo y Jacobo tira de Sabrina para que no le atropelle. Los dos se quedan pegados y asustados como pajaritos.

—Venga, tortolitos, ¡por aquí! —les grita Jimena.

Salen de la avenida y comienzan a callejear.

De repente, Génova se ha transformado en una ciudad medieval de calles estrechas y húmedas donde el sol apenas alcanza a tocar el suelo.

Siguen los andamios y las motos, que parecen ser el método de transporte preferido por los genoveses.

El suelo es de adoquines y el rodar de los neumáticos les advierten de que, a pesar de la estrechez de la calle, todavía pueden ser atropellados.

A Jacobo aún no se le ha ido la cara de susto; Sabrina, sin embargo, parece disfrutar del ambiente.

En ese momento, Jimena entra en una callejuela donde sólo parece haber cubos de basura y sacos de escombro.

Es tan estrecha que deben ir uno detrás de otro.

Jimena señala un arco de piedra que hace las veces de puerta a algún palacete ya abandonado.

Deben inclinar mucho el cuello para apreciar el final de las columnas.

Aunque imitan la arquitectura del estilo clásico, están ennegrecidas por la carbonilla de los tubos de escape.

—¿Te gusta el caos de Génova o prefieres el lujo de Mónaco? —le pregunta Jacobo.

Sabrina está segura que hace la pregunta por hablar de algo y que el heredero de los Meier ignora por completo el doble sentido.

Jimena se gira y la mira con una sonrisa en la boca, ansiosa por saber la respuesta.

Camina de espaldas con la seguridad que le da haberlo hecho en sitios peores que ese callejón.

—Génova está bien, pero no podría vivir aquí. A mí dame el esplendor y suntuosidad de Mónaco que ya me buscaré yo la aventura si me aburro.

Un silbido sale de los labios de Jimena.

—No te hacía tan superficial, Sabrina.

—No sé cómo me hacías, Jimena —dice—, pero desde luego no quiero que mi vida se convierta en una ruina a las primeras de cambio.

Jimena ríe y se gira. Sí, Sabrina es justo como la recordaba.

—¿Alguien quiere un gelatto ? —propone Jacobo.

YA encaminados por una gran avenida, Génova les sabe a chocolate y menta, a pistacho di Bronte y a stracciatella . El olor a salitre que sube del asfalto que poco a poco se va calentando apenas les alcanza la nariz entre cucharada y cucharada de helado.

Sobre sus cabezas, los cables del trolebús se cruzan con los de la luz haciendo del cielo el tablero de un tres en ralla listo para jugar.

—Estos cables son como mis emociones... enredadas pero llenas de energía —suelta Jimena lamiendo una gota de chocolate que se derrama fuera del tarro de helado.

—Sí, o como tu capacidad de planificar tu vida —le responde Sabrina.

—Es por allí —dice Jacobo señalando ya la dirección a la piazza de Ferrari.

—Vamos al mercado oriental. ¡Nos da tiempo de sobra! —responde Jimena yendo en dirección contraria.

Sabrina se queda en medio. Ve a Jacobo mirar nervioso el reloj y a Jimena lamiendo casi con lascivia la cuchara de madera de su helado de chocolate y menta, divertida por haber puesto a Sabrina en un aprieto.

—Anda, Jacobo, damos una vuelta y luego cogemos un taxi a donde el bus, ¿vale? —dice Sabrina adoptando el papel conciliador entre los dos hermanos. Lo último que quiere es una pelea entre herederos en mitad de Génova. Ya habrá tiempo para eso.

Jacobo entorna los ojos y lidera el paso. Si van a entrar al mercado, al menos lo harán a su ritmo. Ingenuo… Jimena le sigue, y esta vez es Sabrina la que se queda rezagada.

El aroma de la albahaca les inunda la nariz.

El mercado también huele a tomillo y a azafrán, y a limones de Liguria, y a mar.

Sabrina se deja empapar por los olores, va de un lado a otro como si fuera un perro feliz.

Va cargando su Hermès (cada vez le gusta más el bolso) de botes de pesto, de bolsas de café, de cajitas con especias.

Va a ser difícil devolver el bolso diciendo que apenas lo ha usado.

Un paseo por el mercado oriental le parecen tres viajes por tres ciudades diferentes.

Jacobo observa los colores de la escena, los atrapa con su mirada para luego poder pintarlos.

¿Luego? ¡No puede esperar! Se acerca a Sabrina y le susurra algo al oído.

Jimena los ve. Malditos, hacen buena pareja.

Ella saca un cuaderno y un juego de acuarelas del bolso y ahora es Jacobo el que sonríe como un niño.

Es capaz de dibujar mientras camina, un par de trazos en un puesto y continúa a pie.

Sólo con la práctica se puede conseguir eso y su hermana se pregunta dónde y cuándo ha podido practicar para conseguir tal destreza a espaldas de sus padres.

¿Se encerraría en el baño de los headquarters para pintar?

Un hombre la empuja apurado por cargar un enorme saco de nueces.

— Scusa —le dice, aunque casi no se le oye por el bullicio del mercado.

Jimena echa un vistazo a su alrededor. Hay puestos con fotos antiguas colgadas en las paredes que son casi como medallas a la resistencia.

Los idiomas se mezclan, hay turistas como ellos que van de un lado a otro y hay señoras hablando con los dependientes de manera cordial, poniéndose al día de la salud de sus familiares o de cómo va el mercado.

Un tendero sacude una bolsa de papel para cargarla de legumbre.

Ahora es ella la que se queda atrás mientras Sabrina se asoma al cuaderno de Jacobo y halaga su arte.

Nota a Jacobo cambiado, más alto, más erguido, más suelto.

Sólo necesitaba eso, que una persona validara y admirara esa parte que tenía escondida.

Le jode que esa persona haya tenido que ser Sabrina.

Corre hacia la pareja y agarra a Sabrina del codo. Se la lleva a un puesto de frutas.