Noche 3 Génova y Portofino
LA primera sorprendida es Tina. Se ha excusado un momento para ir al servicio porque algo se le ha metido en el ojo y quería asegurarse de no haberse emborronado el maquillaje y a lo que ha vuelto se ha encontrado a su marido desayunando codo a codo con Vicuña.
—Mira quién está en el crucero también, cariño —le ha dicho Martín como si nada.
Tina ha adoptado el papel, un papel dentro de otro papel, y le ha ofrecido la mano a Vicuña, a modo de saludo, antes de pedir al camarero una tostada con salmón y huevos Benedict.
Mientras su marido y Vicuña hablan de sus cosas, Tina se pregunta de dónde vendrá el nombre de huevos Benedict.
—Viene del Waldorf-Astoria —dice Vicuña. Tina levanta la cabeza. Ha debido decir algo en alto sobre sus dudas—. Un agente de bolsa solía pedir este desayuno en el hotel y terminaron por ponerle su apellido como nombre.
Vicuña es un hombre amable y educado, lejos de la imagen de lobo de Wall Street sin escrúpulos que le suele dar su marido.
Será una década más joven que ellos, cincuenta y pocos, aunque se haya puesto botox y pretenda aparentar menos con su ropa de sport.
En discreto repaso que Tina le hace a Vicuña, los ojos de la mujer dan con la figura de Ramón, que camina hacia la mesa que los Meier tienen reservada para sus desayunos.
Una mirada rápida del fiel escudero de su marido le ayuda a entender la situación.
Puede que no tenga ninguna carrera, pero Ramón es un tipo listo que sabe cómo actuar en cada momento.
Tina le sonríe haciéndole comprender que sí, que efectivamente, están desayunando con el hombre que, si pudiera, les arrebataría el Grupo Meier pero que deben fingir demencia colectiva para simular que no le tienen miedo, que tienen la situación de la empresa bajo control. Atada y bien atada.
—Vicuña, qué sorpresa —dice Ramón dándole unas palmadas en la espalda.
El accionista hace amago de levantarse y Ramón le empuja hacia abajo haciendo valer su fuerza bruta.
—¿Has visto, Ramón? De todos los cruceros que hay en el mundo, tuvo que elegir el nuestro —Martín parafrasea a Bogart en Casablanca .
Ramón repite el desayuno que le llevó Jeeves al camarote el día anterior y al que le ha cogido el gusto.
A Tina se le ilumina la cara cuando ve aparecer a Jacobo y Sabrina llegando juntos al desayuno. Sonríe ante la buena señal que eso significa.
—Aquí viene la parejita —dice tras limpiarse la comisura de los labios con la servilleta blanca.
—Mamá… —protesta Jacobo que se lleva una sorpresa al ver al invitado—. Vicuña, ¿qué haces aquí?
—No seas maleducado, Jacobo —dice su padre—. Está en el crucero y lo he invitado a desayunar hoy con nosotros.
—Qué casualidad —dice secamente el joven cuando se sienta en la mesa. Su madre le da una patada por debajo y mueve la cabeza hacia Sabrina. Jacobo se levanta raudo y ayuda a Sabrina a sentarse, aunque a lo que llega Sabrina ya está sentada y sólo toca el respaldo de la silla.
—¿Disfrutaste Mónaco, Jacobo? —le pregunta Vicuña.
El hombre tiene una postura relajada, con un brazo sobre la mesa y otro apoyado en su muslo.
Envidia esa seguridad en sí mismo que tiene Vicuña y, aunque lo odie, sabe que es el fiel reflejo de lo que su padre desearía en un hijo.
Jacobo le imita pero su muslo no para de temblar y opta por poner el otro brazo también sobre la mesa.
—Sí, dimos un paseo muy agradable, ¿verdad, Sabrina?
Sabrina se yergue. La pregunta le ha pillado escrutando el menú.
Se muere de hambre y pediría media carta, pero debe contenerse.
De hecho, ni siquiera debería leer el menú.
Debería tener claro qué desayuna y decirlo sin dudas al camarero.
Y si puede ser con alguna especificación muy concreta y extravagante, mejor.
—Delicioso —responde Sabrina porque supone que así debe responder en ese contexto. Cuando llega el camarero solicita lo mismo que Tina.
—He pedido que emulsionaran la salsa con un punto de mostaza a la antigua para darle un poco de alegría —le advierte Tina.
—Perfecto —dice Sabrina sonriendo.
Odia la mostaza.
Ya le va cogiendo el punto a su papel. Anota mentalmente responder con una sola palabra para no revelarse demasiado pero que tenga más de tres sílabas para no quedar de tonta. Y así transcurre la conversación, aportando su opinión en aspectos “insuperables”, “singulares” y “peregrinos”.
Hasta que llega Jimena.
Porque Jimena siempre llega cuando menos la esperan, y cuando llega es como si cayera una tormenta de verano, enérgica y refrescante, sí, pero aleatoria e incierta, si te pilla desprevenida.
Sin pedir permiso, coge una silla de otra mesa, la arrastra por el suelo acaparando las miradas de propios y extraños, y se hace un hueco entre Jacobo y Sabrina.
Todavía lleva los leggins negros y la camiseta blanca demasiado transparente que ha usado para su sesión matutina de yoga. Al menos, va calzada.
—¿El sunrise yoga no es ahora? —pregunta Tina tratando de disimular su irritación.
—He ido por libre hoy.
Vicuña se incorpora sobre la mesa. Nadie le ha presentado a la nueva incorporación, pero no le hace falta. Ata cabos, reconoce la voz, reconoce el gesto Meier en su cara.
—¿Tengo ante mis ojos a la mismísima Jimena Meier? —pregunta ofreciendo su mano por encima de la mesa y por delante de las narices de Martín.
Jimena presta atención a su interlocutor, al que reconoce enseguida.
—Andrés Vicuña —dice estrechándole la mano.
El hombre parece estar ante su estrella del rock favorita. No le pasa desapercibido el pin del triángulo rojo que Jimena lleva en la camiseta. Toda una declaración de intenciones.
—Dichosos los ojos —dice—. Tanto verte conectada en las videoconferencias con la foto corporativa casi se me hace raro verte en carne y hueso.
—Pues aquí estoy. De vacaciones con la familia.
Vicuña asiente complacido.
—Eres más guapa en persona.
—No te pongas cuñado, Vicuña, que ibas muy bien —suelta Jimena ante la atónita mirada del resto de comensales. Pide al camarero un smoothie de frutas y verduras y una tostada con aceite de oliva—. Bueno, ¿y qué te trae el crucero? ¿Espionaje industrial?
—¡Jimena! —le llama la atención su padre.
La risa de Vicuña amortigua la bronca.
—He venido con mi hijo, que estará por alguna piscina ligándose a alguna extranjera que se aproveche de su fortuna y lo desplume en un plis-plas. Así conocí yo a mi ex-mujer —dice riendo.
—¿También conociste a tu mujer en un crucero? —pregunta Martín.
Vicuña siempre ríe, aunque lo haga de manera amarga.
—Sí —responde con desgana—. Era una de esas lagartas que se cuelan en un crucero no sé muy bien cómo para cazar alguna fortuna.
Jimena toma aire para hablar y la respiración se corta.
A la joven le encantaría decir que ninguna fortuna es honesta, y que esas lagartas que llama Vicuña lo que hacen es seguir un juego con unas reglas no escritas pero de todos sabidas en las que es obvio que ninguna mujer se acercaría a un hombre como Vicuña si no fuera por su fortuna, que él lo sabe, que su mujer lo sabe y que, muy probablemente, Vicuña junior también sepa y no le importe jugar. Sin embargo, dice:
—Hace una mañana maravillosa para disfrutar de Génova, ¿no creéis?
Sonríe a su madre, morada por la falta de aire.
Tina sonríe aliviada y devuelve sus ojos a la yema chorreante del huevo.
Jimena ha podido darle una estocada delante de Vicuña y no lo ha hecho.
Sea lo que sea lo que trame, ahora, con el inversor en la mesa de juego, Tina está más vendida si cabe a los antojos de su hija
Todos se giran hacia el ventanal del comedor para ver acercarse a la ciudad, como si fuera Génova la que se mueve hacia ellos, en lugar de al revés.
—Encantador —dice Sabrina ganándose la mirada burlona de Jimena.
—Portofino es precioso, por lo que he visto en fotos —apunta Ramón.
—Sí, muy chulo. Se parece al pueblo, ¿verdad, mamá?
—Jimena ha soltado el comentario de refilón, como quien no quiere la cosa, pero ha causado el efecto que quería.
Por un lado, las orejas de Vicuña se han puesto en modo antena.
Por el otro, Tina ha pegado un respingo inapreciable para el ojo no entrenado.
—Anda, no sabía que eras de pueblo, Tina —se sorprende Vicuña—. ¿De qué pueblo eres?
No hay burla ni menosprecio en la voz del accionista. Sólo curiosidad y cierta cordialidad. Por eso sólo a Tina le suena raro que Vicuña la trate de tú.
—Es muy pequeño —responde Tina disimulando como puede su repentina tartamudez—. No creo que…
—Está en la España profunda —se adelanta Jimena esta vez—. ¿Sabes? El mes pasado estuve con los abuelos. Me preguntaron que cuándo irías a verlos. Ya sabes, quieren verte una última vez antes de… —Jimena hace un ruido con la boca y señala con su pulgar hacia abajo.
—¿Fuiste a verlos? —pregunta Jacobo.
—Sí, no es tan difícil ir. Sales de Madrid, coges la autopista, luego una comarcal, luego una carretera convencional, un par de caminos de cabras y ya has llegado.
En la mesa recorre la imagen de Tina paseando con su bici por uno de esos caminos de cabras feliz y ajena a su destino. O quizá tramándolo ya porque odia que el polvo del suelo se le meta en la garganta, el cuero cabelludo y hasta en los poros de su piel.
—Iremos a verlos a la vuelta del crucero —sentencia Martín.
El móvil de Jacobo comienza a vibrar y la imagen de Tina en bicicleta se desvanece. Lo mira. Es la app del crucero que avisa de su llegada a Génova.